A D V E R T E N C I A
DE poco tiempo a esta parte, la bibliografía política española se ha nutrido de algunas publicaciones en las que se trata de la doctrina fascista bajo tan diversos aspectos, orientaciones e interpretaciones, que algunos de sus autores y comentaristas han concluido por desnaturalizarla, apartándola del verdadero sentido, tal cual la concibió su inspirador y creador, Benito Mussolini.
Con el marcado intento de dar a conocer al público de habla española la exposición de la doctrina fascista, redactada y escrita por el propio Duce para la Enciclopedia Italiana, se ha vertido al español el original de Mussolini -previa su autorización-, al que le precede un documentado estudio sobre el fascismo, de origen italiano, que sirve de preparación a! lector para entrar de lleno en el conocimiento de la doctrina, llevando unas notas aclaratorias (que, a su vez, glosan muchos de los conceptos vertidos en sus páginas) y "sirviendo de complemento a la exposición doctrinal las más principales leyes fascistas que han contribuido a la estructuración del nuevo estado corporativo de Italia.
No ha querido el traductor, en muchos casos, alterar el concepto austero, categórico y rotundo con que el Duce expone sus ·convicciones e ideario, para darle el cachet de autenticidad y el estilo que caracteriza a la dicción de Mussolini, limitándose, pues, en la versión, a que ésta sea la expresión fidedigna de la verdadera doctrina fascista, para que cuantos se preocupan del estudio y conocimiento de la política mundial puedan conocer a fondo dicha doctrina y hacer per se las deducciones y críticas que la lectura les sugiera.
Al dar a conocer la doctrina fascista el traductor, ello no significa una exteriorización de sentimientos o ideología. El traductor se halla al margen de toda doctrina política y sectarismo: es solamente español.
EL TRADUCTOR.
INTRODUCCION A "LA DOCTRINA DEL FASCISMO"
El fascismo ha surgido justamente para la defensa de la Nación, como movimiento de reacción contra las fuerzas disgregantes de la unión nacional. Fué, sobre todo, pasión heroica y sentimental, voluntad de salvar la Nación, plenitud de vida... "
LAS doctrinas políticas son teorías que en abstracto formulan y definen relaciones entre individuo y colectividad. Productos de la inteligencia, de fácil comprensión, se divulgan independientemente de la personalidad de los primeros que las han afirmado. Democracia y liberalismo, socialismo y comunismo son, se puede decir, doctrinas anónimas. La masa, en la mayoría de los casos, ignora el nombre de los autores, y aun recordándolos, es la teoría la que ha dado fama a su creador, no es el prestigio del nombre, no es la atracción de la personalidad la que determina el éxito de la teoría.
FENÓMENO RELIGIOSO
El fascismo, en cambio, no es independiente de la persona de su creador: pensar en el fascismo sin Mussolini es imposible. La doctrina fascista reducida a mera teoría abstracta pierde gran parte de su potencia fascinadora. Los mismos conceptos formulados por Mussolini, repetidos por otros, glosadores y exégetas, pierden su expresión, su seductora belleza. No hay duda posible; el fascismo no ha llegado de improviso, debido exclusivamente al genio de un hombre: ha surgido en una determinada situación histórica y responde a las exigencias de la sociedad contemporánea. Ha surgido en Italia después de la crisis del viejo Estado, de las desilusiones de la post-guerra, de la anarquía difusa entre las masas, y puede encontrar eco en otros países, en cualquier parte que se reproduzcan en condiciones análogas desórdenes internos, de despiadada lucha de clases, de insipiencias e insuficiencias de viejas clases dirigentes; en cualquier parte donde los excesos de libertad- individual hagan sentir la urgencia de un Gobierno que gobierne. Corresponde, en fin, el fascismo a una crisis moral más que política de la sociedad europea, capitalista e individualista, en donde las doctrinas y las formas políticas del siglo XIX; frescas y vigorosas idealidades entonces, hoy revelan, en cambio, ser anticuadas, inadaptables al ritmo acelerado de la vida económica y social, carentes de toda expansión juvenil. Pero todo esto no explica la indisolubilidad del fascismo, de la personalidad del creador, comprendida por los mismos extranjeros cuando, frente a los resultados obtenidos por el fascismo, confiesan: "Nos hace falta un Mussolini.” La propia difusión del fascismo fuera de Italia se debe, más que a la doctrina, a la sugestión de la figura del Duce, que impresiona la fantasía y conquista los corazones. Quitar al fascismo este carácter humano para reducirlo a una teoría gris y fría de doctrinarios y profesores, significa restarle lo que tiene de más vivo, actual y concreto, y significa obstruir el camino para su comprensión. Con esto no se quiere decir que en el fascismo exista únicamente la fuerza mágica de atracción de la persona de Mussolini. Su acción política no sigue la inspiración del momento, no es fantasía del momento, no es fantasía irracional y arbitrio; pero se desarrolla según una directiva propia, obedece a un plan y a ideas básicas: ideas generales, porque Mussolini desconoce en el campo de la práctica cotidiana la rigidez de un programa preconcebido, no es esclavo de fórmulas, se reserva la libertad de movimientos y de iniciativas, propia de los grandes intransigentes.
Esta coherencia sustancial que, modificando y rectificando su propia táctica no teme parecer inconsecuente, hace que penetremos más a fondo la naturaleza del fascismo. En efecto, nos advierte que nos encontramos en un plano diverso del de las comunes doctrinas políticas, que dejan de ser tales si no observan la debida coherencia. Si no temiéramos ser mal comprendidos, usaríamos aquí estas palabras: "fenómeno religioso''. Mas entendámonos: el fascismo ha definido bien su posición respecto a la religión en general, y en especial respecto a la religión católica.
El fascismo dirige todo hacia aquí, hacia esta tierra; insiste sobre los deberes y la misión del hombre en esta época, en este mundo moderno; el fascismo no sólo no reniega del mundo, sino que afirma que en él existen valores y finalidades absolutas, y que la vida, esta vida, debe vivirse con sentimiento religioso, como misión y deber.
Al hablar de fenómeno religioso entendemos significar una visión de la vida, una fe moral. Por esto el fascismo no es sólo una teoría política. Una teoría puede ser buena o mala independientemente de si es puesta en práctica o no. Pero una religión pierde toda eficacia, toda virtud persuasiva si no es atestiguada por la vida de aquel que la profesa. Todo su poder de irradiación no es producto de la pálida y vacua fórmula, sino de la vida real de la que está compenetrada. Sólo entonces las palabras dejan de ser simples palabras y la idea se transforma en potencia avasalladora y subversiva. La crítica inteligente podrá analizarla y descubrir en ella defectos lógicos; pero sólo tendrá en sus manos la envoltura, el dogma, en lugar de la fe. Y, sobre todo, será impotente contra ella. Que estas consideraciones sean exactas, es decir, que el fascismo debe ser interpretado con los mismos criterios que se adoptan para· los fenómenos de naturaleza religiosa y moral y no exclusivamente políticos, lo comprueba el hecho que las religiones, a diferencia de las teorías, son todas inseparables de la personalidad de sus creadores. La fuerza propulsora de una fe depende de la luz que emana de la persona de su creador; a través de los siglos nos lleva hacía él su maestro y modelo de vida, vive de él.
Además existe otro punto de contacto: todas las doctrinas políticas hablan de derechos. derechos del hombre y del ciudadano, del pueblo y de las clases obreras, etc. Todas las frases religiosas hablan de deber. Y, en fin, no sería comprensible la misma exaltación mística de las masas, la eficacia de los ritos y ceremonias del fascismo, si se insistiera en permanecer en el campo de la política pura.
Se puede objetar que toda doctrina política encierra y presupone una visión de la vida, deriva de una concepción religiosa o filosófica del mundo: el liberalismo deriva más o menos directamente de las sectas protestantes y del calvinismo; la democracia, del racionalismo moderno; el socialismo, del materialismo histórico, etc. Precisamente aquí hallamos la diferencia. La conexión entre la doctrina política y su origen religioso es de naturaleza histórica, y desaparece con el tiempo; hoy se puede ser liberal sin ser por esto protestante o calvinista, como se puede ser socialista sin ser por esto materialista. La inmensa mayoría de los secuaces del liberalismo ignoran el nombre de Calvino, del mismo modo que la mayoría de los socialistas ignoran qué es el materialismo histórico. En cambio, en el caso del fascismo, las doctrinas estrictamente políticas, los principios relativos a la práctica constitucional y administrativa, son la parte secundaria, que no se comprende y justifica si no se refiere al centro animador, a la visión general de la vida.
LA ÉTICA DE LA ACCIÓN
Mas ¿cuál esta visión de la vida que forma la esencia del fascismo? Sin duda, la guerra, que con su trágica experiencia· ha contribuido no poco a forjarla. Es interesante observaren el diario de guerra de Mussolini cómo se ha ido afirmando en él, en los días de trinchera; la convicción de que la vida debe ser conquistada y no esperada, que es orgullosa voluntad y no resignación, y que el poder es de los fuertes. La guerra no ha producido únicamente la sensación de que la victoria es fruto de la energía, del carácter y de la voluntad indómita, de la capacidad de sacrificio y de resistencia, sino que ha dado el sentido más rígido al valor del sacrificio, a la belleza en la audacia y a la intrínseca nobleza del valor. "Para nosotros, fascistas-dirá Mussolini-, la vida es un continuo combate, incesante, que aceptamos naturalmente, con gran valor y con la intrepidez necesaria.'' Continúa: "Yo amo al pueblo italiano, lo amo a mi manera; el mío es amor armado, no es el amor lloroso y débil, sino severo y viril, que afronta el deber de la vida como una batalla.''
Conforme puede apreciarse, se trata de una concepción heroica de la vida, que desprecia la comodidad, el tranquilo y perezoso buen sentido, la estrecha vida burguesa. Mussolini no ha prometido nunca un pollo en cada mesa, como lo prometieron Enrique IV y Hoover; no ha prometido con el bienestar material rendir felices a los ciudadanos. Si con asiduidad dirige y cuida los problemas económicos, si se preocupa de asegurar trabajo y pan a las masas obreras, lo hace porque el espectáculo de la miseria le produce malestar físico y, sobre todo, porque ninguna grandeza política es posible en un pueblo dominado por el hambre. La riqueza es uno de los elementos de la potencia de las naciones, no puede representar su ideal. La clamorosa separación de Mussolini del socialismo, cuya causa ocasional ha sido la intervención en la guerra, tenía su verdadera razón en la pobreza material del propio socialismo. Esto explica· por qué la crisis económica no haya logrado atacar el fascismo. El gobierno fascista no es el administrador de una sociedad anónima que queda en funciones hasta que produzca pingües dividendos. Las dificultades económicas quizá han hecho sentir la necesidad de la disciplina y de una dirección segura en la vida nacional. Concepción heroica y, por lo tanto, guerrera. Pero aquí es necesario entenderse. Si hoy se usan en el fascismo términos derivados de la vida militar; si el fascismo desea considerarse una milicia; si, en fin, da a la juventud una educación guerrera, todo esto tiene poco o nada que ver con el llamado militarismo. El militarismo es el predominio de una casta en la vida del Estado: la casta militar, que, en cierto modo, sirve de modelo a los demás y tiene veleidades agresivas y deseo de la guerra por la guerra. La educación guerrera, en cambio, educa la disciplina, exalta el valor, prepara el sacrificio, educación viril, en fin. No tiene como fin inmediato y único la guerra. No representa el predominio de una casta, porque trata de dar a todos los ciudadanos dignidad y orgullo guerrero. No es brutalmente soldadesca, enseñanza obtusa de prácticas militares y de mero manejo de armas, porque su lema es: "Libro y mosquete", donde el libro antecede al mosquete. El fascismo es exclusivamente una exaltación de la vida intensa como afirmación, adelanto, progreso. Nada es más antitético que la plácida sedentariedad burguesa, las prudencias mezquinas, el temor a la responsabilidad. "El fascismo acepta, ama la vida; ignora y considera cobarde el suicidio; entiende la vida como deber, elevación; conquista la vida, que debe ser elevada y plena, vivida para sí, pero sobre todo para los demás, próximos o lejanos, presentes o futuros." La misma política democrática del régimen, la prohibición de las prácticas malthusianas, no son debidas únicamente al concepto que el número es potencia y que la disminución de la natalidad constituye una amenaza grave para nuestra civilización, sino también de la conciencia instintiva que el poner límites artificiosos a la vida es una vileza y una culpa, y que "La vida llama a la vida". Visión de vida que la guerra ha contribuido a crear, pero cuyos orígenes son en realidad mucho más lejanos. Nadie en Italia había olvidado las inventivas de Carduci contra la "pequeña Italia" de sus días, y Oriani mismo, a pesar de ser poco escuchado, no había en vano insurgido contra la estrechez de nuestro horizonte. Mas no faltó quien buscara la razón de tal mediocridad en la insuficiencia ideal de nuestro “Resurgimiento". Pero el fascismo, aún más que a estas voces solitarias se enlaza a un movimiento general del espíritu europeo que se manifestó, sobre todo, como crítica a los ideales del 800. La creencia en el progreso humano a fines del siglo había degenerado en optimismo más bien burdo y: mediocremente burgués. que veía el fin de la historia en el crecimiento del bienestar, en el perfeccionamiento técnico, identificaba civilización con el bienestar de la vida.
Contra esta tendencia adormecedora surgió un anhelo de reacción. Y en cuanto este anhelo se rehusaba de acomodarse en el quieto vivere, en el mundo que marcha porque sí, puesto que quería ser actividad que crea y se impone, fué considerado esencialmente como acción.
Esta ética adolecía de la acción, por ser expresión de lejanas nostalgias de literatos y poetas, incapaces de acción en la práctica. Si la acción encierra un propio valor, por cuanto exige iniciativa, energía, genio; si es sana y fecunda por el hecho que remueve las costumbres estancadas, no puede agotarse por sí misma, no puede producir ella misma su fin. La acción por la acción se trasforma en un ejercicio ocioso e inútil.
Obra por el solo hecho de obrar aquel que·nada tiene que hacer. El fascismo ha arrancado esta ética de la acción del limbo de las nostalgias poéticas, dando a la acción una precisa y concreta finalidad. Esta finalidad es la nación.
LA NACIÓN Y EL ESTADO
Es necesario entenderse inmediatamente sobre este concepto de nación. El fascismo no es nacionalista, en sentido que creando una sólida conciencia nacional pretenda afirmar una natural superioridad de raza. El concepto de raza, en el sentido naturalista, antropológico, le es completamente desconocido. Por ejemplo, el antisemitismo, que está en las raíces de muchos otros nacionalismos, le es completamente extraño; ni considera a las demás naciones como adversas; tiende, en cambio, a la colaboración, en especial modo entre las naciones europeas; siente la existencia de un patrimonio ideal de cultura común al Occidente, que debe ser defendido y desarrollado. Sosteniendo el valor de la nación, el fascismo combate, sobre todo, un error de historia, error por el cual, en nombre de un vago internacionalismo,se descuida la comunidad nacional, realidad que es imposible omitir. La nación es comunidad de idioma, de tradición, comunión de virtudes y defectos, de gustos y tendencias, de costumbres, recuerdos, experiencias, sensaciones.
Hasta ahora la nación no sería más que un hecho; no constituiría aún una finalidad de orden moral. La nación es finalidad para el fascismo en cuanto consiente al individuo trascender los propios intereses inmediatos y particulares, de colaborar con los fines universales de la historia. "El fascismo es una concepción histórica, en la cual el hombre es sólo en función del proceso espiritual en que interviene, en el grupo familiar y social, en la nación y en la historia a la cual todas las naciones colaboran. De aquí el gran valor de la tradición en las memorias, en el idioma, en las costumbres, en las normas de la vida social. Fuera de la historia, el hombre se anula." En fin, el hombre no es individuo abstracto, sino que vive y obra en un determinado ambiente y grupo. No tiene valor en sí mismo, sino por la actividad que desarrolla en el seno de dicho grupo. Mientras que los límites de la familia hoy están restringidos para poder agotar toda la actividad del hombre, y la humanidad es un concepto demasiado vago e indeterminado, la nación es un organismo definido, una realidad histórica, concreta, que por su grandeza perdura y puede llegar a constituir por sus componentes un fin absoluto. El fascismo ha surgido justamente para la defensa de la nación, como movimiento de reacción contra las fuerzas disgregantes de la unión nacional. Fué, sobre todo, pasión heroica y sentimental, voluntad de salvar la nación, plenitud de vida. La lucha contra los elementos disolventes impuso al fascismo una acción revolucionaria, poniéndolo a su vez en conflicto el estado democrático liberal, que con su indolencia y conformidad permitió el desenfreno de aquellas pasiones. Mas la misión del fascismo no se agota con el restablecimiento del orden interno. Si la revolución fascista se hubiera limitado a restablecer la disciplina nacional, sería reacción y no revolución. El orden interno debía servir como condición de una empresa más vasta, innovadora: la de conquistar mayor amplitud a la nación, limitada en un suelo demasiado pequeño, sin materias primas suficientes, con población en continuo aumento, sin colonias ricas, y dar un impulso uniforme a las energías nacionales, coordinación y organización que la potenciaran en el más alto grado. Esta férrea necesidad en que se encuentra Italia ha impuesto un ritmo acelerado a la vida de la nación, mayor rapidez de mando y de ejecución en la administración, y, sobre todo, la formación de un bloque nacional potente, rápido y resuelto; de aquí la necesidad de transformar radicalmente el estado, que es la organización jurídica de la nación.
Un obstáculo grave para esta transformación lo constituía un elemento disgregante, el llamado parlamentarismo, degeneración del sistema parlamentario, que había debilitado el Estado y que en la postguerra había impedido la acción coherente de cualquier Gobierno. A esto se debe que en la revolución fascista haya actuado una ordenación estatal dominada por el concepto del estado diverso del liberal, que se fundaba en el principio del libre juego de los partidos, tendía sobre todo a garantizar la libertad de los individuos. El fascismo ha invertido esta situación sentando un nuevo concepto de las relaciones entre individuo y estado. Según este concepto, el individuo no es considerado como base y fin de la sociedad, ni la sociedad se considera como la suma de cada individuo en particular, sino como un todo orgánico, con fines, voluntad y contenidos propios, y cada individuo como parte integrante de todo ello.
Sentada así la relación entre estado e individuo, también los deberes del estado hacia cada uno en particular se conciben en forma diversa. Mientras que para la doctrina liberal los deberes del estado debían limitarse a lo estricto e indispensable, es decir, defender el país contra el exterior y asegurar el orden interno, siempre en favor de la libertad individual, que debía ser cada vez más defendida de la injerencia estatal, para la doctrina fascista, en cambio, el Estado tiene obligaciones mucho más amplias. El Estado fascista no se presenta únicamente como Estado jurídico, sino como un Estado ético: "El Estado es un hecho espiritual y moral, puesto que concreta la organización política, jurídica y económica de la nación, y tal organización es una manifestación del espíritu, tanto más si se considera su evolución." El Estado es garantía de la seguridad interna y externa, pero, además, guardián y transmisor del espíritu del pueblo, así como en el transcurso de los siglos fué elaborado en el idioma, en las costumbres, en las creencias. El Estado no es sólo ·presente, sino pasado y, sobre todo, futuro. Es el Estado que trascendiendo del estrecho límite de las vidas individuales, representa la conciencia inminente de la Nación. Es el Estado que educa a los ciudadanos con virtud civil, los hace conscientes de su misión, los vincula a la humanidad, armonizando sus intereses con la justicia, y transmite las conquistas de la mente.
En las ciencias, en las artes, en el derecho, en la humana solidaridad, lleva los hombres de la vida primitiva, de las turbas, a la más alta expresión de la potencia humana, que es el imperio; confiando a los siglos los nombres de aquellos que murieron por su integridad o en el cumplimiento sumiso a las leyes, y recomienda a las generaciones futuras los jefes que contribuyeron al aumento del territorio o a los genios que enaltecieron su gloria. Cuando declina el sentido del Estado y prevalecen las tendencias disociadoras y centrífugas de los individuos y de los grupos, las asociaciones nacionales declinan en el ocaso.
CONTRA EL FATALISMO
Entonces, ¿Estado absoluto? ¿Retorno a la idea de los reaccionarios; de De Maistre y de Metternich? ¿Retorno nada menos que al Leviatán de Hobbes, a la teoría del Estado que con el terror aplasta las veleidades de independencia de los súbditos e impone con la fuerza el orden y la uniformidad? ¿O retorno a la teoría hegeliana del Estado último y supremo fin de cada humana actividad; meta definitiva de toda la historia y de toda la evolución del espíritu humano? ¿Negación de dos siglos de historia, negación pura y simple del pensamiento político y de la ideología del mundo moderno? Mussolini es explícito en este punto: "La negación fascista del socialismo, de la democracia, del liberalismo, no deben, empero, hacer creer que el fascismo deseaba hacer que el mundo volviera a la época anterior al 1789, que se indica como el año de iniciación del siglo demo-Iiberal. No se vuelve atrás. La doctrina no ha elegido como profeta De Maistre. El absolutismo monárquico "fuet. Así, "fueron" los privilegios feudales y las divisiones en castas impenetrables y sin relación alguna entre ellas. El concepto de autoridad fascista no tiene nada que ver con el Estado policial.”
El fascismo, ante todo, no es reaccionario, porque la restauración del orden, la defensa de la propiedad privada, el freno impuesto a la disolución de los individuos y de las clases sólo fueron un aspecto de su obra, y, en cierto sentido, el menos importante.
L' ancien régime, la idea del Estado paternal, se fundaba en un concepto de la vida y de la historia. El fascismo, en cambio, tiene carácter esencialmente dinámico, progresivo y revolucionario; no trata de establecer las formas arcaicas de la vida social, de revivir un pasado extinguido, sino que tiende a asegurar al pueblo italiano una vida más libre e intensa, una expansión más enérgica y saludable en todas las formas de la actividad humana.
La revolución fascista no fué un golpe de Estado de las altas esferas, de jerarquías militares, sino movimiento de las masas populares. El Estado fascista no es patrimonio de una determinada clase social; el Estado resulta de la voluntad popular: es creación del pueblo.
El mantener una disciplina rígida es fruto de la libre voluntad de las masas. Pueblo soberano, pero no en el sentido del poder que resulta de la suma aritmética de los intereses, concebidos atomísticamente, de cada uno en particular, sino en el sentido de la voluntad nacional, donde el individuo olvida y anula sus intereses particulares, reconociendo que la verdadera esencia de la personalidad consiste en sacrificarse en favor de una serie de valores más altos que su propia y efímera personalidad.
No en vano se ha insistido desde un principio sobre el carácter religioso del movimiento fascista y sobre su diversidad frente a las doctrinas políticas. Como los principios religiosos, tiene carácter idealista y voluntario. Nunca el pueblo ha sido tan dueño de su destino. En cuanto a fe, el fascismo es intolerante -e intransigente. Toda fe es intolerante, no puede reconocer derechos de ciudadanía a doctrinas y tendencias que ponen en peligro su obra y que ofenden el valor absoluto en el que creen. Una sola doctrina en el mundo moderno fué tolerante: la doctrina liberal.
Formidable instrumento de lucha contra los viejos regímenes anacrónicos y en Italia instrumento precioso en la proclamación de la libertad nacional durante el Resurgimiento, la idea liberal mal se presta a la obra positiva del Gobierno, sobre todo en períodos de intranquilidad. Dejemos a un lado la cuestión sinceridad en los regímenes liberales, es decir, si ellos fueron o no realmente liberales.
Para nosotros, los llamados liberales de antes de la guerra eran puros conservadores. Frente a ellos, grandes industriales y profesores universitarios, representantes de bienes y de alta cultura, podían muy bien aparecer como liberales más puros los socialistas. Si en teoría los liberales reconocían el derecho del pueblo, en la práctica se cuidaban muy bien de dejarle la mano libre al pueblo, pues éste sólo podía hacerse escuchar hasta cierto punto. En especial modo, en el Sur, ellos representaban una aristocracia, una clase con toda su mezquindad, egoísmo y prejuicios de una clase privilegiada. Pero mantengámonos en el campo doctrinal. El liberalismo debe ser un método de gobierno. Su ideal sería que el Gobierno, dejando libertad absoluta de acción a todas las tendencias y a todos los partidos, permita por medio de la discusión el examen libre y la crítica, el triunfo de las mejores tendencias. En rigor, semejante Gobierno no debiera intervenir en la lucha con su autoridad y su fuerza, sino esperar el resultado de la lucha misma para decidirse a obrar. El presidente de tal Gobierno debería ser una especie de denominador común que no debería tener una idea propia ni intervenir bajo su responsabilidad· directa, sino como delegado o mediador, sin ser guía, sin un programa propio. Un Gobierno semejante es posible donde los partidos políticos debaten cuestiones de mero detalle, sobre particulares administrativos de impuestos y aranceles, no donde se discuten las bases mismas de la vida en común, las formas de Estado; entonces la lucha política adquiere el trágico carácter de una lucha de principios. No es posible, por ejemplo, que un Gobierno adopte métodos liberales con el comunismo, que desea destruir con la violenta insurrección, por lo tanto, con métodos no liberales, la esencia misma del Estado liberal, el principio mismo del liberalismo. Un método liberal sólo es practicable con quien lo acepta, pero no es posible realizar duelos con armas corteses con quien se reserva la libertad completa de golpes. Y aun cuando un Gobierno liberal se abstiene en tal método generoso en la esperanza que el adversario, confuso y contrito, se arrepienta y convierta, acabaría por perder todo crédito, se mostraría débil e ingenuo, y el pueblo, sintiéndose indefenso, acabaría por derribarlo y sustituirlo.
En la base del método liberal hay una fe: la fe en la benéfica dialéctica de la historia, por la cual también al adversario acaba por contribuir al inevitable triunfo del bien. Fe optimisma que las atroces experiencias de la guerra, la misma investigación histórica sobre la decadencia y sobre la desaparición de la civilización han conmovido. Es, sobre todo, una fe demasiado elevada para que pueda ser seguida por la concreta vida política. ¿Qué importa a un pueblo saber o, mejor, creer que después de su desaparición surgirá algo más elevado y más bello? Lo importante para él es esta existencia real y efectiva que es interés suyo, que le interesa defender. Una concepción semejante, sea cual fuere el curso de las cosas, lo justifica todo, porque es siempre el bien que vence; éste puede ser un consuelo, aunque débil, propio de vencidos: no es la palabra de orden en la acción que tiene necesidad de creer fuertemente en el bien y en el mal, saber que lo que ella juzga bien es verdaderamente bueno y lo que ella combate es realmente malo. Una fe optimista en la victoria final del bien puede fácilmente transformarse en resignación pasiva, en indiferencia, en fatalismo.
EL INDIVIDUO Y EL ESTADO
Existe otro punto de la doctrina liberal que debe ser examinado. El liberalismo tiene como meta la reducción de la actividad del Estado al mínimo indispensable. Mejor aún, el ideal sería la eliminación total del Estado, una sociedad perfecta en la cual el Estado, con el rigor de sus leyes y con la fuerza de sus armas y con su policía llegaría a ser superfluo. Es evidente que aquí el Estado se supone como un Estado de policía, así como eran los Estados en la época de la Santa Alianza, justamente cuando el liberalismo florecía. Entre este Estado y la libertad del individuo sólo es posible la oposición: el uno excluye al otro.
Pero tal oposición concibe Estado e individuo como dos términos abstractos, mientras que la realidad es lo opuesto: el Estado está fundado en los individuos, y el individuo halla la plenitud de su vida en el Estado. La oposición entre el Estado e individuo no se resuelve con la eliminación de uno de los dos términos, sino con la progresiva identificación.
La antítesis tenía una razón de ser cuando el Estado era el patrimonio de una familia o de un grupo y los individuos eran súbditos. Pero la historia moderna representa el proceso que supera esta discordia y se manifiesta justamente como un progresivo desarrollo del Estado que deja de ser provechoso para unos pocos y a la vez como un refuerzo del Estado mismo.
La autoridad del Estado aumenta en el curso de la historia moderna en interés de la libertad de los ciudadanos. Sus funciones aumentan así considerablemente, y ello como consecuencia de exigencias experimentadas por los propios ciudadanos. Así, cuando en la Edad Media la justicia dejó de ser una institución privada y el Estado se hizo cargo de las funciones judiciales, prohibió todas las formas de venganza, este progreso de la soberanía del Estado fué una garantía de la libertad, amenazada por abusos y violencias. El triunfo del absolutismo en los primeros siglos de la Edad Moderna representó la destrucción de la libertad de las clases privilegiadas, de la alta nobleza y del clero, y al reunir a todos los súbditos bajo la misma ley, significó la redención de las clases no privilegiadas, de la burguesía y del pueblo. Y la revolución francesa derribó la monarquía justamente porque retrasaba este proceso de liquidación de privilegios, de modo que el Estado aún aparecía como una prerrogativa y monopolio de una clase reducida. La autoridad del Estado aniquilando los grupos, sustrae al individuo de la opresión de los demás, asegura su libertad. Mas esta garantía no se limita hoy a la simple protección jurídica. Hoy el Estado está llamado a socorrer, a potenciar, a desarrollar la vida de los individuos. Su indiferencia y neutralidad se resolvería en una gran injusticia, en la perpetración de la posición de privilegio de ricos y potentes en perjuicio de los débiles y desheredados.
Si, en cambio, por liberalismo se entiende la afirmación de la personalidad, el fascismo se encuentra entonces en el verdadero camino. Y así como no restablece los privilegios de casta, característicos de l'anrcien régime, tampoco niega los derechos elementales inherentes a la personalidad humana, con la que se ha iniciado la estructuración del Estado moderno. La soberanía de la ley y de la igualdad de los ciudadanos frente a ella, son los goznes del Estado fascista, cuya legislación da a la vida física. y moral de los individuos de todas las clases sociales, una tutela sumamente más. pródiga y eficaz que cualquier otra legislación. Veamos como ejemplo la instrucción. Encargándose el Estado de ella, sustrae la masa de aquella condición de interioridad que representa el analfabetismo. El Estado fascista ha emprendido una lucha a fondo contra esta llaga, votando fuertes sumas para construcciones escolares, cuida con energía- la educación física de los jóvenes y, sobre todo, tiende en sus métodos y programas a suscitar el valor, el sentido de la dignidad y responsabilidad, el carácter de la juventud. Basta con examinar los programas de las escuelas elementales y secundarias para advertir que la didáctica del fascismo es una didáctica de libre iniciativa, de creación y espontaneidad espiritual, y que destierra las nociones hechas, el saber impersonal, el automatismo y la pedantería mortificadora. Si se observan los niños educados virilmente en las escuelas, en los asilos, en los campos, en las colonias alpinas y marinas, educados en el movimiento, en el deporte, no se puede dejar de ver en todo ello una exaltación de la personalidad humana. Y esta obra se extiende a toda la compleja existencia de la sociedad, a través de la asistencia ·a la maternidad y a la infancia, de la higienización de los barrios urbanos infectos, de la ayuda a los desocupados, qué elimina las odiosas y mortificantes formas de la vieja beneficencia para reemplazarla por el concepto de la solidaridad nacional, de gigantes obras públicas, que, además de dar un aspecto moderno al país, asegura el sustento de la masa obrera, de la legislación del trabajo, del sistema sindical, del contrato colectivo de trabajo; hasta las mismas ceremonias fascistas en donde el jefe está en contacto directo con el pueblo y recibe de él entusiásticos - aplausos, el testimonio de la confianza y aprobación de su obra.
EL ADVENIMIENTO DEL PUEBLO
¿En qué se diferencia el fascismo de las teorías democráticas? “El fascismo niega que el número, por el solo hecho de ser número, pueda dirigir la sociedad humana; niega que este número pueda gobernar a través de una consulta periódica, afirma la desigualdad irremediable, fecunda y benéfica de los hombres que no se pueden nivelar a través de un factor mecánico e intrínseco como el del sufragio universal. Regímenes democráticos pueden ser definidos con los que de vez en cuando se da al pueblo la ilusión de ser soberano, mientras que la verdadera y efectiva soberanía está en otras fuerzas, a veces irresponsables y secretas." Pero donde no se admite que la democracia está fatalmente ligada a ciertas instituciones que se remontan al sistema parlamentario inglés, y se quiere, en cambio, reconocer que existen formaciones profundamente democráticas, que prescinden de las formas tradicionales en las cuales se manifiesta a menudo la democracia, es fácil percibir cómo el movimiento promovido por Mussolini es la creación de un nuevo acuerdo social típicamente democrático.
Al día siguiente de la guerra, la nación italiana fué sacudida por una gravísima crisis determinada por un radical cambio de clases. Las viejas formaciones de la sociedad y las mismas instituciones parlamentarias no eran suficientes para contener las grandes masas.
Era evidente la separación de la nueva realidad social de las formas políticas tradicionales: las masas habían quedado casi ausentes durante el Resurgimiento y resueltamente hostiles en los campos. El Estado liberal, formado en el Resurgimiento, estaba ligado a las clases que lo habían creado, y en modo ,especial a la burguesía. La inevitable lucha con la Iglesia, que había terminado por dar al Estado italiano un matiz masónico y anticlerical, había impedido la adhesión de las masas católicas. El Estado italiano, en fin, era a los ojos de la plebe la obra y el, monopolio de los señores. Estas plebes consideraban este Estado como su enemigo, no vieron en él algo propio, sino la cosa de aquellos "liberales", que, transformados ahora en conservadores, defendieron en su Estado los intereses y los privilegios de su propia clase.
Es por esto por lo que las masas pudieron entrar en la vida política sólo como oposición; y como la más resuelta oposición al Estado estaba representada entonces por el partido socialista, se hicieron socialistas. Era ésta la única forma por la cual el pueblo, que espiritualmente había quedado fuera del Estado italiano, podía participar en la vida del Estado. Mas ¿qué eran esas masas que votaban por los socialistas? ¿Estaban animadas de propósitos subversivos, o eran más bien los exponentes de un nuevo complejo social que la guerra había trabajosamente elaborado? A través de decenios de ascensión moral y material, y a través de las transformaciones económicas de postguerra, numerosos sectores de pueblo se habían en tal forma elevado que no podían permanecer en la estéril oposición. El Estado, por el cual ellos habían combatido durante la guerra, ya comenzaba a ser algo muy próximo. Especialmente en la campaña, nuevos grupos de la pequeña burguesía que no tenían nada de común con el socialismo, se adelantaban, deseosos de dar su tributo positivo, de hacer sentir su voz en la vida nacional. El socialismo, que lo había ayudado a levantarse, representaba para ellos un peligro, una amenaza constante para sus nuevos intereses en las nuevas posiciones, tan rudamente conquistadas. Mientras no pasaba de vago socialismo, al sentimental deseo de la plebe de elevarse por sobre la abyección y el hambre, había sido el bien venido. Pero ahora era el comunismo, que con el ejemplo ruso amenazaba actuar seriamente y aplicar al pie de la letra su programa. Estas masas pasaron al fascismo, que las llevó a la conquista del Estado e interpretó la nueva posición social. En esta forma, el fascismo representa la entrada del pueblo italiano en el Estado italiano. Constituye la fase definitiva del Resurgimiento. El estado italiano ha cesado de ser el Estado de la burguesía, especialmente urbana. El carácter rural del fascismo, las falanges inmensas de los pequeños propietarios, arrendatarios que se han agrupado bajo los gallardetes, son la contraprueba de este grandioso proceso de absorción. Como fenómeno de masa, el fascismo es infinitamente más imponente que nuestro Resurgimiento: el movimiento popular, en un democrático sentido más puro y profundo que muchos partidos y regímenes democráticos.
SUPERAR EL SOCIALISMO
El fascismo es antisocialista, ya sea por su mismo modo de concebir la vida en franca antítesis con el materialismo . histórico, que pretende explicar la historia como una mera lucha de intereses: "Que las vicisitudes de la economía, descubrimiento de materias primas, nuevos métodos de trabajo, invenciones científicas tengan una importancia propia, nadie lo niega; pero que sean suficientes para explicar la historia humana, excluyendo todos los otros factores, es absurdo: el fascismo aún cree, y siempre creerá, en la santidad y en el heroísmo, es decir, en actos que ningún motivo económico, lejano o próximo, actúa." Sería, pues, un grave error ver en el fascismo una reacción de la propiedad privada opuesta al comunismo, la simple defensa de los grandes y pequeños propietarios, un recurso extremo del viejo capitalismo. Bajo muchos aspectos, el fascismo representa una condena, no del capital, sino del "sistema"- capitalista y plutocrático. Ha contribuido fuertemente a inspirar a la burguesía italiana un sentido de justicia hacia la clase obrera, interesando a la opinión pública en los problemas del trabajo, destruyendo los inveterados prejuicios de clase. Su concepto de la relación del Estado y de la propiedad es el único modo de conciliar la iniciativa particular con las exigencias de la sociedad y la producción actual. Pretender que el Estado se desligue de los problemas de la producción y de la economía nacional es absurdo. La intervención del Estado en las vicisitudes económicas es hoy por todos solicitada, de modo que un Estado que permaneciese "ocioso", que quedase indiferente, ni siquiera sería concebible. De aquí el control del Estado; pero la alta soberanía del Estado en la vida económica no significa que el Estado deba relegarse a la iniciativa privada. El fascismo considera la iniciativa privada, en el campo de la producción, como el instrumento más eficaz y más útil en el interés de la nación. Pero precisamente esta definición y justificación de la iniciativa privada constituye también su limitación. La organización privada de la producción se conceptúa como una función de interés nacional; por lo tanto, "el organizador de la empresa", cual así lo denomina la Dichiarazione VII della Carta del Lavoro, es responsable del curso de la producción frente al Estado.
Pero con esto se define también- la posición del Estado: éste interviene sólo cuando falta o es insuficiente la iniciativa privada, o cuando entran en juego los intereses políticos del Estado. En rigor, el Estado fascista no asume gestiones directas; por lo tanto, no sólo es contrario a las maquinaciones del sistema comunista, que destruye y sofoca las iniciativas, quitando a la vida económica el arrojo de la empresa privada, sino que también es contrario a las diversas formas del socialismo de cátedra, que aconseja la absorción progresiva de las empresas por parte del Estado.
El concepto de propiedad resulta sensiblemente modificado. Si antes el Estado no reconocía un derecho absoluto de propiedad, por cuanto se reservaba derechos de expropiación y requisición, estas violaciones estaban sugeridas por necesidad externa y contingente. Actualmente, el abusivo uso de la propiedad puede provocar la intervención del Estado. Así, por ejemplo, un propietario no puede dejar sus tierras sin cultivar, no puede dejarlas improductivas, ni dedicarlas a sus caprichos; es responsable, no sólo frente a las existencias humanas que dependen de la empresa, sino también ante la economía nacional y, por consecuencia, ante el Estado. De este modo, el que no da trabajo, no sólo no puede violar el contrato de trabajo, así como el obrero no tiene derecho a turbar la vida económica con la huelga, pero tampoco puede imponer a su arbitrio un contrato colectivo injusto. Esta materia, delicada y compleja, se substrae al juego de la demanda y oferta y a las imposiciones individuales, pues está confiada a las organizaciones sindicales y corporativas, y en última instancia al Tribunal del Trabajo, órgano del Estado, soberano también en el orden económico. No es el caso de examinar aquí la política social del régimen fascista. Basta indicar que, excluyendo la lucha de clases y sus viejos métodos, la huelga y la clausura, el fascismo reconoce la necesidad y la utilidad de los sindicatos obreros. Aquí también ha intervenido la dialéctica fascista: así como el individuo y la propiedad, negados como realidad en sí misma existente y anárquica, están mantenidos y elevados a una dignidad superior en el Estado, igualmente la unión obrera no se considera como grupo hostil y extraño al Estado, se ve elevada a la dignidad de elemento positivo de la vida nacional y reconocida oficialmente por el Estado. El sindicato obrero, cuya institución es libre y no tiene carácter obligatorio, obtiene la representación jurídica de los intereses inherentes a su categoría. El Estado interviene en los problemas del trabajo sólo indirectamente y cuando reconoce su exclusivo derecho a tratar en nombre de las categorías a las asociaciones jurídicamente constituidas. Sólo cuando las negociaciones entre los representantes. de los que dan trabajo y los representantes obreros no llegan a un acuerdo, el Estado interviene, no como mediador y árbitro, sino como·juez, y la sentencia de su Tribunal tiene en cuenta no sólo la equidad en las reclamaciones de ambas partes, sino los intereses generales de la economía nacional.
Si el sistema sindical tiene como misión atenuar los conflictos sociales y eliminar los graves, el sistema corporativo persigue el fin de potenciarlos a través de su coordinación de la economía nacional. La corporación reúne los representantes de todas las categorías interesadas en una determinada rama de la producción, y puesto que es órgano del Estado, sus normas, una vez que reciben la sanción del jefe del Gobierno, tienen valor de ley.
En todos los Estados modernos se siente la necesidad urgente de establecer contactos directos entre los factores de la producción y el Gobierno. El Gobierno fascista se ha puesto, en este sentido, a la vanguardia, creando un Consejo económico nacional: el "Consiglio Nazionale delle Corporazioni", que constituye, en materia económica, el Estado mayor del Gobierno y es la síntesis de todas las energías y de todos los intereses de la nación.
LAS RELACIONES CON LA IGLESIA
El aspecto original del Estado fascista lo constituyen sus relaciones con fa Iglesia. Nosotros no rehacemos aquí la historia de la Cuestión Romana, ni la de la solución del conflicto a través de los "Patti del Laterano", ni de las polémicas que esos pactos provocaron y que sirvieron para definir la recíproca situación de ambos poderes.
El fascismo ha podido resolver dicha cuestión porque desde el principio había conducido con firmeza una política de valorización de la religión. Y esto no sólo por su sensibilidad hacia los factores espirituales de la vida, sino por su carácter "totalitario", de movimiento que quería hacer entrar en los cuadros de la vida nacional todo el pueblo italiano y no podía, por lo mismo, resignarse a ver como extrañas y hostiles las vastas masas católicas. También bajo este aspecto el fascismo es la base definitiva del "Risorgimiento".
El fascismo ha confirmado el principio consagrado en el artículo primero del Estatuto, merced al cual la religión católica es la única religión del Estado. Con todo, si el Estado ha dado a la Iglesia católica una situación jurídica especial, sea por la tradición que representa, sea porque la mayoría del pueblo italiano profesa la religión católica, el Estado fascista no se ha convertido en un Estado confesional. Las otras profesiones de fe son, no simplemente toleradas-como decía el Estatuto-, sino admitidas y jurídicamente tuteladas. El principio de la separación de la Iglesia y el Estado, como se entendía en la vieja doctrina liberal, había supuesto la idea de la Iglesia como asociación privada y la religión como problema de la conciencia individual. Mas semejante idea de la vida religiosa era de naturaleza protestante y chocaba con la conciencia católica del pueblo italiano. El fascismo llegó a una decisiva distinción entre los dos poderes y los deberes que están llamados a resolver. Aun proclamando que el Estado es la idealidad humana más alta de la tierra, el fascismo afirmó netamente que por sobre lo humano está lo divino. Ni siquiera ha pretendido imponer, como los antiguos Gobiernos absolutos, una política regalista, ni ha querido hacer de la religión un instrumento de gobierno. Por el contrario, se muestra respetuosísimo de las formas de devoción religiosa, pero también es muy celoso de las propias prerrogativas y de la propia soberanía, no tolerando violación alguna de los límites reconocidos a la Iglesia y por ella libremente aceptados. Ninguna desviación en sentido confesional puede imputarse al fascismo, que, lejos de imponer una profesión de fe católica, rinde el máximo respeto a la dignidad y sublimidad de la vida religiosa, que no puede ser fruto de coartadas públicas, sino de libres e íntimas convicciones.
