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PRÓLOGO
Los drones, en muchos aspectos, plantean los mismos problemas morales que cualquier otra arma de acción a distancia. Permiten a los soldados matar con un riesgo mínimo para ellos, reduciendo de ese modo el coste humano de la agresión. Un caso clásico es el antiguo desprecio por los arqueros, tal como lo vemos en la Ilíada, en la que los cabecillas griegos se burlan del príncipe troyano Paris porque éste confía en el arco y las flechas. Los hombres de verdad no temen el combate cuerpo a cuerpo; sólo los cobardes atacan de lejos, a menudo escondidos detrás de árboles o rocas.

Ni que decir tiene que los drones son el arma definitiva de acción a distancia, ya que permite al agresor destruir blancos situados en Pakistán o Afganistán mientras él se encuentra en Nevada, a miles de kilómetros. Pero no es esto sólo lo que los vuelve excepcionalmente perniciosos: también los misiles pueden ser lanzados desde muy lejos por individuos que no necesitan ver el alcance de la violencia que infligen, y lo mismo cabe decir de los bombardeos aéreos. Si queremos acabar con la guerra tenemos que dirigir los tiros hacia todo el arsenal que la posibilita e incluso incita a ella –fusiles, artillería, aviones de combate, bombas– y hacia las industrias que lo fabrican.

Sin embargo, en este libro, tan persuasivo como escrupulosamente documentado, Medea Benjamin deja claro que los drones no son un artilugio militar de alta tecnología como cualquier otro. En realidad incluso cuesta afirmar que su utilidad primaria sea «militar» en el sentido tradicional del término. Los drones han posibilitado un programa de atentados a la carta que se ha justificado por la «guerra contra el terrorismo» de Estados Unidos, pero que por lo demás burla las leyes tanto internacionales como estadounidenses. Como demuestra Benjamin, es la CIA y no el Pentágono quien orquesta casi todos los ataques de drones en Asia Occidental, sin que nadie rinda cuentas. Ha habido objetivos, entre ellos ciudadanos estadounidenses, que han sido condenados, sin que mediaran pruebas ni juicios, al parecer por voluntad de la Casa Blanca. Y quienes movilizan los drones gozan de absoluta impunidad en lo que se refiere a las muertes de civiles que acaban considerándose bajas accidentales.

Una de las revelaciones más inquietantes de Benjamin es la impresionante expansión de la industria de los drones en los últimos años, hasta el extremo de que hay ya cincuenta países que poseen estos aparatos. El presente libro describe las angustiosas posibilidades que supone esta proliferación demencial. No sólo podemos esperar que los drones caigan en manos de países «malintencionados» o de grupos terroristas; también hemos de prepararnos para el posible uso interior de drones de vigilancia, incluso de drones armados en la frontera mexicana y tal vez dispuestos a disparar contra civiles que se manifiesten en las calles estadounidenses.

Si lo hubiera escrito cualquier otra persona, este libro habría podido ser muy deprimente. Pero por suerte, Medea Benjamin es no sólo una periodista de primera clase, sino también una de las antibelicistas activas más destacadas. El libro termina con la descripción del movimiento internacional contra los drones, en el que Benjamin ha desempeñado un papel fundamental. Cuando el lector cierre el libro no permanecerá indiferente y sabrá qué hacer para comprometerse en la lucha.
BARBARA EHRENREICH
Alexandria, Virginia, enero de 2012

 

Índice

PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
UNA SÓRDIDA HISTORIA DE AMOR CON DRONES EXTERMINADORES
UN MERCADO EN EXPANSIÓN
DRONES POR AQUÍ, DRONES POR ALLÁ, DRONES POR DOQUIER
PILOTOS SIN CABINA
VÍCTIMAS POR CONTROL REMOTO
¿ES LEGAL MATAR CON DRONES?
LA MORALIDAD MUERDE EL POLVO
LOS ACTIVISTAS CONTRAATACAN
LA OPOSICIÓN A LOS DRONES SE GLOBALIZA
CONCLUSIÓN
NOTAS