El sistema de la corrupción
México es uno de los países con más complacencia con el poder; esa condición impide el avance en el combate a la impunidad y, por lo tanto, a la corrupción, que está prácticamente incrustada en la estructura y el corazón gubernamental en contubernio con quienes se prestan en el sector privado a formar parte del engranaje. El sistema ha creado una coraza de complicidades que permite y favorece los desfalcos. Hay incapacidad para lidiar con los saqueos a las instituciones, quienes las representan o carecen del tono y la fuerza para contender con la alta estructura de poder vinculada a la corrupción o forman parte de esa práctica normalizada que ha imperado en nuestro país por décadas.
Los números no mienten, ni fabricamos teorías especulativas. Los resultados en las investigaciones por actos deshonestos y corrupción no han logrado recuperar las cifras millonarias dedicadas a enriquecer vidas de políticos y sus felices familiares, quienes disfrutan plenamente de los beneficios económicos de la ilicitud y las añoradas complacencias del poder. De acuerdo con el índice de Percepción de la Corrupción 2021, que realiza Transparencia Internacional desde 1995, el país obtuvo 31 puntos (100 significarían que es altamente limpio y 0 altamente corrupto). México también es el peor evaluado de los 38 países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Ya sé que estoy diciendo una obviedad, pero nada les acongoja ni les mortifica.
Para un vistazo, según otra medición, el índice de Capacidad para Combatir la Corrupción 2022, que clasifica a 15 naciones latinoamericanas, nuestro país está en el sitio 12 en su eficacia para luchar contra ésta, solo delante de Venezuela, Bolivia y Guatemala.
Según ese informe, los órganos anticorrupción en México tienen nombramientos basados en fines partidistas y políticos, y su actuar se enfoca en obtener prebendas personales — una vieja tradición—.
Este contexto brinda un panorama del tamaño de la corrupción en la vida pública del país, y aunque sabemos que el vínculo de complicidades es uno de los factores que explica su avance, no deja de sorprender la mezquindad con la que se desenvuelven los actores políticos sabedores del daño que ocasionan en el núcleo social y, por tanto, individual.
Mi propósito en esta narrativa es develar la maraña y el modus operandi, en mi experiencia como auditora forense, donde por primera vez en la historia de este país el enfoque y la metodología de las investigaciones permitió desenmascarar una red de funcionarios, y otros terceros participantes, que intervinieron en uno de los casos más emblemáticos de desvíos y saqueo descarado al erario: la Estafa Maestra (conocida así mediáticamente), que implicó un cúmulo de actos ilegales y diversas acciones que permitieron cantidades estratosféricas de desvío de recursos, involucrando a dependencias del gobierno federal, de administraciones estatales e instituciones de educación superior, entre otros, mediante la simulación de actos y encubrimiento tendiente a disponer del dinero destinado a programas sociales con mecanismos que implicaron la "creación" de empresas fachada.
Pero primero permítanme hablarles un poco de mí, de los caminos que me llevaron a colaborar en distintas áreas de gobierno, desde trabajar en una escuela secundaria pública, hasta mi trabajo como fiscalizadora del gasto público, y cómo me convertí en una persona incómoda y perseguida para y por la élite política del país, que optó por fabricar denuncias con evidencias "a modo" para intimidarme, amenazarme y destruir con ello la confianza y credibilidad ganada en la Auditoría Superior de la Federación (ASF), soportada con los hallazgos y resultados de las auditorías forenses, que fueron un parteaguas para que ahora se realicen este tipo de investigaciones por parte de periodistas y organizaciones civiles. Eso enorgullece al equipo que conformamos la Dirección General de Auditoría Forense (DGAF), dejar plasmadas las mejores prácticas y procedimientos para las indagatorias en casos de corrupción.
Originaria de la capital, desde joven he sido testigo de injusticias, acosos y arreglos, comunes en la burocracia y las organizaciones de este país. Al no tener los amigos o contactos necesarios, como muchas personas, padecí tratos indignantes, negativa de servicios, días enteros para ajustar trámites y otros más para arreglar lo que se había hecho mal; en fin, luchar, discutir, exigir y padecer el diseño institucional, que debo decir, ha evolucionado favorablemente en muchos aspectos, pero aún falta mucho por mejorar y sistematizar, a fin de evitar la mano corrupta del servidor público en diversos trámites. Probablemente eso influyó en mi decisión de estudiar la carrera de Derecho. Era, de alguna forma, una manera de rebelarme y exigir justicia ante un entorno que yo no aceptaba. Aprendí a luchar, no solo a ganar.
Los actos deshonestos y el crecimiento de la corrupción son los factores que han permitido que cada vez haya más requisitos para efectuar cualquier trámite y eso refleja la desconfianza ganada a base del incremento de fraudes descarados. Hace 30 años, para abrir una cuenta bancaria solo se necesitaba el dinero. De niños se nos incentivaba a ahorrar con la cartilla del ahorro, había palabra y confianza; hoy en día, pensar en abrir una cuenta es dedicar un día a los trámites, esperar otros más para la autorización, y qué decir si intempestivamente la institución bancaria decide unilateralmente cancelar la cuenta de ahorros y meternos en un brete, sin ninguna explicación, así nomás porque le vino en gana. Ya ni hablar de los grandes problemas de las personas de la tercera edad, es un verdadero terror el que sufren al hacer un trámite ante la indolencia de las autoridades reguladoras que deben supervisar a las instituciones financieras. En fin, este breve recuento nos puede llevar a indignarnos un poco más.
Como estudiante, laboré como empleada mientras estudiaba en la Preparatoria 6 de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en Coyoacán; no pasaba por mi mente trabajar en el gobierno, mucho menos en auditoría o hacer investigaciones; decidí estudiar Derecho, simplemente así fue. Mis inicios en la administración pública fueron en Chiapas, a donde me fui a vivir en 1979.
Laboré en una secundaria técnica, también en el Poder Legislativo; luego, en 1993, inicié en el entonces Instituto Federal Electoral (IFE) una actividad que me llevó a conocer los rincones más alejados de Chiapas: era promotora de difusión de la credencial para votar. Era un reto llegar a los lugares remotos del estado para informar, en comunidades indígenas, en qué consistía la campaña de credencialización; convocarlos de manera grupal en los parques o tocar casa por casa, para darles trípticos traducidos a su lengua, platicarles los beneficios y convencerlos de asistir a los módulos en cuanto fueran instalados; qué trabajo tan bonito, aunque extenuante.
Éramos mi alma y yo al inicio, sin que el gobierno otorgara los recursos indispensables para los recorridos y poder realizar así las actividades primordiales que requería esa encomienda, pero eso me ayudó a forjar carácter, también a entender lo que implica trabajar en instituciones públicas: la gasolina no llega a quien debe, si necesitas un auto, te dan el más viejo; simplemente no interesaba en lo más mínimo la integridad del personal ni la promoción del programa. Pienso que los funcionarios estatales no tenían ni idea del alcance y magnitud de eso. Como no había estructura de personal, no podían incrustar aviadores y, por ello, el dinero no llegaba. Pero la vida me abrió oportunidades, al tener que tocar puerta tras puerta para pedir apoyo de recursos, conocí gente buena.
Recuerdo que estaba sola en un escritorio oxidado —que de milagro no me provocó tétanos—, en un espacio del edificio donde me ubicaron. Pero miren la evidencia de lo que cuento, unos meses después me asignaron del gobierno estatal a un colaborador; yo no lo conocía, pero me alegré porque implicaba ayuda en el gran trabajo de difusión de la credencial para votar, pues imaginen cuántas comunidades y lugares alejados teníamos que visitar. Ilusa yo, le di un oficio de comisión para ir a las comunidades, los viáticos que ahora sí estaba dispuesta a pagar la Subsecretaría de Gobierno, pero qué desilusión, fue mi primer encuentro con la corrupción. Él era "un aviador". No había ido a ninguna de las actividades que debía realizar y de eso me enteré indagando, como pude, porque no había computadoras y menos internet en esos tiempos.
Para la mala suerte de ese infame funcionario, dado mis obsesiones, descubrí que era pediatra, amigo del subsecretario de Gobierno, que lo había enviado para ayudarle con el sueldo, pero no para trabajar. Qué coraje me dio, no sé si fue que quisiera tomarme el pelo o su descaro para quedarse con los emolumentos. Enfurecí. Marqué al teléfono de su consultorio para constatar que no había ido a ninguna de las comunidades que debía visitar; me contestó sin saber que era yo. La que se armó. ¿Cómo me atrevía yo a hablarle de esa manera al respetable amigo de la alta jerarquía en gobierno? Redacté un oficio donde evidencié lo que ocurría y lo envié con copia al "recomendado" (el subsecretario de Gobierno); todavía lo conservo. Seguramente a quienes lo colocaron en el puesto no les cayó en gracia mi denuncia, porque nunca logré apoyo alguno, aunque estaban obligados ante el IFE para las actividades de difusión.
Después entendí que ese modus operandi es recurrente; así prohijan a los cuates o afectos y les quitan el espacio de trabajo a jóvenes con necesidad, ganas de laborar y hacer bien las cosas. Creo que difícilmente eso ha cambiado.
El cinismo parece ser una de las características requeridas en el poder. Y desde entonces comencé a observar y entender lo que ha sido una constante en los gobiernos: la corrupción. A los deshonestos, su reputación poco les importa.
Posteriormente, la Federación otorgó nuevas plazas temporales. Era intenso el trabajo y el tiempo apremiaba. El desdén y menosprecio para apoyar a los que laborábamos en las entidades federativas era lamentable. Pero nos crecíamos al castigo. Fui feliz de emprender esa odisea. Tengo mi credencial para votar de prueba y conozco la historia de su implementación; es un bonito recuerdo, así como las redes de amigos, colegas de medios y comunicación social que hasta hoy mantengo.
Laboré también en la delegación de Gobernación del estado de Chiapas y tuve la fortuna de conocer y participar en las mesas de diálogo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Mi jefe fue el doctor José Narro, entonces subsecretario de Gobernación, a quien le profeso un gran afecto y reconocimiento profesional.
Me he preparado de manera continua para mí misma en primer lugar, pero también para servir en mi profesión con un currículum académico y laboral producto de auténtico esfuerzo. Quiero compartir mi experiencia y transmitir conocimientos como ahora lo hago en la vida académica. Nací en la Ciudad de México y estudié en la Escuela Secundaria Técnica No. 11, cuando los planteles eran mayoritariamente exclusivos para mujeres o varones. Comentaba alguna vez que en aquel entonces la falda debía ir "tres dedos debajo de la rodilla", regla que se obedecía puntualmente.
Estudié una maestría en Administración en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Muy activa siempre, me mantuve en la senda de las leyes y consolidé mi decisión de mejorar la administración pública.
En la ASF empecé con la supervisión de las auditorías que se practicaban a los gobiernos estatales y municipales, gracias a mi experiencia adquirida en Chiapas. Acababa de aceptar un cargo en la UNAM cuando me llamaron para formar parte de la ASF; ahí fortalecí mi preparación en disciplinas forenses y pude concretar propuestas de mejoría en la fiscalización gubernamental.
Me gusta todo el conocimiento que considero formativo y enriquecedor, trato de actualizarme, ser perseverante ante la adversidad, para intentar derrumbar condiciones de machismo que ya no deberían existir, porque de por sí la vida profesional, política y social es más difícil para las mujeres. La cultura machista y la resistencia a reconocer la capacidad femenina hace casi imposible que una mujer sea valorada por sus destrezas y conocimientos, prefieren ignorar ese talento, sepultarlo, y el único medio a su alcance para intentar controlar es el sometimiento a partir del uso de un poder arbitrario. Y lo ejercen, por ejemplo, con dinámicas perversas que impiden el crecimiento profesional de las mujeres para los altos nombramientos y ascensos. Espero que algún día podamos tener ese espacio que nos merecemos, por competencias, respeto y dignidad.
No sé si los cargos me buscaban a mí o yo iba tras ellos, pero eran actividades que requerían 18 horas de atención plena, dormía poco; ahora pienso que mi perfil ayudaba en ello, me considero perseverante, no me gusta dejar nada inconcluso, soy un poco obsesiva, curiosa. Con el tiempo descubrí que no suelto las cosas sino hasta que las concluyo. Existimos personas con las competencias y habilidades para indagar, además de otras características necesarias que son afines a la investigación, la cual me apasiona y a la que, sin querer, me llevó el destino y ahora felizmente me dedico a ella.
En mi desarrollo profesional, quizá resaltaría mi retorno a la Ciudad de México para laborar en el Fondo Nacional de Apoyo para las Empresas de Solidaridad (Fonaes-Sedesol), donde la federación muestra el contraste del servicio público, sin duda en otro nivel, muy por encima del estatal; posteriormente, en 2001 regresé a Chiapas y tuve a cargo la Coordinación de Comunicación Social del gobierno y concluí mi labor ahí como contralora estatal en 2005.
En retrospectiva, mis experiencias profesionales me dejaron varias enseñanzas: el que desee escalar a altos niveles de poder debe poseer cualidades y rasgos de personalidad muy específicos, de lo contrario, el mismo sistema lo expulsará. Hay que saber que la misma puerta de entrada es la de salida. Entender eso me resultó sencillo a partir de 2005, año en que me integré en la ASF. Mi interés en superarme y lograr una plaza de nivel me llevó a profesionalizarme en la investigación y la entrevista forense, por ello hice el doctorado en Derecho en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profundicé en el conocimiento de la auditoría forense.
Los conocimientos adquiridos en mi formación me permitieron llevar a cabo la fiscalización desde un enfoque distinto y novedoso; aportar a la práctica de las auditorias una metodología de investigación exhaustiva, apoyada con el uso de herramientas de cómputo forense para obtener la evidencia idónea en relación con ciertos actos que pueden ser constitutivos de delito; entender el caso, los hechos, para encauzar la investigación científica aplicada en las revisiones, todas por demás interesantes. Recuerdo la intervención que tuvimos en la auditoría a la Estela de Luz, a distintos programas sociales, otros de subsidios, adquisición de cámaras, chalecos para los municipios en aquellos fondos como el Subsidio para la Seguridad en los Municipios (Subsemun), que tenía entre sus objetivos proveer de las herramientas necesarias a la policía, y, por supuesto, todos aquellos contratos adjudicados de manera directa e irregular para evadir las licitaciones. Ahí hay una respuesta al porqué: con tantos recursos federales asignados a los estados y municipios para fortalecer a las policías estatales, no les otorgaban ni siquiera zapatos y uniformes, mucho menos una capacitación que los dignificara en la actividad que debían realizar.
Eso implicó, para quienes conformamos el equipo de auditoría forense, romper paradigmas, definir mejores estrategias para la investigación con la perspectiva de identificar los indicios y comprobar los hechos que nos aportan, con el fin de vincularlos para demostrar y acreditar cada acto y la trazabilidad de los recursos y las relaciones con las conductas para documentar los casos de corrupción. Asimismo, conocer y entender el conjunto de vínculos y complicidades como los factores que explican el avance de la impunidad.
Abrirnos espacios de respeto casi a codazos costó mucho, tanto al interior de la ASF como al exterior con los entes fiscalizados, y sí, ser mujer es una limitante, se tiene una idea equivocada de que el género es "controlable"; se nos acusa de traspasar "la línea" y toca enfrentar a quienes quieren "ubicarte", y al no lograrlo, simplemente les queda defenestrar. En un mundo donde la política es de facto dominada por machistas, he sufrido persecución política como respuesta vengativa, luego de haber revelado tropelías, desvíos y abusos. Esto culminó con mi expulsión de la ASF.
Como lo esbocé con anterioridad, los políticos tienden a justificar y racionalizar sus actos. Lo que anhelan es el poder. Sentir pertenencia, lealtades y asegurar un espacio a costa de lo que sea. Aprenden en su entorno, como los lobos, donde se muestran con el comportamiento esperado, sin recato alguno.
Las cosas se arreglan sin principios, haciendo y obedeciendo al grupo de pillos. Carecen de escrúpulos. Es parte del juego que permite entrar y ascender en la vida política. Cuando alzas la voz te vuelves incómoda, te vetan, se indignan, justifican su actuación, intentan manipular y someter. La traición es cotidiana. Desatan jaurías. En esas vueltas de la vida se aprende mucho de la condición humana, fácilmente corrompible, dispuesta a engañar para obtener un provecho.
En ese sentido, quisiera recordar la teoría del jurista alemán Claus Roxin, que aborda el caso del actuar delictivo: en hechos ocultos ha existido un aparato organizado del poder, encargado de trabajar sistemáticamente para llegar al objetivo previendo todos sus detalles: "El apartamiento del derecho respecto al aparato organizado de poder constituye un presupuesto necesario para el dominio del hecho de los hombres de atrás", de tal manera que la comisión de un delito no es únicamente cuestión de la organización, sino de cada uno de quienes la conforman; un comportamiento que ocultan los autores mediáticos, haciendo su parte de manera responsable, es decir, lo que se espera de ellos: la obediencia para cometer el delito y su alejamiento del deber de cuidado.
El sistema de Estado, como lo denomina Claus Roxin, tiene que trabajar delictivamente como un todo, si quiere que las órdenes de los hombres de atrás tengan la seguridad del éxito La pertenencia al clan implica lealtades, obediencia, sumisión, complicidades y encubrimiento. No existen los incentivos para los honestos y no hay consecuencias ni sanciones a los corruptos. Así deciden conformar y vivir sus propias normas, encuentran una justificación moral a sus acciones.
Es entonces cuando el entorno político le hace un vacío y expulsa a quien no se conduce del modo esperado; por eso nadie se quiere enemistar con el jefe. Te dejan solo, te van aislando, te tachan. Se pagan favores, se encubren, se regocijan. El mensaje es claro: ese entorno enaltece la dinámica del "tú me ayudas, yo te ayudo", y bienvenido el abuso de poder.
Cuando toda la estructura de una organización percibe "si lo hace el de arriba, yo también lo puedo hacer", en el imaginario se cree que se obtiene permiso y se puede hacer. Si el entorno es deshonesto y no hay una introyección de valores, te vinculas y generas pertenencia a ese grupo. Esos son los bandos políticos o partidistas. Y comparten su misma narrativa, aunque la autopercepción los distorsiona y justifica.
La corrupción es de las personas, no es el Estado en sí, sino quienes conforman las instituciones, la toleran, la propician y la celebran. Es un reto a la ciudadanía y entre los distintos clanes. Aceptan comportamientos que saben que no son los correctos. Los perpetradores tienen como objetivo aprovechar cualquier ventaja que el sistema pueda ofrecerles para ocupar un espacio y apropiarse con fines de lucro personal y de grupo, son seres abusivos a los cuales no les importan los demás, carecen de mínima empatía o escrúpulos. Así, el sistema se abre para pagar favores que auspician la corrupción; a unos les cuesta más que a otros, pero de que están reciclándose, lo están.
Ser pillo es un arte
Antes de abundar en mi paso por la ASF y explicar algunos casos emblemáticos de corrupción y cómo los auditores los descubrimos, es muy importante tener claro que ser pillo es todo un arte.
El perfil del defraudador de cuello blanco, convertido en funcionario público, no es comparable con los carteristas del transporte público, que si ven descuidado al usuario le roban la cartera porque aprovechan la oportunidad. Los pillos y las pandillas gubernamentales hacen una planeación minuciosa, con la intención y consigna de "meter mano" a las arcas o generar grandes negocios ficticios que les generen dinero y beneficios en abundancia. Se vuelcan en cuerpo y alma en esas actividades delictivas y obtienen lo que buscan. Esa es la realidad que conocen y viven en todos los sentidos. Es un modo natural, desinhibido y ruin de actuar, y casi siempre se salen con la suya.
Ese modus operandi existe tanto en los gobiernos estatales como en los municipales; los candidatos abren puertas mostrando un falso carisma, para caer bien, y luego viene la lisonja: saber decir sí a todo, simular interés legítimo; servilismo para quedar bien.
Me tocó presenciar a un funcionario federal de la Procuraduría General de la República (PGR), de muy alto nivel, que se levantó presto a estacionar el auto de su superior. Claro que detrás siempre hay un interés de que no se sepa y no se les note que son pillos. No cualquiera puede hacerlo, pues desarrollan grandes habilidades características de la política, aprenden a mentir a tal extremo que se creen sus mentiras y no distinguen qué es verdad.
En ese arte del engaño hay que saber guardar secretos, ser pieza clave, congraciarse, callar, ocultar, entender qué espera el "preciso" de la banda política. Los lisonjeros aprenden a estar atentos y leer las miradas; no se dan cuenta de que su adulador es un charlatán que solo busca manipularlos.
La mayoría de los funcionarios, apenas llega al cargo, quiere ver la estructura, organigrama, sueldos, carros, viáticos, beneficios, plazas altas, contratos y negocios. Ahí estriba la alta responsabilidad de quien nombra a quien no cuenta con el perfil y las competencias profesionales idóneas, lo que puede traer como consecuencia actos indebidos y desvío de recursos; ahí inicia el ejercicio indebido, porque a sabiendas de que no tenía la experiencia y conocimientos necesarios para el puesto, es nombrado. A ello se suma la corresponsabilidad por la falta de supervisión y vigilancia de quienes tendrían la obligación legal de hacerlo.
Así, estos grupos políticos se unen por intereses comunes y se alían con otras agrupaciones que buscan lo mismo. El aprendizaje se fomenta mediante el ejemplo.
No obstante, cada pillo según su nivel pretenderá una vida mejor, una pantalla más grande, otros zapatos de marca, relojes, buenas comidas, carros, viajes costosos. A veces se generan sentimientos de rencor social por la inequidad percibida. Otro rasgo importante es el apego a lo material para integrarse en un círculo social al que no se pertenece y que difícilmente se puede sostener. Además, carecen de remordimientos y una gran habilidad para no responsabilizarse de sus actos. Hay quienes necesitan sentirse visibles, y otros tienen complejos dignos de un estudio psicológico.
Crean necesidades apremiantes, racionalizan y justifican sus acciones, por ejemplo: envían a sus hijos a las mejores escuelas en el extranjero bajo la premisa de que el Estado no ha asumido la responsabilidad de procurar a todos una educación integral de primer nivel, o las becas solo se otorgan a los hijos de funcionarios; que no va a pasar nada, todos lo hacen, y así sucesivamente.
Otros justifican su deshonestidad con la urgencia de cubrir necesidades y expectativas más allá de su nivel de vida; esto está relacionado con frustraciones, complejos y pérdida de valores. Una dinámica de poder que da beneficios antes impensables a los corruptos.
Para este tipo de funcionarios la oportunidad de hacerse de grandes bienes y lujos se da en el tiempo de su mandato y su comportamiento lo hace bastante visible; entonces su estilo de vida se vuelve un incentivo para cometer tropelías.
Así ocurre otro círculo de corrupción; por ejemplo, con el diputado que pide dinero para proyectos o que se contrate a ciertos proveedores, o los que controlan los congresos y negocian auditorías a cambio de favores. Todo tiene que embonar.
En el ámbito político, no olvidemos la alta responsabilidad de los partidos en la elección de candidatos a cargos populares. En muchos casos los aspirantes son elegidos de tal manera que forzosamente devolverán el favor; la cadena de ilícitos que propicia la pillería en el otorgamiento de obra pública, de contratos de servicios ha llegado a tal límite que existe un gran número de autoridades municipales asesinadas en los últimos años, lo cual es impensable sin un conjunto de complicidades y permisividad. Hay entonces un empoderamiento distorsionado que muestra patrones de mentiras y engaños, comportamientos delictivos sin límite alguno para alcanzar sus fines por la necesidad de buscar satisfactores instantáneos y dada la baja tolerancia al fracaso. Rompen normas para pasar por encima de los derechos de otros. No hay lealtades ni lazos permanentes, prevalecen los propios intereses.
De esta forma, quienes tienen algo de escrúpulos o no se prestan para actos irregulares no entran al sistema, y difícilmente logran ascender o son expulsados.
En una ocasión visité la Unidad de Investigación de la Secretaría de la Función Pública (SFP) en materia de atención a denuncias para conocer qué hacían: poseían una vagoneta blanca cerrada con aparatos de escucha, supuestamente para atender denuncias ciudadanas, una libreta simulada con un micrófono para grabar conversaciones y un dispositivo móvil instalado. Me dieron pena ajena. Ese es su nivel de investigación, no son profesionales y no cuentan con las herramientas ni capacidades necesarias para llevar a cabo las indagatorias. ¿Quién autorizó hacer eso? Todos sabían de la existencia de ese método de espionaje. Desconozco si actualmente persiste esa área y sus vergonzosas instalaciones.
¿Por qué les importa la vida privada? ¿Para qué el espionaje? ¿Para chantajes, venganzas, morbo? La intimidad suele ser el punto débil de la mayoría de las personas. Espiar es repugnante, porque no importa en realidad la investigación seria, nada que ver con la labor profesional vinculada a la prevención de hechos de corrupción. Quienes lo practican crean un ciclo de mezquindad, pues con ello intentan derrumbar moralmente a cualquier sujeto que ha caído de su gracia. Indefendibles.
Utilizar información personal para amedrentar, para que alguien no abra la boca, para ejercer coacción, no solo indigna, es un instrumento de persecución política y personal, es un acoso donde difunden o filtran conversaciones con la finalidad de socavar la dignidad, sin que exista alguna institución que evite y sancione dichas actividades ilícitas.
En ocasiones se hace uso faccioso de las instituciones para elaborar toda una ofensiva de presión contra cualquier funcionario incómodo por desobedecer órdenes ilegales o por no someterse. Algunos pueden aguantar, pero hay quienes no lo soportan y terminan cediendo. Hay doble moral y resentimiento en mucho de esto.
Los corruptos se valen de las trampas que sean necesarias para alcanzar sus propósitos y mantienen la certeza de que no los van a descubrir porque así ha sido la historia; sus conductas deshonestas no serán reveladas ni castigadas; tienen derechos "adquiridos" debido al cúmulo de años de encubrimiento mutuo.
Un exfuncionario, del que omitiré el nombre, pagaba favores con viajes aéreos en primera clase, relojes caros, pago de escuelas en el extranjero a los hijos, automóviles de lujo o regalos varios en especie a la familia. Así caminan los negocios, si no, no hay acuerdos. Se lo exigían para que avanzaran sus asuntos.
Es bien sabido que los pillos reciben tales beneficios como un "pago de cuates". Les liquidan sus hipotecas y sus tarjetas de crédito, rentas de inmuebles o pago de colegiaturas en las mejores universidades del extranjero para los hijos y cualquier cosa que se les pueda ocurrir. ¿Y de dónde sale todo ese dinero? De partidas gubernamentales que no están sujetas a revisión con toda intención, vinculadas a las áreas de seguridad y procuración de justicia; obras y compras directas con sobreprecio, bienes y activos incautados, entre otros.
Vehículos decomisados son regularizados para luego darlos como obsequios o repartirlos entre ciertos funcionarios. Todo un modus operandi que requiere al menos dos personas para que ocurra. De esa manera los otros también se prestan a las corruptelas y muy pronto se acostumbran a ese estilo de vida, que luego les exigirá mayores ingresos para soportarlo.
Cuando ejercemos como funcionarios públicos —al margen de cualquier género— tenemos la obligación ética de decir "esto no debe ser así por tales razones", y argumentarlas. Si lo hacen o no, es su problema, pues no tenemos más responsabilidad que la que nos corresponde hasta el límite que marca la ley.
No son pocos los que piensan que hay que aprender a callarse, pero al menos yo no lo he hecho. Caí mal por eso. La vida profesional para las mujeres es más difícil, nos limitan porque en el fondo saben bien que el único medio para controlar es el uso del poder arbitrario y así lo ejercen. Espero que algún día cercano las mujeres podamos tener el espacio que merecemos, por competencias, profesionalismo, respeto y dignidad. Aunque, si soy honesta, lo veo muy lejano.
La estructura gubernamental se ha convertido en un modo de vida sexenal, vinculado al partido ganador en cada elección, sin que importe la experiencia, las competencias profesionales o el conocimiento especializado de los servidores públicos, cuyos cargos son los premios derivados de la campaña y, de esa manera, la obediencia y la lealtad son bien recompensadas. Por ello se da el fenómeno de brincar de un partido a otro, pues se sabe que es el único modo de acceso al poder y poco preocupa qué piensen los ciudadanos.
Los funcionarios siempre tendrán una respuesta en la boca. Su interés primordial es escalar a costa de lo que sea, más allá de su propia dignidad.
Por supuesto que en los niveles más altos del poder la corrupción alcanza un nivel notable; el sistema se encuentra diseñado para que los mejores puestos puedan hacer lo que les dé la gana sin sanción. Ese es otro detonador. Las instituciones están obligadas a velar por la legalidad; sin embargo, los altos mandos establecen condiciones y personal que propicien la ejecución de actos deshonestos: “Yo soy el que manda" o "¿Qué, me vas a auditar? No va a pasar nada" me dijo alguna vez un gran corrupto. Tenía razón. Nada pasó.
Esto me lleva a confirmar que en sus discursos pueden decir lo que quieran, aseverar que se combate la corrupción, pero al interior prosiguen los actos ilícitos, los controles internos son inexistentes. Por ejemplo, de qué sirven los perfiles creados en la Secretaría de la Función Pública y en diversas instituciones técnicas para quienes aspiran a la titularidad de los órganos internos de control (OIC), en los que, a pesar de establecerse los conocimientos y habilidades requeridos, contratan a cualquiera que es afín o recomendado, regularmente sin respetar los lineamientos.
Basta hacer un análisis actual de los nombramientos de contralores estatales, entidades de fiscalización estatal o la misma ASF para encontrar que la inexperiencia, el amiguismo, favoritismo político y la falta de preparación prevalecen. Si las instituciones que deben ser capaces de prevenir, investigar y sancionar, carecen de independencia, capacidades de investigación y de ética profesional, será imposible disuadir actos de corrupción.
De un órgano técnico autónomo se espera una institución fuerte, blindada ante injerencias políticas o partidistas, protegida de presiones políticas. Esas instituciones no existen, fueron cooptadas. ¿Cómo las protegemos de la mano interesada de los partidos o de quienes tienen la consigna específica de dinamitarlas para dar cabida a grupos políticos con intereses creados?
Si las cabezas con el mejor perfil y preparación estuvieran en los puestos acorde con sus conocimientos y competencias idóneas se podría impulsar en la estructura, de arriba abajo, una cultura organizacional fuerte integrada por personal con el conocimiento especializado y el apego a principios y normas. Habría una mayor responsabilidad institucional.
Para corromper se ofrecen cantidades de dinero exorbitantes; la mayoría se obnubilan ante las ofertas y no razonan que pueden estar expuestos, por ambiciosos. Usualmente prevalece la impunidad.
Nunca imaginaron a Emilio Lozoya Austin (exdirector general de Petróleos Mexicanos) o a Rosario Robles (extitular de la Secretaría de Desarrollo Social [Sedesol] y la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU]) enfrentando un proceso judicial.
Yo hablo de exigir, no de pedir, es una obligación que los funcionarios tienen: rendir cuentas. La ciudadanía se ha quedado en una suerte de teatro que pareciera ajeno, y en el que observamos cómo hay quienes se sirven con la cuchara grande.
Hasta ahora no hay órgano ni INAI alguno que logre —y creo que no ocurrirá en un largo plazo— que cada institución transparente y brinde la información de manera absoluta, clara y sencilla. Lo que sí ocurre es que se comparte mucha basura desinformativa y, por supuesto, se cubren unos con otros.
En esta cadena de corrupción los empresarios tienen su participación y lugar, al igual que los bancos o instituciones financieras. Muchos de ellos han sido cómplices durante años. Parece que nadie quiere problemas. Es la filosofía de "hoy por ti, mañana por mí". Y abundan las empresas fachadas, sin investigar, sin rendir cuentas de los recursos recibidos. Hay una simulación concertada.
Los grandes casos de saqueo son un buen ejemplo: ¿cómo se puede mover tanto dinero en efectivo? ¿Y los controles internos y el compliance? ¿Quién controla, autoriza o supervisa a las empresas de traslados de valores? ¿Cómo se contratan? ¿Cómo se han movido esas cifras estratosféricas? ¿Qué bancos y sucursales han sido los implicados? ¿Algún gerente o funcionario obtuvo beneficios por esconder y no revelar esas operaciones vulnerables? ¿Todo ese dinero pasa por los bancos o se va por el espacio sideral?
¿Cómo movieron los más de tres mil millones de pesos (mdp) en efectivo que se manejaron como parte de los más de trece mil mdp de la llamada Estafa Maestra? ¿Qué se ha hecho para controlar o regular a las transportadoras de valores? ¿Quién investigó los domicilios a donde supuestamente llevaron el efectivo? ¿Quién y cómo contrató esos servicios? ¿Quién responde por estas actividades vulnerables? Son las banderas rojas que nadie revisa. Nadie sabe y nadie supo. Han transcurrido más de cinco años desde que se tuvo conocimiento y la información del modus operandi, así como de los presuntos involucrados, sin que se haya profundizado de manera exhaustiva para conocer modo, lugar y circunstancia. No podía una tuerca del sistema corrupto dejar de aceitarse.
No conozco una sola institución donde exista coordinación entre los funcionarios responsables; son cotos de poder y dueños de la información. La resistencia forma parte inherente de la burocracia. Todos cuidan su parcela y no piensan en los cimientos de un gobierno, menos en fortalecer la lucha contra la corrupción. Se trata de una falta intencional.
Las instituciones responsables de inhibir y disuadir la corrupción mantienen una estrategia común: evitan producir inteligencia a partir de la información obtenida o estructurada; no brindan datos ni colaboración. No es un problema nuevo ni sexenal, es un tema estructural y de resistencia a la obediencia y al bien hacer.
Debemos cuestionar: ¿dónde se aplicaron los millones de dólares recibidos de los fondos internacionales en México a través de la Secretaría de Hacienda para la creación de bases de datos? ¿Se justifica la estructura y el sueldo de quienes laboran en el sistema anticorrupción? ¿Qué han hecho? ¿Qué hacen? ¿Dónde están los resultados? No hay nada.
Por el contrario, prevalecen las visiones distorsionadas del servicio público, donde grupos de poder con sus propios intereses en juego se confrontan entre sí; saben bien que son intocables y se mandan mensajes unos a otros tratando de generar caos.
Pero si desde las más altas esferas del poder no hay un verdadero compromiso y orden de combate real a la corrupción, es difícil prevenirla y castigarla; a ello se suma lo antes mencionado (además de pillos que aprovechan esos pleitos encarnizados).
El arte de observar
Investigar no es para cualquiera, aunque sus resultados benefician a toda la sociedad. Yo descubrí mi vocación reconociendo que me gustaba leer y estudiar, observar, hurgar en datos con los que trataba de agudizar mis habilidades, conocer con mayor profundidad y certeza los hechos, y para ello debía de indagar. Es muy interesante escuchar a las personas que tienen experiencia en esa materia, así que fui buscando este tipo de personajes para entenderlos y aprender.
En mi opinión, indagar es una forma de conocer la verdad relativa, es rebeldía ante la injusticia; así fui conformando mi experiencia como investigadora. No es lo mismo mirar que observar. Esto es, ir a analizar indicios, buscar hallazgos, generar inferencias... se asemeja al armado de un rompecabezas, aunque claro, hay que descartar pistas falsas. Se debe evitar el sesgo, discriminar la información, confrontar las hipótesis y continuar el proceso de descubrimiento hasta comprobar nuestra idea.
Investigar implica entender la condición humana, qué pasa por la mente del perpetrador; cómo llevó a cabo o instrumentó las acciones que lo condujeron a materializar la conducta irregular; los pensamientos se procesan y elaboran de manera distinta. Esto es todo un tema apasionante en el que interactúan la psicología y el derecho, donde el razonamiento y la argumentación lógico-jurídica son la base de una buena investigación. La prueba circunstancial, la serie de indicios y cada una de las evidencias habrán de razonarse.
Por ello resulta fundamental el juicio profesional del auditor/investigador, entendido como el conjunto de conocimientos, habilidades, destrezas, experiencia, objetividad y especialización que posee; todos esos elementos permiten generar hipótesis, teorías, construir la metodología y procedimientos aplicables al caso concreto. Conjunto de atributos para alcanzar el éxito de la investigación.
Poseer los atributos, las capacidades y habilidades de indagación y entrevista, así como las competencias necesarias no es fácil; requiere esfuerzo continuo y capacitación permanente. El carácter y temperamento, aunados a la fortaleza y la perseverancia, conforman algunas de las características indispensables de un profesional de la investigación.
El estudio permanente, la perseverancia, la disciplina, el autocontrol y la intuición informada pueden ayudarnos a alcanzar el conocimiento. A veces con solo ver a alguien por un instante se sabe que hay algo que no está bien. Una pesquisa es estructurada, ordenada, dirigida a comprobar una hipótesis y recopilar la evidencia. Desarrollar la creatividad se vuelve parte de la vida cotidiana del auditor. También fortalecer las habilidades cognitivas, visualizar distintas maneras de procesar los datos y la información. Esquemas mentales que nos permitan observar y leer más allá de lo que hay detrás de un indicio. Generar escenarios integrales, observar, analizar y detectar inconsistencias; descubrir lo oculto, revisar y analizar los documentos y hechos de una manera distinta, contrastar y entender ¿para qué?, ¿por qué?, ¿quiénes?, y ¿qué se oculta? Todo fraude y acto deshonesto se intentará que permanezca oculto.
No se nace investigador, hay que tener gusto y vocación para desarrollar una serie de habilidades cognitivas. Se debe generar un hábito de lectura, buscar cosas distintas y abrir la mente a cualquier otra situación lógica que sea posible.
Así como los pillos tienen ciertos rasgos de personalidad, quienes investigamos debemos procurar en nuestra profesión ser carismáticos, escépticos, mesurados, constructivos, además de indagar, discutir, confrontar, analizar, conocer y aplicar las técnicas de investigación apropiadas, y tener creatividad para poder generar alternativas y escenarios.
Otras cualidades son la perseverancia y el sentido de oportunidad. No posponer, porque se puede perder un tiempo valioso. Buena memoria, atención y escucha atenta. Recrear probables escenarios basados en la cadena de indicios, inferencias y evidencia obtenida del caso concreto con el juicio profesional que conjunta en cada razonamiento el cúmulo de experiencia y conocimiento para conformar las posibles alternativas que encaminen el caso a conclusiones sólidas.
El planteamiento preliminar implica entender los hechos, generar las hipótesis, desarrollar la guía de auditoría a partir de las líneas de investigación, aplicar los procedimientos y técnicas apropiadas al caso concreto. Hay que pensar, actuar, articular en el entorno de la indagatoria para la vinculación de hechos y actores; generar prospectiva. Esto significa documentar de modo sistemático y ordenado. De ahí la importancia de ordenar y producir datos de inteligencia, estructurarlos, verificar su confiabilidad, su predictibilidad; entender hacia dónde nos lleva ese conjunto de información.
Insisto en que los servidores públicos tienen la obligación de rendir cuentas de sus actos. Las entrevistas forenses como herramienta de investigación ayudan en gran medida a obtener información sobre cada caso. Recuerdo en una ocasión a un funcionario muy altanero que llegó molesto a la cita —ya para entonces teníamos toda la información y los indicios del uso irregular de su cargo, al desviar recursos públicos a su propia empresa "fachada"—. Estaba muy altivo y soberbio, por lo que al mostrarle una parte de la evidencia, negó los hechos y simplemente se levantó y se fue. No necesitábamos más, contábamos con la trazabilidad del recurso. Manejar la entrevista y la evidencia es fundamental para confrontar a la persona que se sabe que es responsable, y más si es un pillo de siete suelas.
Durante la entrevista con otro funcionario, del cual ya teníamos documentado el desvío de recursos a las cuentas bancarias de su empresa, este se sintió sitiado y me interpeló agresivo echándose para adelante: "No me gusta ese tono", a lo que le respondí: "A mí no me gustan los rateros" Simple y sencillo. Pero ¿qué significaba "el tono" para él? Era un medio de intentar ganar la cancha. Las preguntas se le plantearon abiertamente: ¿por qué desvió el recurso? ¿Conoce usted a los accionistas de la empresa? ¿Cómo decidió contratar 100 millones de pesos con una empresa que no conocía? Es importante no dejarse intimidar, marcar distancia, hablar de una manera firme y clara con la información integral del caso.
Llevar a cabo una investigación efectiva requiere independencia mental y profesional, contar con las herramientas, los recursos humanos, financieros y materiales necesarios. De lo contrario, sin independencia presupuestal, ¿qué se puede hacer? Si no se cuenta con computadoras, internet, herramientas para análisis de datos, ¿cómo investigar? No hay ninguna razón para que la gente se vaya al campo sin viáticos; si no les alcanza para la alimentación y llegar a un hotel digno, se vuelven vulnerables a cualquier tentación de corrupción, por ejemplo, si alguien les ofrece cubrir el hospedaje. El auditor/investigador no tiene por qué pagar de su bolsillo. Esto puede sesgar o limitar la investigación.
Cuando los auditores iban a auditar a municipios les pedían que las autoridades locales les firmaran y sellaran que estuvieron ahí. Es increíble la situación en la que los colocan ante el ente que revisan, pues en ese momento está sometido y pierde su autoridad; significa que sus superiores desconfían. Es necesario cambiar todo un sistema viciado.
Inhibir y perseguir la corrupción necesita instituciones fortalecidas con personal competente, capaz de investigar y sancionar, con profesionales especializados que aseguren los mejores perfiles. Necesita un comportamiento congruente intelectual, moral y profesionalmente.
Afortunadamente, el periodismo de investigación nos ha dado a conocer casos relevantes de corrupción, aunque no pase nada más allá de una indignación momentánea. Fenómeno irracional.
El Estado podría hacer mucho con todo el aparato institucional, pero no creo que lo veamos en al menos una década. Hasta hoy, las instituciones vinculadas al Sistema Nacional Anticorrupción no mantienen estrategia alguna coordinada e integral para investigaciones por corrupción. No quieren hacerlo, por lo tanto, resultan ineficaces. Así las cosas, en México no se realizan investigaciones exhaustivas. La burocracia agobia y asfixia a las fiscalías.
En los estados el desasosiego es mayor. Los titulares de los OIC, nombrados por un gobernador al que nunca investigarán, al igual que las Entidades de Fiscalización Superior (EFS), mantienen un perfil bajo, incapaces de intentar revisar al gobierno para evitar cualquier represalia. En este sentido es posible que piensen que hacen su trabajo cuando se lo ordena un superior y le obedecen. El entramado de los nombramientos y las remociones está diseñado para manipular nombramientos y muchos se esconden bajo una inmoralidad absoluta para fortalecer a un grupo y justificar su deshonestidad. No tenemos remedio.
índice
Prólogo
El sistema de la corrupción
El espíritu de la corrupción
La jauría
La casa sucia
La historia de corrupción
El imperio de la corrupción