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[…] Podemos ahora retornar a nuestro problema inicial: la materialidad institucional del Estado como aparato «especial» no puede ser reducida a su papel en la dominación política. Debe ser buscada, ante todo, en la relación del Estado con las relaciones de producción y la división social del trabajo implicada por aquéllas. Pero esta relación no es de un orden epistemológico diferente de la relación del Estado con las clases sociales y la lucha de clases. Vincular al Estado con las relaciones de producción y la división social del trabajo no es más que el primer momento, aunque diferenciado, de un mismo paso: el de vincular al Estado con el conjunto del campo de luchas. Esto es lo que intentaré mostrar aquí, más particularmente en lo relativo al Estado capitalista […]

ADVERTENCIAS
La urgencia que se encuentra en el origen de este texto concierne, ante todo, a la situación política en Europa: si la cuestión de un socialismo democrático está lejos de hallarse a la orden del día en todas partes, se plantea, no obstante, en varios países europeos. Dicha urgencia concierne, igualmente, a la emergencia de un nuevo fenómeno —el estatismo autoritario—, que marca, poco o mucho, al conjunto de los países llamados desarrollados. Remite, en fin, a la discusión que se desarrolla en la actualidad, tanto en Francia como en otros lugares, sobre el Estado y el poder.

Los trabajos sobre este tema se presentan en forma que se dice teórica o, al contrario, en forma de intervención política en una coyuntura precisa. Como es sabido se trata de una vieja costumbre. Yo he intentado desprenderme de ella: los problemas actuales son lo suficientemente importantes y nuevos como para ser tratados a fondo. Y de otro lado, hoy menos que nunca, la teoría no puede complacerse en su torre de marfil.

Pero el intento de escapar a esa confortable costumbre tiene sus inconvenientes, que por mi parte no siempre he podido, o sabido, evitar. Se resumen en la tendencia a pecar por exceso, al mismo tiempo que por defecto, en uno u otro sentido. Ante todo, en el sentido teórico: no he podido, evidentemente, tratar todos los problemas que se plantean en ese terreno, y tampoco he podido ir al fondo en todos los tratados. Por consiguiente este texto no tiene un ordenamiento sistemático. Sus partes se encadenan y remiten entre sí, pretendiendo, más que nada, esclarecer tales o cuales aspectos de las diferentes cuestiones.

Luego, en el sentido político: no he podido abordar ninguna coyuntura política concreta, ni siquiera la de Francia, en sus detalles y particularidades.

El estatuto del presente texto explica, en todo caso, el escaso espacio que ocupan las referencias bibliográficas. Dada la inmensidad de la literatura existente sobre estos temas, y mi propósito de evitar la pesadez académica, he optado deliberadamente por limitar esas referencias al estricto mínimo: por lo general, a los casos en que cito expresamente a un autor y a las investigaciones llevadas a cabo en Francia.

Ello vale igualmente para las llamadas obras clásicas del marxismo. Todas las referencias figuran en mis libros anteriores. Pero en este último caso no son ésas las únicas razones de mi opción. También hay otra: no puede haber marxismo ortodoxo. Nadie puede considerarse guardián de dogmas y textos sagrados: no he intentado cubrirme con esos textos. Lo cual explica también que use, en este libro, el pronombre personal y que haga referencia a mis propias obras. No porque pretenda hablar en nombre de un pretendido marxismo auténtico, sino por razones exactamente opuestas: porque asumo la responsabilidad de lo que escribo y hablo en mi propio nombre.

 

INTRODUCCION
1.
SOBRE LA TEORIA DEL ESTADO
I
¿Quién escapa hoy al Estado y al poder? ¿Y quién no habla de ellos? Algo tiene que ver, seguramente, con este fenómeno, la actual situación política, no sólo en Francia sino en toda Europa.

Pero no basta con hablar. Hay que intentar comprender, conocer y explicar. Y para intentarlo no hay que vacilar en coger los problemas por su raíz, sin andarse con rodeos. Conviene, también, proporcionarse los medios y no ceder a las facilidades de un lenguaje analógico y metafórico, actualmente de moda, por grande que sea la tentación: mis primeras consideraciones serán, sin duda, bastante áridas. Pero desgraciadamente no puedo permitirme, a diferencia de Alphonse Allais, renunciar a este capítulo para pasar más rápidamente a los otros, tan excitantes.

Toda la teoría política de este siglo plantea siempre en el fondo, abiertamente o no, la misma cuestión: ¿cuál es la relación entre el Estado, el poder y las clases sociales? Subrayo, en este siglo, porque no siempre fue así, al menos bajo tal forma. Ha sido necesario que el marxismo se abriera paso. Desde Max Weber toda teoría política dialoga con el marxismo o la emprende con él. ¿A quién se le ocurriría, en todo caso, negar la relación entre el poder y las clases dominantes? Pero si toda la teoría política plantea la misma cuestión, también da siempre, en su gran mayoría y a través de innumerables variantes, la misma respuesta: habría, primero, un Estado, un poder —que se intenta explicar de múltiples maneras—, con el cual las clases dominantes establecerían, a continuación, tales o cuales relaciones de proximidad o de alianza. Se da una explicación más o menos sutil de estas relaciones, evocando grupos de presión que actúan sobre el Estado o estrategias flexibles y sinuosas que se propagarían en el entramado del poder y se moldearían en sus dispositivos. Esta representación se reduce siempre a lo siguiente: el Estado, el poder, estarían constituidos por un núcleo primero, impenetrable, y un «resto» al que las clases dominantes, venidas de otra parte, podrían afectar o en el que podrían introducirse. En el fondo es captar el Estado a través de la imagen de Jano o, mejor aún, a través de la que ya obsesionaba a Maquiavelo, actualizada: el Poder-Centauro, medio hombre medio bestia. Lo que cambia de un autor a otro es la faz situada del lado de las clases: en unos es la faz hombre, en otros la faz bestia.

Pero veamos: si fuera así, ¿cómo explicar lo que —a menos de estar ciegos— comprobamos cotidianamente no ya como filósofos sino como simples ciudadanos? Es evidente que nos encontramos cada vez más encuadrados en las prácticas de un Estado que, en sus menores detalles, manifiestan su relación con intereses particulares y, por consiguiente, muy precisos.

Un cierto marxismo, siempre ligado a una cierta tradición política, pretende darnos la respuesta: el Estado se reduciría a la dominación política, en el sentido de que cada clase dominante confeccionaría su propio Estado, a su medida y conveniencia, manipulándolo así a voluntad, según sus intereses. Todo Estado no sería, en ese sentido, más que una dictadura de clase. Concepción puramente instrumental del Estado, que reduce —empleemos ya los términos— el aparato del Estado al poder del Estado.

Esa concepción pierde así de vista lo esencial. No se trata de que el Estado no tenga una «naturaleza de clase»: pero, precisamente, el problema de toda teoría política del Estado es el que se plantea también ante los padres fundadores del marxismo, aunque no lo hayan abordado con la misma óptica. También a ellos les ocupa este problema. Más aún: les obsesiona. El Estado, insisten, es un aparato especial; posee una armazón material propia, no reducible a las relaciones (tales o cuales) de dominación política. Lo cual puede ser formulado respecto al Estado capitalista de la siguiente manera: ¿por qué la burguesía ha recurrido generalmente, para los fines de su dominación, a este Estado nacional-popular, a este Estado representativo moderno con sus instituciones propias, y no a otro? Porque no es evidente, ni mucho menos, que si la burguesía hubiese podido producir el Estado de arriba abajo y a su conveniencia, habría escogido este Estado. Si este Estado le ha procurado, y sigue procurándole, mucho provecho, la burguesía está lejos de felicitarse siempre, tanto hoy como en el pasado.

Cuestión candente, porque concierne del mismo modo al estatismo actual, cuando las actividades del Estado se extienden —demasiado lo sabemos— a todos los dominios de la vida cotidiana. También aquí la respuesta del mencionado marxismo es inapelable: el conjunto de dichas actividades sería la emanación de la voluntad de la clase dominante o de la voluntad de los políticos a sueldo y bajo la férula de esa clase. Sin embargo existe, es evidente, una serie de funciones del Estado —por ejemplo, la seguridad social— que no se reducen en modo alguno a la dominación política.

Por poco que uno intente salir de la imagenería de un Estado simple producto o apéndice de la clase dominante, se encuentra inmediatamente enfrentado con otro riesgo: otro, pero siempre el mismo, el de la respuesta tradicional de la teoría política. Y otro marxismo, más actual en este caso, no siempre lo evita: evocar la doble naturaleza del Estado. Habría, por una parte (de nuevo, la gran división) un núcleo del Estado que estaría, en cierto modo, al margen de las clases y de sus luchas. Verdad es que no se da la misma explicación de este núcleo que en las otras teorías del Estado y del poder: se hace referencia, muy particularmente, a las fuerzas productivas, reduciendo a éstas las relaciones de producción. Se trata de la famosa estructura económica en la que estarían ausentes las clases y sus luchas. Esa estructura daría lugar a un primer Estado, muy exactamente al «especial», y a medidas puramente técnicas o, según un término más noble, puramente sociales del Estado. Después —es decir, por otra parte— estaría la otra naturaleza del Estado, en relación, esta vez, con las clases y sus luchas. Un segundo Estado, un super-Estado o un Estado en el Estado, de hecho un Estado que se añadiría al primero por detrás, injertado en él, que sería el Estado de clase: si se trata de él, el de la burguesía y su dominación política. Este segundo Estado vendría a pervertir, viciar, contaminar o desviar las funciones del primero. Estaba hablando aquí de un cierto marxismo, pero la cosa va mucho más lejos: aludo al tecnocratismo de izquierda, que actualmente hace estragos, incluso —y sobre todo— cuando no se refiere a las fuerzas productivas sino, de manera más prosaica, a la complejización intrínseca de las tareas técnico-económicas del Estado en las llamadas sociedades «posindustriales», las cuales hacen que..., etc.

Esta respuesta no difiere mucho de aquélla, secular, de la teoría política tradicional o adaptada a la moda del día: un Estado-poder aparte, que sería después utilizado de esta o la otra manera por las clases dominantes. Llamemos a las cosas por su nombre: no debería hablarse de una naturaleza de clase, sino de una utilización de clase del Estado. Recordaba yo el término de doble naturaleza del Estado, pero este término no recubre la realidad de esos análisis: la verdadera naturaleza del Estado es el primer Estado; el otro es una costumbre. Como para la teoría política secular, la del Estado medio hombre medio bestia: también para ella el verdadero Estado-poder no es la mitad que da al patio (del lado de las clases), sino la otra, la que da al jardín.

No esquematizo más que para sugerir lo siguiente: si toda la teoría política, todas las teorías del socialismo, incluido el marxismo, giran siempre alrededor de la misma cuestión, es que hay ahí un problema real. No es, ni mucho menos, el único en ese terreno, pero es el principal, y concierne también —la cosa se adivina— a la cuestión de la transformación del Estado en una transición al socialismo democrático. Sea como sea, sólo hay un camino que lleve, en este terreno, a alguna parte; sólo una respuesta que permita salir del círculo. Esta puede enunciarse de manera simple: el Estado presenta, desde luego, una armazón material propia, que no puede reducirse, en asoluto, a la sola dominación política. El aparato del Estado es algo especial, y por tanto temible, que no se agota en el poder del Estado. Pero la dominación política está, a su vez, inscrita en la materialidad institucional del Estado. Si el Estado no es producido de arriba abajo por las clases dominantes, tampoco es simplemente acaparado por ellas: el poder del Estado (el de la burguesía en el caso del Estado capitalista) está trazado en esa materialidad. No todas las acciones del Estado se reducen a la dominación política, pero todas están constitutivamente marcadas por esa dominación.

Esto es lo que hace falta demostrar. Intentarlo no será, me atrevo a decir, cosa sencilla. Las cuestiones sencillas son también las más complejas cuando son verdaderas. Para no perderse en los dédalos y laberintos hay que retener el hilo: el fundamento de la armazón material del Estado y del poder hay que buscarlo en las relaciones de producción y en la división social del trabajo, pero no en el sentido en que se las entiende habitualmente, no en el sentido en que han acabado por entenderse. No se trata de una estructura económica de la que estarían ausentes las clases, los poderes y las luchas. Poner en relación el Estado con las clases y las luchas es ya la investigación de ese fundamento, aunque sólo sea un primer jalón. Por tratarse del fundamento me dedicaré a su examen para entrar en el debate actual, bastante más amplio, en torno al Estado y el poder.

II
En consecuencia debemos comenzar por una breve evocación de algunos análisis hechos por mí en textos precedentes.

La conexión del Estado con las relaciones de producción plantea ya la cuestión de la relación del Estado y de la «base económica». ¿Qué se entiende, precisamente, por el término «base económica»? De ello depende, sin duda, la posición que se adopte sobre la relación del Estado y las relaciones de producción y, por consiguiente, del Estado y la lucha de clases.

Es más necesario que nunca seguir desmarcándose de una concepción economicista-formalista que considera la economía como compuesta de elementos invariantes a través de los diversos modos de producción, de naturaleza y esencia cuasi aristotélica, autorreproducible y autorregulada por una especie de combinación interna. Como es sabido, fue una tentación permanente en la historia del marxismo, y aún tiene actualidad. Esta concepción oculta el papel de las luchas alojadas en el corazón mismo de las relaciones de producción y de explotación, mediante lo cual se emparenta de nuevo con el economicismo tradicional. El espacio o campo de lo económico (y, de rebote, el espacio de lo político-estatal) lo considera como inmutable, dotado de límites intrínsecos, trazados de una vez para siempre, por su pretendida autorreproducción a través de todos los modos de producción. En el plano de las relaciones entre el Estado y la economía, esta concepción —-al fin y al cabo bastante antigua— puede dar lugar a dos interpretaciones erróneas, cuyas consecuencias, por lo demás, se presentan muy frecuentemente de modo combinado:

Puede avalar un viejo equívoco, basado en la representación topológica de la «base» y la «superestructura», y concebir así el Estado como un simple apéndice-reflejo de lo económico: el Estado no poseería espacio propio y sería reducidle  a la economía. La relación entre Estado y economía se limitaría, en el mejor de los casos, a la famosa «acción recíproca» del Estado sobre una base económica considerada, en lo esencial, como autosuficiente. Se trataría de la concepción economicista-mecanicista tradicional del Estado, cuyas implicaciones y consecuencias son ahora suficientemente conocidas como para detenerme en ellas. Pero puede dar lugar, igualmente, a otro equívoco. Aquél en que el conjunto social es concebido bajo forma de instancias o niveles autónomos por naturaleza o esencia. La economía es captada mediante una serie de elementos invariantes, en un espacio intrínseco, a través de los diversos modos de producción (esclavismo, feudalismo, capitalismo). Y por analogía se aplica la misma concepción a las instancias superestructurales (Estado, ideología). La combinación a posteriori de esas instancias, por naturaleza autónomas, será lo que produzca los diversos modos de producción. La esencia de dichas instancias es previa al establecimiento de la relación entre las mismas dentro de un modo de producción.

En lugar de captar las instancias superestructurales como apéndices-reflejos de la economía, la segunda concepción que acabamos de exponer —basada siempre en la representación de un espacio económico autorreproducible en sí— corre el riesgo de sustantivar esas instancias y de dotarlas de una autonomía invariante, a través de los diversos modos de producción, respecto a la base económica. La autonomía por naturaleza de las instancias superestructurales (Estado, ideología) servirá de legitimación a la autonomía, la autosuficiencia y la autorreproducción de la economía. Es visible la connivencia teórica de las dos concepciones. Ambas conciben las relaciones entre el Estado y lo económico como relaciones de exterioridad por principio, cualesquiera que sean las figuras empleadas para designarlas.

Por tanto, la imagen constructivista de la «base» y de la «superestructura» —de uso puramente descriptivo, que permite visualizar de alguna manera el papel determinante de lo económico— no sólo no puede convenir a una representación correcta de la articulación de la realidad social y, por consiguiente, de ese papel determinante, sino que a la larga se ha revelado desastrosa en más de un aspecto. Es indudable que desconfiar de esa imagen sólo puede reportar ventajas: en lo que a mí respecta, hace tiempo que no la empleo en el análisis del Estado.

Estas concepciones tienen igualmente repercusiones en lo concerniente a la disección y la construcción de objetos susceptibles de tratamiento teórico. Tienen en común el admitir como posible y legítima una teoría general de la economía en cuanto objeto epistemológicamente aislable, que sería la teoría del funcionamiento transhistórico del espacio económico. Las diferenciaciones del objeto-economía en los diversos modos de producción expresarían simplemente metamorfosis internas de un espacio económico autorregulado, con límites inalterables; metamorfosis y transformaciones, cuyo secreto sería revelado por la teoría general de la economía (la «ciencia económica»). Si las dos concepciones divergen a nivel del estudio de las llamadas superestructuras, llegando a resultados opuestos, tan falsos son los unos como los otros. Para la primera, todo tratamiento específico de los espacios superestructurales, como objeto propio, es inadmisible, dado que la teoría general de la economía proporciona las claves de la explicación de las superestructuras-reflejos mecánicos de la base económica. En cambio, para la segunda, la teoría general de la economía debería ir acompañada, por analogía, de una teoría general de todo dominio superestructural, en este caso de la política-Estado. Tal teoría general del Estado debería, también, tener como objeto específico y aislable el Estado a través de los diversos modos de producción: al Estado se le considera también, en cuanto objeto epistemológico, dotado de límites inalterables, límites que le serían asignados por exclusión fuera de los límites a-temporales de la economía. Las fronteras intrínsecas del objeto- economía, realidad autorreproducible desde dentro, por sus leyes internas, conduce a las fronteras intrínsecas, exteriores, del Estado; espacio inmutable por envolver desde fuera al espacio, él mismo inmutable, de la economía.

 

Concepciones falsas. ¿Cuál es la realidad?
1. El espacio y el lugar de la economía, el de las relaciones de producción, de. explotación y de extracción del plustrabajo (espacio de reproducción y de acumulación del capital y de extracción de la plusvalía en el modo de producción capitalista), no ha constituido nunca, ni en los otros modos de producción (precapitalistas), ni en el capitalismo, un nivel hermético y cerrado, autorreproducible y en posesión de sus propias «leyes» de funcionamiento interno. Lo político-estatal (y lo mismo sucede en el caso de la ideología) estuvo siempre, aunque bajo formas diversas, constitutivamente presente en las relaciones de producción y, por consiguiente, en su reproducción. Incluso, dicho sea de paso, en el estadio premonopolista del capitalismo, pese a una serie de ilusiones relativas al Estado liberal, considerado como no comprometido en la economía, salvo para crear y mantener la «infraestructura material» de la producción. Cierto es que el lugar del Estado en relación con la economía no sólo se modifica en el curso de los diversos modos de producción, sino también según los estadios y las fases del propio capitalismo. Pero estas modificaciones no pueden, en modo alguno y en ningún caso, inscribirse en una figura topológica de exterioridad, en la que él Estado, instancia siempre exterior a la economía, unas veces intervendría en las relaciones mismas de producción y penetraría, en este caso, en el espacio económico, y otras se mantendría en el exterior y no actuaría más que en su periferia. El lugar del Estado respecto a la economía no es siempre más que la modalidad de una presencia constitutiva del Estado en el seno mismo de las relaciones dé producción y de su reproducción.
2. Lo cual equivale a decir que los conceptos de economía y de Estado no pueden tener la misma extensión, ni el mismo campo, ni el mismo sentido, en los diversos modos de producción. Estos últimos, lo mismo que no pueden ser captados, ni siquiera a un nivel abstracto, como formas puramente económicas —resultantes de una combinatoria, cada vez diferenciada, de elementos económicos, invariantes en sí mismos, moviéndose en un espacio cerrado con límites intrínsecos— tampoco constituyen combinatorias entre esos elementos y elementos invariantes de otras instancias —del Estado— concebidos, a su vez, como sustancias inmutables. En suma: un modo de producción no es el producto de la combinación entre diversas instancias que no obstante poseen, cada una de ellas, una estructura intangible, previa al establecimiento de la relación entre ellas. Es el modo de producción —unidad de conjunto de determinaciones económicas, políticas e ideológicas— quien asigna a estos espacios sus fronteras, delimita su campo, define sus respectivos elementos: el establecimiento de su relación y su articulación es lo que los constituye, en primer lugar. Lo cual se realiza, en cada modo de producción, mediante el papel determinante de las relaciones de producción. Pero esta determinación nunca existe más que dentro de la unidad de un modo de producción.
3. En los modos de producción precapitalistas los productores directos estaban separados del objeto del trabajo y de los medios de producción en la relación de propiedad económica, En cambio no estaban separados en la segunda relación constitutiva de las relaciones de producción: la relación de posesión. Los productores directos (campesinos y siervos en el feudalismo, por ejemplo) estaban «vinculados» a esos objetos y medios, conservaban un dominio relativo del proceso de trabajo, y podían practicar estos procesos sin la intervención directa del propietario. Ello tenía como efecto, precisamente, lo que Marx llama «imbricación» estrecha o «interpenetración» del Estado y de la economía. El ejercicio de la violencia legítima está orgánicamente implicado en las relaciones de producción, a fin de que el plustrabajo sea arrebatado a los productores directos que están en posesión del objeto y de los medios de trabajo. En virtud de estas relaciones precisas entre el Estado y la economía, la configuración, la extensión y el sentido de los mismos son completamente diferentes que en el capitalismo.

En el capitalismo los productores directos están totalmente desposeídos del objeto y de los medios de su trabajo; no solamente están separados en la relación de propiedad económica sino también en la relación de posesión. Se asiste a la emergencia de la figura de «trabajadores libres», que sólo poseen su fuerza de trabajo y no pueden poner en marcha el proceso de trabajo sin la intervención del propietario, representada jurídicamente por el contrato de compra-venta de la fuerza de trabajo. Esta estructura precisa de las relaciones de producción capitalistas es la que hace de la misma fuerza de trabajo una mercancía y la que transforma el plustrabajo en plusvalía. Dicha estructura da lugar, igualmente, en cuanto a las relaciones entre el Estado y la economía, a una separación relativa del Estado y del espacio económico (acumulación del capital y producción de plusvalía), separación que está en la base de la armazón institucional característica del Estado capitalista porque delimita los nuevos espacios y campos respectivos del Estado y de la economía. Tenemos, pues, la separación del Estado y del espacio de reproducción del capital, específica del capitalismo: no debe ser percibida como el efecto particular de instancias autónomas por esencia, compuestas de elementos invariantes cualquiera que sea el modo de producción, sino como una característica propia del capitalismo, en la medida en que este último configura nuevos espacios del Estado y de la economía, transformando sus elementos mismos.

Tal separación no debe hacernos creer que existe una exterioridad real entre el Estado y la economía, como si el Estado no interviniese en la economía más que desde fuera. No es —esta separación— más que la forma precisa revestida bajo el capitalismo por la presencia constitutiva de lo político en las relaciones de producción y, por lo mismo, en su reproducción. Esta separación del Estado y de la economía y esta presencia-acción del Estado en la economía constituyen una sola y permanente figura de las relaciones entre Estado y economía en el capitalismo, y recorren, aunque transformadas, toda la historia del capitalismo, el conjunto de sus estadios y fases: pertenecen al núcleo sólido de las relaciones de producción capitalistas. Así como en el estadio premonopolista el Estado no era realmente exterior al espacio de reproducción del capital, el papel del Estado en el capitalismo monopolista, concretamente en su fase actual, no implica —inversamente— una abolición de la separación entre Estado y economía. El análisis corriente (que supone lo contrario) es inexacto, a la vez, en cuanto a las relaciones del Estado y la economía en el estadio premonopolista (llamado competitivo o liberal) del capitalismo, y en cuanto a las relaciones del Estado y la economía en el estadio y fase actuales. Las modificaciones sustanciales de esas relaciones a través de la historia del capitalismo, debidas a las modificaciones de sus relaciones de producción, sólo son «formas transformadas» de esa separación y de la presencia-acción del Estado en las relaciones de producción.

Ahora bien, en la medida, precisamente, en que el espacio, el campo y, por consiguiente, los conceptos respectivos de lo político-estatal y de lo económico (relaciones de producción) se presentan de manera diferente en los diversos modos de producción, se deduce —contra todo teoricismo formalista— que no puede existir una teoría general de la economía (en el sentido de una «ciencia económica») con un objeto teórico invariante a través de los diversos modos dé producción, de la misma manera que no puede existir una «teoría general» de lo político-estatal (en el sentido de la «ciencia», o de la «sociología», política) con un objeto teórico invariante a través de esos modos. Lo cual habría sido legítimo si el Estado constituyera una instancia autónoma por naturaleza o esencia, con fronteras inalterables, y si esta instancia contuviera en sí misma las leyes de su propia reproducción histórica. Entiendo aquí el término de teoría general en el sentido fuerte: el de un corpus teórico sistemático que a partir de proposiciones generales y necesarias pueda, a la vez, explicar los tipos de Estado en los diversos modos de producción como expresiones singulares de un mismo objeto teórico, y exponer las leyes de transformación que caracterizarían las metamorfosis de ese objeto, en su propio espacio, de un modo de producción a otro; es decir, el paso-transición de un Estado a otro. En cambio, resulta perfectamente legítima una teoría del Estado capitalista, que construya un objeto y un concepto específicos: ello se hace posible por la separación entre el espacio del Estado y la economía bajo el capitalismo. Lo mismo sucede en cuanto a la legitimidad de una teoría de la economía capitalista, que se hace posible por la separación entre las relaciones de producción-proceso de trabajo y el Estado.

Se puede, ciertamente, avanzar proposiciones teóricas generales concernientes al Estado, Pero tienen el mismo estatuto que las de Marx concernientes a «la producción en general». Es decir, no podrían aspirar al estatuto de teoría general del Estado. Es importante señalarlo dado el prodigioso dogmatismo inherente a la presentación, bajo la rúbrica de «teoría marxista-leninista del Estado», de las proposiciones generales de los clásicos del marxismo sobre el Estado. Y esto sigue ocurriendo hoy día. Se ha podido constatar, durante el reciente debate sobre la dictadura del proletariado en el seno del PCF, entre algunos partidarios del «mantenimiento» de esta noción. Concretamente E. Balibar, en su libro Sobre la dictadura del proletariado.

Es cierto que no se encuentra en los clásicos del marxismo una teoría general del Estado, pero no, simplemente, porque no hayan podido o sabido, por tales o cuales razones, desarrollar con plenitud una teoría semejante, sino porque no puede haber una teoría general del Estado. Cuestión de tremenda actualidad, como lo muestra, en particular, el debate sobre el Estado en el seno de la izquierda italiana. Últimamente N. Bobbio, en dos sonados artículos, ha insistido de nuevo sobre el hecho de que el marxismo no dispone de una teoría general del Estado. Numerosos marxistas italianos se han considerado obligados a responder que tal teoría existe en «germen» en los clásicos del marxismo y la cuestión es desarrollarla. Piensan, por lo tanto, que es legítima [1]. Pero incluso si las razones dadas por Bobbio no son las correctas, el hecho no deja de ser exacto: no hay teoría general del Estado porque no puede haberla. En este punto concreto hay que hacer frente con firmeza a todas las críticas, de buena o mala fe, que reprochan al marxismo sus pretendidas carencias al nivel de una teoría general de la política y del poder. Uno de los méritos, justamente, del marxismo, es haber dado de lado —en éste como en otros casos— a las grandes ojeadas metafísicas de la llamada filosofía política, a las vagas y brumosas teorizaciones generales y abstractas que pretenden revelar los grandes secretos de la Historia, de la Política, del Estado y del Poder. Conviene señalarlo, hoy más que nunca, cuando frente a las urgencias políticas en Europa, y muy particularmente en Francia, asistimos una vez más a este escamoteo, muy típico del resurgir de las grandes sistematizaciones, de las Filosofías Primeras y Últimas del Poder, que, por lo general, se limitan a rumiar los términos manoseados de la metafísica espiritualista más tradicional. Y lo hacen infestando alegremente el mercado del concepto con las grandes Nociones terroristas y mistificadoras de Déspota, Príncipe, Amo y otras de la misma índole: de Deleuze a los «nuevos filósofos», tendríamos una larga lista. [2] El Congreso filosófico se divierte hoy en Francia, pero al fin y al cabo todo esto no es muy divertido. Los problemas reales son suficientemente graves y complejos como para que puedan resolverse mediante generalizaciones ultrasimplificadoras y grandilocuentes, que nunca han logrado explicar lo más mínimo.

No se trata de negar que haya carencias del marxismo en los análisis sobre el Estado y el poder, pero esas carencias no están allí donde se las busca. Lo que ha costado muy caro a las masas populares en todo el mundo no ha sido la ausencia, en el marxismo, de una teoría general del Estado y del Poder, sino el dogmatismo escatológico y profético que nos ha servido durante mucho tiempo un sistema teórico de ese género bajo la forma de «teoría marxista-leninista» del Estado. Las carencias reales, y por consiguiente importantes, del marxismo a este respecto conciernen a los dominios mismos en que la teorización es legítima. En Poder político y clases sociales [3] y en mis textos posteriores he mostrado que esas carencias, cuyas razones he intentado explicar, conciernen, a la vez, a las proposiciones teóricas generales y a la teoría del Estado capitalista. Uno de sus efectos actuales es la ausencia de un análisis suficientemente desarrollado y satisfactorio de los regímenes y del Estado en los países del Este.

Así, más que profundizar y exponer primero, en este texto, las proposiciones generales sobre el Estado, para llegar luego al Estado capitalista, lo iré haciendo en el curso de un análisis del Estado capitalista cuya teoría sí es posible y legítima. No porque el capitalismo constituya la expansión progresiva y lineal de los «gérmenes» contenidos en los modos de producción precapitalistas —en el sentido de que el hombre explicaría el mono—, como ha creído durante mucho tiempo y de modo simplista un historicismo hegeliano-marxista. El Estado capitalista no permite plantear, a partir de él, proposiciones generales sobre el Estado, como si aquél constituyera la materialización perfecta de algún Urstaat original, que se abre paso progresivamente en la realidad histórica, concepción que obsesiona aún a no pocos teóricos del poder (muy distinto es el problema de las condiciones históricas —el capitalismo— que hacen posible la formulación de dichas proposiciones generales). La autonomía propia del espacio político bajo el capitalismo, que hace legítima su teoría, no es la realización cabal y perfecta de una autonomía del Estado, por esencia o naturaleza, sino el efecto de una separación, respecto a las relaciones de producción, específica del capitalismo. La teoría del Estado capitalista no puede ser deducida simplemente de proposiciones generales sobre el Estado. Si en este texto presento las dos al mismo tiempo se debe a que esas proposiciones generales pueden ser ilustradas de la manera más apropiada mediante este objeto susceptible de dar lugar a una teoría propia: el Estado capitalista.

En la medida en que no puede existir una teoría general del Estado, conteniendo leyes generales reguladoras de las transformaciones de su objeto a través de los diversos modos de producción, tampoco puede haber una teoría similar concerniente a la transición de un Estado a otro, y en particular al paso del Estado capitalista al Estado socialista. Una teoría del Estado capitalista proporciona elementos importantes relativos al Estado de transición al socialismo, pero esos elementos no sólo no tienen el mismo estatuto que la teoría del Estado capitalista, sino que poseen un estatuto completamente particular en el seno mismo de las proposiciones teóricas generales sobre el Estado. No podrían constituir más que nociones teórica-estratégicas en estado práctico, funcionando, ciertamente, como guías para la acción, pero en el sentido, todo lo más, de paneles indicativos. No hay y no puede haber un «modelo» posible de un Estado de transición al socialismo, ni un modelo universal particularizable según los casos concretos, ni una receta infalible, teóricamente garantizada, de Estado de transición al socialismo, aunque sólo fuera para un país dado. No tienen esa pretensión los análisis que yo haga en el presente texto relativos al Estado de transición en los países de Europa occidental. Hay que convencerse de una vez por todas: como ahora sabemos, no se puede pedir a una teoría, por científica que sea, incluido el marxismo, que sigue siendo una real teoría de la acción, dar más de lo que puede. Hay siempre una distancia estructural entre la teoría y la práctica; entre la teoría y la realidad.

Dos distancias que son la misma. Análogamente a como los filósofos de las Luces no son los «responsables» de los totalitarismos del Oeste, el marxismo no es «responsable» de lo que sucede en el Este, No es responsable no sólo en el sentido trivial, o sea en el de considerar al marxismo del Este como una desviación, lo cual eximiría al marxismo puro: no es responsable, porque hay esa distancia entre la teoría y la realidad que vale para toda teoría, incluido el marxismo. Y que engloba la distancia entre teoría y práctica. Querer reducirla es hacer decir cualquier cosa a cualquier teoría, hacer en nombre de la teoría lo que venga en gana. Porque esa distancia no significa una brecha imposible de colmar, sino todo lo contrario: en esa distancia siempre abierta se precipitan los colmadores al acecho. También lo sabemos ahora: no hay teoría, cualquiera que sea y por liberadora que sea, que baste, en la «pureza» de su discurso, para excluir su empleo eventual con fines de poder totalitario por los calafateadores de la distancia entre teoría y práctica, por los aplicadores de los textos y los reductores de lo real, que pueden invocar siempre esa teoría en su pureza misma. Pero entonces la culpa no es de Marx, ni tampoco de Platón, Jesús, Rousseau o Voltaire. Esta distancia entre teoría y realidad persiste siempre pese a ese taponamiento. Stalin no es «culpa de Marx», como Bonaparte (el primero) no era culpa de Rousseau, ni Franco de Jesús, Hitler de Nietzsche o Mussolini de Sorel, aun cuando sus pensamientos han sido empleados —de cierta manera en su pureza misma— para justificar esos totalitarismos.

Todo esto contradice lo que nos repiten actualmente los «nuevos filósofos». Hasta ahora, que yo sepa, no han encontrado mejor respuesta al problema que repetir tras Karl Popper [4], pero con bastante menos inteligencia y sutileza, que el universo concentracionario se debe a los sistemas teóricos considerados «cerrados», y hasta al aspecto estatista de los maîtres penseurs que desde este ángulo inspiran dichos sistemas. La distancia entre la teoría y la realidad explica, de hecho, lo que sin este elemento sería una paradoja colosal: los totalitarismos se han referido, precisamente, a pensadores que en el contexto de su época fueron sin duda alguna bastante menos estatistas que otros: Jesús, Rousseau, Nietzsche, Sorel y, en fin, Marx, cuya preocupación constante y promordial fue la extinción del Estado.

Insisto en mi planteamiento: no tener en cuenta esa distancia entre la teoría y la realidad, querer reducir a cualquier precio la distancia entre teoría y práctica, es hacer decir al marxismo cualquier cosa. No se puede pedir al marxismo —me refiero ahora al «verdadero» marxismo— la receta infalible, y purificada de desviaciones, de una auténtica transición al socialismo democrático, porque no puede dar semejante respuesta, lo mismo que no ha podido trazar la vía de lo que pasa en el Este.

Lo anterior no significa que no se pueda, en medida decisiva a la luz del marxismo (porque el marxismo no explica todo, no puede explicar todo por sí solo), analizar el Estado en los países llamados del «socialismo real» (URSS, Europa oriental, China), es decir, en los países donde ha sido intentada cierta transición al socialismo que ha conducido a la situación que conocemos. Es evidente que para hacerlo los análisis históricos (del género: «las condiciones concretas de esos países»), o los análisis de la estrategia política allí seguida (a lo que me referiré en la conclusión de este texto), no bastan, aunque sean absolutamente indispensables. ¿Quiere decirse que sería necesario construir una teoría marxista general del Estado, capaz de explicar los aspectos totalitarios del poder en esos países, de manera análoga a las diversas generalizaciones simplificadoras que no son suministradas desde el otro lado, con el aire terrorista que es sabido, por los diversos expertos en gulags? No lo creo, aunque (más aún: porque) ese problema del totalitarismo es terriblemente real. No puede ser captado en toda su complejidad por generalizaciones totalizantes. Y poniendo las cartas boca arriba diré lo siguiente: no se pueden poner los jalones de un análisis que lo sea, a la vez, del totalitarismo moderno y de sus aspectos en los países del Este más que profundizando y desarrollando las proposiciones teóricas generales sobre el Estado, y también —precisamente— la teoría del Estado capitalista en lo concerniente a sus conexiones con las relaciones de producción y con la división social capitalista del trabajo. Dos cosas que intentaré hacer al indicar las raíces del totalitarismo.

Claro está, sólo puede tratarse de poner jalones: el Estado actual en los países del Este es un fenómeno específico y complejo, que en modo alguno podría reducirse al Estado actuante en nuestras sociedades, objeto esencial del presente texto. El Estado en esos países se encuentra muy lejos de ser una simple variante del Estado capitalista. No por ello, sin embargo, me siento menos inclinado a pensar que las raíces y el secreto de ciertos aspectos totalitarios del Estado en los países del Este residen, entre otras cosas (porque el capitalismo no es la fuente de todos los males) [5] pero sin duda de manera fundamental, en lo que yo designaría bajo el término de aspectos capitalistas de ese Estado, en las relaciones de producción y la división social del trabajo subyacentes al mismo. Ese término de aspectos capitalistas lo empleo a propósito y sólo a título indicativo, porque ya se trate de caracteres capitalistas persistentes en un socialismo autoritario particular, de influencias en los países socialistas de un entorno-cerco capitalista, o de que estos países han llegado en una u otra medida a un efectivo capitalismo de Estado bajo nuevas formas, nos encontramos ante un problema particular en el que no voy a entrar: es lo suficientemente importante como para ser tratado en sí mismo, Pero esta posición mía tiene efectos más amplios: algunos de mis análisis, que se refieren no sólo al Estado en general sino también al Estado capitalista en sus conexiones con las relaciones de producción y con la división social del trabajo, conciernen igualmente —bajo reserva siempre de su especificidad— al Estado en los países del Este. Habrá que tenerlo constantemente en cuenta y yo me encargaré de recordarlo cuando sea oportuno.

Para volver al tema del Estado capitalista, añadiré —finalmente— que su teoría no tiene verdadero estatuto científico más que si consigue captar la reproducción y las transformaciones históricas de su objeto allí donde estas reproducciones y transformaciones tienen lugar, en las diversas formaciones sociales, terreno de la lucha de clases: formas del Estado según los estadios y fases del capitalismo (Estado liberal, Estado intervencionista, etc.), distinción de estas formas y de las formas del Estado de excepción (fascismos, dictaduras militares, bonapartismos), formas de régimen en los diversos países concretos. La teoría del Estado capitalista no puede ser aislada de una historia de su constitución y de su reproducción.

No se trata, sin embargo, de recaer en el positivismo y el empirismo, construyendo el objeto teórico del Estado capitalista a la manera de un modelo o tipo ideal, es decir, por inducción-adición comparativa de los rasgos propios de los diversos Estados capitalistas concretos. Lo cual quiere decir, simplemente, que aun manteniendo la distinción entre modo de producción (objeto abstracto-formal en sus determinaciones económicas, ideológicas y políticas) y formaciones sociales concretas (articulaciones, en un momento histórico dado, de varios modos de producción), no hay que considerar estas formaciones sociales como simples apilamientos-concretizaciones espacializados de modos de producción reproducidos en abstracto, ni considerar, por tanto, un Estado concreto como simple realización del Estado del modo de reproducción capitalista. Las formaciones sociales son terrenos efectivos de existencia y reproducción de los modos de producción, y por consiguiente del Estado en sus diversas formas, formas que no pueden ser simplemente deducidas del tipo capitalista de Estado, el cual designa un objeto abstracto-formal. Situar al Estado capitalista en primerísimo lugar con respecto a las relaciones de producción no significa construir a partir de ahí el objeto teórico de ese Estado. Objeto tipo que, a continuación, sería singularizado o concretado de tal o cual manera según la lucha de clases en tal o cual formación social. Una teoría del Estado capitalista no puede ser elaborada más que relacionando este Estado con la historia de las luchas políticas bajo el capitalismo.

 

III
Resumo: si son las relaciones de producción (tales o cuales) las que configuran el campo del Estado, éste tiene sin embargo un papel propio en la constitución misma de esas relaciones. La relación del Estado con las relaciones de producción es una primera relación del Estado con las clases sociales y la lucha de clases. En lo concerniente al Estado capitalista, su separación relativa de las relaciones de producción, instaurada por éstas, es el fundamento de su armazón organizativa y configura ya su relación con las clases sociales y la lucha de clases bajo el capitalismo.

El proceso de producción está fundamentado, en efecto, en la unidad del proceso de trabajo y de las relaciones de producción (consistentes a su vez en una doble relación: la de propiedad económica y la de posesión). Esta unidad se realiza mediante la primacía de las relaciones de producción sobre el proceso de trabajo, a menudo designado como «fuerzas productivas», incluyendo la tecnología y el proceso técnico. Contrariamente al economicismo tradicional que conduce directamente al tecnicismo y no ve, finalmente, en las relaciones de producción más que la simple cristalización- envoltura-reflejo de un proceso tecnológico de las fuerzas productivas como tales (importando así, al seno mismo del proceso de producción, la concepción que tiene de las relaciones entre base y superestructura-reflejo), es la primacía de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas la que confiere a la articulación entre ambas la forma de un proceso de producción y reproducción. Si las fuerzas productivas poseen una materialidad propia que no puede ignorarse, no obstante se organizan siempre bajo unas relaciones de producción dadas (lo cual no excluye, por tanto, ni las contradicciones entre ellas, ni su desarrollo desigual en el seno del proceso que es efecto de esa primacía). No es el paso del molino de viento al molino de vapor lo que explica el paso del feudalismo al capitalismo: toda la obra de Marx lo demuestra pese a las indudables ambigüedades que comporta, debidas a la influencia de la ideología del progreso técnico de la filosofía de las Luces, incluso en los textos de su madurez.

De esa primacía deriva la presencia de las relaciones políticas (e ideológicas) en el seno de las relaciones de producción. Las relaciones de producción y las relaciones que las componen (propiedad económica/posesión) se traducen en forma de poderes de clase: estos poderes están orgánicamente articulados a las relaciones políticas e ideológicas que los consagran y legitiman. Tales relaciones no se sobreañaden simplemente a unas relaciones de producción ya existentes, para actuar sobre ellas mediante una acción recíproca, con una relación de exterioridad esencial, o con un ritmo de a posteriori cronológico. Ellas mismas están presentes, bajo la forma específica de cada modo de producción, en la constitución de las relaciones de producción. Las relaciones políticas (e ideológicas) no se limitan, por tanto, a intervenir simplemente en la reproducción de las relaciones de producción, según una acepción actual y corriente del término de reproducción, en la que la reproducción oculta la constitución de las relaciones de producción, introduciendo por la puerta trasera las relaciones político-ideológicas y manteniendo al mismo tiempo a las relaciones de producción su pureza original de autoengendramiento. Las relaciones político-ideológicas desempeñan un papel esencial en la reproducción de las relaciones de producción, justamente porque están presentes desde el primer momento en la constitución de estas últimas. Y por eso el proceso de producción y de explotación es, al mismo tiempo, proceso de reproducción de las relaciones de dominación/subordinación política e ideológica. De este dato fundamental deriva la presencia, específica para cada modo de producción, del Estado, que concentra, condensa, materializa y encarna las relaciones político-ideológicas en las relaciones de producción y en su reproducción.

De este dato procede, en fin, la primera ubicación del Estado en la constitución y la reproducción de las clases sociales, o sea, en la lucha de clases. Las relaciones de producción, en su vinculación con las relaciones de dominación/subordinación política e ideológica, delimitan espacios objetivos (las clases sociales) que no son, a su vez, más que distinciones en el conjunto de la división social del trabajo (relaciones de producción, que desempeñan el papel dominante; relaciones políticas, relaciones ideológicas). Esto, que' resulta de la primacía de las delaciones de producción sobre las fuerzas productivas, tiene igualmente implicaciones en lo concerniente a los espacios de las clases sociales en el seno mismo de las relaciones de producción. La división social del trabajo, tal como se expresa por la presencia de relaciones políticas e ideológicas en el seno del proceso de producción, es quien tiene la primacía sobre la división técnica del trabajo. Ello no quiere decir que la división técnica del trabajo sea reducible a la división social, sino que nunca existe ni se reproduce sino inmersa en la división social.

Esos espacios de clase, que se traducen en poderes, consisten, ya en el seno de las relaciones de producción, en prácticas y luchas de clases. Las relaciones y la división social del trabajo, lo mismo que no constituyen una estructura económica exterior (previa) a las clases sociales, no pertenecen a un campo exterior al poder y a las luchas. No existen clases sociales previas a su oposición, es decir, a sus luchas. Las clases sociales no existen «en sí» en las relaciones de producción, para entrar en lucha (clases «para sí») sólo después o en otra parte, Situar el Estado en su vinculación con las relaciones de producción es configurar los primeros contornos de su presencia en la lucha de clases.

 

  1. LOS APARATOS IDEOLOGICOS: ¿EL ESTADO = REPRESION + IDEOLOGIA?
    Si el Estado tiene un papel constitutivo en las relaciones de producción y en la delimitación-reproducción de las clases sociales, es porque no se limita al ejercicio de la represión física organizada. El Estado tiene igualmente un papel propio en la organización de las relaciones ideológicas y de la ideología dominante. En esto me detendré por el momento: el papel eminentemente positivo del Estado no se limita tampoco al binomio represión + ideología.

La ideología no consiste solamente, o simplemente, en un sistema de ideas o de representaciones: concierne también a una serie de prácticas materiales, que se extienden a los hábitos, las costumbres, el modo de vida de los agentes, y se moldea así, como materia vinculante, en el conjunto de las prácticas sociales, incluidas las prácticas políticas y económicas. Las relaciones ideológicas son, a su vez, esenciales en la constitución de las relaciones de propiedad económica y de posesión, en la división social del trabajo dentro mismo de las relaciones de producción. El Estado no puede consagrar y reproducir la dominación política exclusivamente por medio de la represión, de la fuerza o de la violencia «desnuda». Ha de recurrir a la ideología, que legitima la violencia y contribuye a organizar un consenso de ciertas clases y fracciones dominadas respecto al poder político. La ideología no es algo neutro en la sociedad: sólo hay ideología de clase. La ideología dominante, en particular, consiste en un poder esencial de la clase dominante.

Así, la ideología dominante se encama en los aparatos del Estado que desempeñan el papel de elaborar, inculcar y reproducir esa ideología, lo cual tiene su importancia en la constitución y reproducción de la división social del trabajo, de las clases sociales y de la dominación de clase. Este es, por excelencia, el papel de ciertos aparatos que pertenecen a la esfera del Estado y han sido designados como aparatos ideológicos del Estado, lo mismo si pertenecen al Estado que si conservan un carácter jurídico «privado»: la Iglesia (aparato religioso), el aparato escolar, el aparato oficial de información (radio, televisión), el aparato cultural, etc. Y está claro que la ideología dominante interviene en la organización de los aparatos en quienes recae principalmente el ejercicio de la violencia física legítima (ejército, policía, justicia-prisiones, administración).

Sin embargo, la distinción entre aparatos represivos y aparatos ideológicos tiene límites muy netos: antes de abordarla mencionaré el papel represivo del Estado, el cual parece a veces tan natural que casi no se habla de él. Insistir en el papel del Estado en las relaciones ideológicas no debería conducir, como a menudo sucede [6], a subestimar su papel represivo.

Por represión debe entenderse, ante todo, la violencia física organizada, en el sentido más material del término: violencia sobre los cuerpos. Uno de los aspectos esenciales del poder, la condición de su instauración y mantenimiento, es siempre la coerción de los cuerpos, pero también la amenaza sobre los cuerpos, la amenaza mortífera. Cierto, el cuerpo no es una simple naturalidad biológica sino una institución política: las relaciones del Estado-poder con el cuerpo son mucho más complicadas y extensas que las de la represión. Ello no impide que el anclaje del Estado también sea siempre su acción coercitiva sobre los cuerpos por medios físicos, la manipulación y la devoración de los cuerpos. Y esto en un doble aspecto: mediante instituciones que actualizan la coerción corporal y la permanente amenaza de mutilación (prisión, ejército, policía, etc.); y mediante la instauración, por todo el Estado, de un orden corporal, que instituye y administra, a la vez, los cuerpos, conformándolos, moldeándolos y aprisionándolos en instituciones y aparatos. El Estado es coextensible, en su materialidad, de humillar, meter en cintura y consumir el cuerpo de los sujetos; en una palabra, de encarnarse en la corporeidad de los sujetos-objetos de la violencia del Estado. Si bien no puede hablarse de una mortificación corporal por el Estado, que remitiría a la imagen de un cuerpo primero, naturalmente libre, y desviado a continuación por la política —cuando en realidad no hay más cuerpo que el político—, queda en pie, no obstante, que en este orden corporal se trata siempre de amaestrar y regimentar efectivamente los cuerpos, operando mediante dispositivos físicos apropiados. El Estado capitalista presenta aquí particularidades indudables, como veremos al examinar el papel de la ley, en cuya ocasión trataré más a fondo la cuestión de la represión.

Pero la concepción que mantiene la distinción entre aparatos represivos y aparatos ideológicos del Estado requiere reservas de fondo: es una distinción que sólo puede ser aceptada a título puramente descriptivo e indicativo. Si esta concepción, fundada en los análisis de Gramsci, tiene el mérito, a la vez, de ampliar el espacio del Estado a las instituciones ideológicas y de valorizar la presencia del Estado en el seno de las relaciones de producción —a través de su papel en las relaciones ideológicas— ello no impide que de hecho funcione en forma restrictiva. Tal como ha sido sistematizada por L. Althusser[7] esa concepción reposa (como entonces hice notar) sobre el supuesto de un Estado que no actuara, no funcionara, más que por la represión y por la inculcación, ideológica. Supone, en cierta forma, que la eficacia del Estado reside en que prohíbe, excluye, impide, impone; o también en que engaña, miente, oculta, esconde o hace creer: el hecho de que este funcionamiento ideológico resida en prácticas materiales no cambia para nada el análisis restrictivo del papel del Estado según esa concepción. Considera lo económico como instancia autorreproducible y autorregulable, no sirviendo el Estado más que para establecer las reglas negativas del «juego» económico. El poder político no estaría presente en la economía, su único papel sería encuadrarla; no podría intervenir en ella con una positividad propia, puesto que sólo existiría para impedir (mediante la represión o la ideología) intervenciones perturbadoras. Se trata de una vieja imagen juridicista del Estado, propia de la filosofía jurídico-política de los comienzos del Estado burgués, que nunca ha correspondido a su realidad.

Es evidente que con semejante concepción del Estado no es posible comprender nada de su acción específica en la constitución de las relaciones de producción, como la que tiene lugar ya en el caso de la transición del feudalismo al capitalismo y en el estadio competitivo, llamado liberal, del capitalismo. Pero esto es válido, aún más y muy especialmente, para el Estado actual, que interviene en las entrañas mismas de la reproducción del capital. En suma, el Estado actúa también de manera positiva, crea, transforma, produce realidades. Apenas es posible captar las actuales acciones económicas del Estado —salvo que se juegue con las palabras— bajo la modalidad exhaustiva de la represión o de la inculcación ideológica, sin desconocer que estos aspectos existen, indudablemente, en la materialidad de las actuales funciones del Estado.

Hay más: a través del binomio represión-ideología es imposible delimitar las bases mismas del poder en las masas dominadas y oprimidas sin caer en una concepción al mismo tiempo policiaca e idealista del poder. El Estado dominaría a las masas bien por medio del terror policiaco o la represión interiorizada —lo mismo da para el caso—, bien por medio de la impostura o lo imaginario. Impide-prohíbe y/o engaña, porque, aun guardándose de identificar ideología y «falsa conciencia», el término ideología no conserva sentido más que a condición de admitir que los procedimientos ideológicos comportan una estructura de ocultación-inversión. Creer que el Estado sólo actúa de esa manera es simplemente falso: la relación de las masas con el poder y el Estado en lo designado particularmente como consenso, posee siempre un sustrato material. Entre otras razones porque el Estado, procurando siempre la hegemonía de clase, actúa en el campo de un equilibrio inestable de compromiso entre las clases dominantes y las clases dominadas. El Estado asume así, permanentemente, una serie de medidas materiales positivas para las clases populares, incluso si estas medidas constituyen otras tantas concesiones impuestas por la lucha de las clases dominadas. Se trata de un hecho esencial, y no podría darse razón de la materialidad de la relación entre el Estado y las masas populares si se redujera el binomio represión- ideología. Reducción que, dicho sea de paso, es también el fundamento —con el acento puesto sobre el aspecto de consentimiento— de toda una serie de concepciones actuales del poder, en particular de las que se expresan en la discusión sobre el fenómeno fascista. [8] La base de masas del fascismo se intenta explicar por la imagen del Estado-poder según el binomio represión-ideología: las masas habrían «deseado» la represión o habrían sido engañadas por la ideología fascista. Captar el Estado bajo las meras categorías de la represión- prohibición y de la ideología-ocultación conduce forzosamente a subjetivizar las razones del consentimiento (por qué se dice sí a la prohibición) y a situarlas ya sea en la ideología (el fascismo ha engañado a las masas), ya sea en el deseo de represión o en el amor al Amo. Siendo así que incluso el fascismo se ha visto obligado a emprender una serie de medidas positivas respecto a las masas (reabsorción del paro, mantenimiento y a veces mejora del poder adquisitivo real de ciertas categorías populares, legislación llamada social), lo que no excluye, muy al contrario, el acrecentamiento de su explotación (mediante la plusvalía relativa). Por tanto, que el aspecto ideológico de engaño esté siempre presente en este aspecto, no impide que el Estado actúe también a través de la producción del sustrato material del consenso de las masas con respecto al poder. Sustrato que, aunque difiere de su presentación ideológica en el discurso del Estado, no es reducible a la simple propaganda.

No son, ciertamente, los únicos casos de eficacia positiva del Estado. Pero estos ejemplos deberían ser suficientes, por el momento, para mostrar que su acción rebasa con mucho la represión o la ideología.

Un equívoco persistente está ligado, por otra parte, a la representación del Estado reducida al binomio represión- ideología: el confundir la reproducción de la ideología dominante con la simple ocultación o disimulación de los propósitos y objetivos del Estado, el cual no produciría más que un discurso unificador y permanentemente mistificador, y no avanzaría así más que envuelto en el secreto y siempre enmascarado.

Lo cual es falso en varios aspectos: una de las funciones del Estado —que desborda el mecanismo de inversión-ocultación propio de la ideología— concierne en este caso a su papel organizador específico respecto a las mismas clases dominantes y consiste, también, en decir, formular y declarar abiertamente las tácticas de reproducción de su poder. El Estado no produce un discurso unificado:-produce varios, encarnados diferencialmente en sus diversos aparatos según su destino de clase; varios discursos, dirigidos a diversas clases. O también: produce un discurso segmentado y fragmentado según líneas coincidentes con la estrategia del poder. El discurso, o los segmentos de discurso dirigidos a la clase dominante y a sus fracciones —a veces también a las clases- apoyo— son, sin duda alguna, discursos claros de organización. El Estado y las tácticas que encama nunca se ocultan del todo, no porque se trate de conciliábulos de pasillo que acaban por saberse a pesar del Estado, sino porque a un cierto nivel el lenguaje de la táctica forma parte integrante de las disposiciones del Estado con vistas a organizar las clases dominantes: forma parte del espacio escénico del Estado en su papel de representación de esas clases (como es patente en el caso del famoso discurso de De Gaulle en mayo del 68, que no tenía un ápice de «ideológico»). Hecho paradójico, en apariencia: todo, o casi todo, lo que han hecho realmente la burguesía y su poder ha sido dicho, declarado, catalogado públicamente en alguna parte (antes de tener lugar o mientras sucede) por uno de los discursos del Estado, aunque no siempre haya sido entendido. Hitler no ocultó nunca su propósito de exterminar a los judíos. El Estado, a un cierto nivel, no sólo dice verdad, declama la verdad de su poder, sino que asume igualmente los medios de elaboración y de formulación de las tácticas políticas. Produce saber y técnicas de saber que aunque imbricadas en la ideología, la desbordan con mucho. Las estadísticas «burguesas» y el INSEE, por ejemplo, que constituyen elementos del saber del Estado con fines de estrategia política, no son simple mistificación.

Ciertamente, la palabra del Estado no es la de un cualquiera ni procede de cualquier parte: en ella hay, sin duda, un secreto del poder, un secreto burocrático. Sin embargo, este secreto no equivale a un papel unívoco de silencio, sino —precisamente— al de instauración en el seno del Estado de circuitos tales que favorecen el discurso a partir de algunos de sus emplazamientos. El silencio burocrático no es frecuentemente, respecto a la clase dominante, más que el organizador del discurso. Si el Estado no enuncia siempre su estrategia en el discurso que dirige a la clase dominante, se debe, por lo general, al temor de revelar sus propósitos a las clases dominadas. Porque si bien en el seno del Estado se afirman tácticas determinadas, la estrategia sólo es el resultado de un procedimiento contradictorio de confrontación entre esas diversas tácticas y los circuitos, redes y aparatos que las encarnan, y por consiguiente, con frecuencia no es sabida ni conocida previamente en (y por) el propio Estado; no siempre, por tanto, puede ser formulable discursivamente.

Ello significa que el índice de ideologización del Estado, así como de las prácticas materiales de éste, es fluctuante, variable y diversificado según las clases o fracciones de clase, a las que el Estado se dirige y sobre las cuales actúa. Si la verdad del poder escapa frecuentemente a las masas populares no es porque el Estado la oculte a todo el mundo, porque la enmascare expresamente; se debe a que, por razones infinitamente más complejas, no llegan a entender el discurso del Estado a las clases dominantes.

Finalmente, cuando la acción del Estado sólo es captada a través del binomio ideología-represión ello conduce, en lo concerniente a los aparatos del Estado:

  1. a) A escindir el ejercicio del poder en dos grupos de aparatos; los aparatos represivos y los aparatos ideológicos del Con el inconveniente mayor de reducir la especificidad del aparato económico del Estado al diluirla en los diversos aparatos represivos e ideológicos; de imposibilitar la localización de esa red del Estado en la que se concentra, por excelencia, el poder de la fracción hegemónica de la burguesía; de ocultar, en fin, las modalidades requeridas para la transformación de este aparato económico en el caso de la transición al socialismo, a diferencia de las requeridas para la transformación de los aparatos represivos e ideológicos;
    b) A dividir de manera casi nominalista y esencialista ciertos aparatos en represivos (que actúan principalmente por la represión) e ideológicos (que actúan principalmente por la ideología), lo cual es discutible. Según las formas de Estado y de régimen, y según las fases de reproducción del capitalismo, ciertos aparatos pueden pasar de una esfera a otra, acumular o permutar funciones: un ejemplo característico es el ejército, que en ciertas formas de dictadura militar se convierte directamente en aparato ideológico-organizativo al funcionar principalmente como partido político de la burguesía. No hace falta, por lo demás, señalar el constante papel ideológico de toda una serie de aparatos represivos (justicia, prisión, policía), de tal manera que esa clasificación taxonómica, derivada del criterio, bastante vago, de «principalmente» (principalmente represivos o principalmente ideológicos) parece desvanecerse.

En resumen: la formulación del espacio estatal en términos de aparatos represivos y aparatos ideológicos sólo puede aceptarse a título puramente descriptivo y teniendo en cuenta las reservas que hemos hecho. Tiene el mérito de ampliar la esfera estatal incluyendo una serie de aparatos de hegemonía, a menudo «privados», y de subrayar la acción ideológica del Estado, pero no deja de implicar una concepción del Estado y de su acción que sigue siendo restrictiva.

 

  1. EL ESTADO, LOS PODERES Y LAS LUCHAS
    El Estado desempeña, por tanto, un papel decisivo en las relaciones de producción y en la lucha de clases, estando presente ya en su constitución, así como en su reproducción.

Pero mientras que una de las características de la historia teórica del marxismo, principalmente en el seno de la III Internacional, fue la de haber descuidado la especificidad del espacio político propio del Estado y su papel esencial (considerando la superestructura simple apéndice de la base), las críticas que se hacen actualmente al marxismo se refieren a su pretendido «estatismo». Cuando el marxismo descuidaba al Estado, era economicismo; ahora que habla del Estado, no sería más que estatismo. Son críticas que no apuntan simplemente a la práctica política estaliniana y a la realidad sociopolítica de los regímenes de los países del Este, sino a la misma teoría marxista. Ahora bien, si el Estado desempeña el papel que acabo de indicar, sigue en pie —contrariamente a lo que ahora se lee un poco por todas partes— que para el marxismo el poder no se identifica y no se reduce al Estado.

Si se tiene en cuenta la primacía, en el proceso de producción, de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas, debe considerarse que las relaciones de producción y las relaciones que las conforman (propiedad económica/posesión) se traducen en poderes emanados de los emplazamientos que esas relaciones configuran. Poderes de clase, en este caso, que remiten a la relación fundamental de explotación: la propiedad económica designa, en particular, la capacidad (el poder) de asignar los medios de producción a determinadas utilizaciones y de disponer así de los productos obtenidos; la posesión designa la capacidad (el poder) de utilizar los medios de producción y de dominar el proceso de trabajo. Estos poderes se sitúan, a su vez, en una red de relaciones entre explotadores y explotados, en las oposiciones entre prácticas de clase diferentes, en suma, en una lucha de clases: son poderes inscritos en un sistema de relaciones entre clases. Considerando, precisamente, el proceso económico y las relaciones de producción como red de poderes, es como se puede captar el hecho de que esas relaciones de producción están constitutivamente ligadas a las relaciones políticas e ideológicas que las consagran y legitiman y que están presentes en esas relaciones económicas.

Está claro, por tanto, que:

  1. Las relaciones de poder no están, para el marxismo, —como sostienen, por ejemplo, Foucault o Deleuze— «en posesión de exterioridad respecto a otros tipos de relaciones: procesos económicos...». [9] El proceso económico es lucha de clases y, por tanto, también relaciones de poder (y no sólo de poder económico). Sobreentendiendo que estos poderes son específicos en cuanto que están vinculados a la explotación (cosa que, dicho sea de paso, se encuentra raramente en Foucault o Deleuze). Al remitir, en el caso de las clases, a emplazamientos objetivos anclados en la división del trabajo, y al designar la capacidad de cada una de realizar sus intereses específicos en relación de oposición con la capacidad de las otras clases para realizar los suyos, el poder no puede escapar a las relaciones económicas. Estas relaciones de poder, ancladas en la producción de la plusvalía y en su relación con los poderes político-ideológicos, se materializan, por otra parte, en instituciones-aparatos específicas: las empresas-fábricas-unidades de producción, lugares de extracción de la plusvalía y de ejercicio de esos poderes.
    2. El poder no se reduce en asoluto, o se identifica, al Estado, como también Foucault o Deleuze le atribuyen al marxismo, para el cual «el poder sería poder del Estado, y él mismo se localizaría en un aparato del Estado...» y «sería [9] G. Deleuze, en su artículo sobre Foucault: «Ecrivain non: un nouveau cartographe», en Critique, diciembre de 1975, y M. Foucault, en La volonté de savoir.

identificado al Estado». [10] Las relaciones de poder, como sucede con la división social del trabajo y la lucha de clases, desbordan con mucho al Estado.

Desbordan al Estado, incluso si se abandona una definición jurídica y estrecha del Estado —sorprendentemente presente en Foucault o Deleuze. El conjunto de los aparatos de hegemonía, aun en el caso de ser jurídicamente privados, forman parte del Estado (aparatos ideológicos, culturales, Iglesia, etc.), mientras que para Foucault y Deleuze el Estado queda siempre limitado a su solo núcleo público (ejército, policía, prisión, tribunales, etc.). Lo cual les permite decir que el poder existe también fuera del Estado, tal como ellos lo conciben: una serie de lugares, considerados como exteriores al Estado (aparato de sanidad-asilos, hospitales, aparato deportivo, etc.) pero constitutivos, no obstante, de lugares de poder, lo son tanto más cuanto que están incluidos en el campo estratégico del Estado.

Digo, tanto más y no en tanto que (incluidos en el Estado): el poder deborda con mucho al Estado, incluso concebido en sentido amplio, por varias razones.

En primer lugar, los poderes relativos a las clases sociales y a la lucha de clases no se reducen al Estado. Es el caso, en particular, de los poderes en las relaciones de producción, pese a sus intersecciones con el poder político y a que su relación con el Estado no es una relación de exterioridad. Pero hay más: es cierto que el Estado capitalista, muy particularmente en su forma actual —y aparte de que este Estado debe ser concebido, de todas maneras, en un sentido amplio—, concentra cada vez más en él las diversas formas de poder. Interviniendo crecientemente en todas las esferas de la realidad social, disolviendo el tejido social tradicionalmente «privado», ese Estado se filtra en las redes más capilares y penetra tendencialmente en los sectores del poder, de todo poder de clase (que es lo que importa, por el momento). De la estrecha relación —vinculada a la actual forma de separación entre trabajo intelectual y trabajo manual— entre el Estado y un saber directamente instaurado en discurso de Estado, y constituido, por tanto, en técnica política, a la penetración del Estado en los dominios llamados de consumo colectivo (transportes, vivienda, sanidad, asistencia social, ocios) —donde los poderes ideológico-simbólicos  materializados en las producciones (casas, centros culturales, etc.) prolongan directamente las relaciones estatales—, las relaciones entre los poderes de clase y el Estado se hacen cada vez más estrechas. Pero, dicho esto, sigue siendo cierto que los poderes de clase, y no sólo los económicos, rebasan siempre al Estado. Por ejemplo, el discurso del Estado, incluso hecho extensivo a sus aparatos ideológicos, no agota todo discurso político, discurso que, sin embargo, incluye en su estructura un poder de clase, Análogamente, el poder ideológico no queda nunca agotado por el Estado y sus aparatos ideológicos. Estos últimos, lo mismo que no crean la ideología dominante, no son los factores primigenios o exhaustivos de reproducción de las relaciones de dominación/subordinación ideológica. Los aparatos ideológicos no hacen más que elaborar e inculcar la ideología dominante: no es la Iglesia —como ya decía M. Weber— quien crea y perpetúa la religión, sino la religión quien crea y perpetúa la Iglesia. En una palabra, las relaciones ideológicas tienen siempre un anclaje que desborda a los aparatos y consiste ya en relaciones de poder.

Esto conduce a recordar una proposición suplementaria: si los poderes de clase no se reducen al Estado y desbordan siempre a sus aparatos, se debe a que esos poderes, enraizados en la división social del trabajo y la explotación, conservan siempre la primacía sobre los aparatos que los encarnan, en particular el Estado. Lo cual equivale a expresar, bajo una forma diferente, la proposición de que, en la compleja relación lucha de clases/aparatos, son las luchas las que tienen el papel primero y fundamental, luchas (económicas, políticas, ideológicas) cuyo campo, ya a nivel de la explotación y de las relaciones de producción, no es otro que el de las relaciones de poder.

¿Quiere decir esto que el Estado no tiene más que un papel secundario y desdeñable en la existencia material del poder? Para salir de la imaginería de un Estado totalizante ¿habría que recaer en la ilusión de un Estado que sea simple apéndice de lo social? En asoluto. El Estado desempeña un papel constitutivo en la existencia y la reproducción de los poderes de clase —más generalmente, en la lucha de clases— lo que remite a su presencia en las relaciones de producción. Tiene un papel constitutivo, y esta proposición debe entenderse en sentido fuerte. Lo cual implica desmarcarse igualmente de toda una corriente actual que, insistiendo sobre la primacía de lo «social», en el sentido más vago del término (la «sociedad» como principio «instituyente» del Estado), llega precisamente a esa imagen del Estado como apéndice de lo social. Bajo su forma actual esta corriente es conocida en Francia, sobre todo, por los análisis y la evolución de los autores de la revista de los años 50, Socialisme ou Barbarie (Lefort, Castoriadis, etc.). A través de las críticas de estatismo que dirigen al marxismo incurren en los mismos errores que el marxismo instrumentalista: [11] el Estado como simple apéndice de las luchas y del poder. Es una corriente que reviste importancia no tanto por sus análisis en sí como por la manera en que estos análisis engarzan con la tradición libertaria del movimiento obrero francés, particularmente en ciertos sectores de la CFDT y de la tendencia Assises du socialisme del partido socialista. [12] Engarce con la corriente autogestionaria que, en gran medida, resulta de un quid pro quo: el propósito de fundamentar una política autogestionaria —ampliamente justificada por el acento que pone en la necesidad de formas de democracia directa en la base— sobre una teoría que menosprecia el papel real del Estado. En el mejor de los casos se trata de tomar los deseos por realidades: deducir una política antiestatista de una visión en la que el Estado casi desaparece en su papel propio. Mientras que, justamente, es el papel terriblemente real del Estado lo que exige una transición al socialismo ampliamente apoyada en la democracia directa, lo cual implica el conocimiento exacto del Estado y de su papel actual. Tanto es así que una cierta tradición del socialismo estatista- jacobino procede también de la concepción instrumental del Estado como simple apéndice de lo social y de las clases; un Estado cuyo reforzamiento ilimitado no podría tener consecuencias nefastas en la medida en que se tratase de un Estado obrero, simple apéndice de la clase obrera.

Pero para delimitar exactamente el papel constitutivo del Estado en las relaciones de producción y en la lucha de clases, y por tanto en las relaciones de poder, es necesario distinguir de una vez por todas esta cuestión, en su contexto teórico, de la cuestión del origen cronológico y de la génesis (qué fue primero, la gallina o el huevo, el Estado o la lucha de clases/relaciones de producción): hay que romper radicalmente con la corriente positivista-empirista, y hasta historicista, también dentro del marxismo. Hablar, a nivel de la explicación teórica, de un campo social de división del trabajo en clases y de poder de clase anterior a la existencia del Estado; de un basamento primigenio (en el sentido cronológico y genealógico), que engendraría a continuación el Estado, el cual, ciertamente, intervendría, pero a posteriori, carece estrictamente de sentido. Donde hay clases y, por tanto, lucha y poder de clase, el Estado, el Poder político institucionalizado, está ya presente. No hay, en este aspecto, lucha y poder de clase antes del Estado o sin Estado; no hay «estado natural» o «estado social» preexistente o precedente al Estado, como quisiera una tradición que lleva huellas evidentes de la filosofía política de las Luces (la del contrato social previo al Estado). El Estado abaliza ya el campo de las luchas, incluido el de las relaciones de producción, organiza el mercado y las relaciones de propiedad, instituye la dominación política e instaura la clase política dominante, señala y codifica todas las formas de la división social del trabajo, toda la realidad social en el marco referencial de una sociedad dividida en clases.

Es en este sentido preciso en el que no es pensable —una vez planteado el Estado— una realidad social cualquiera (un saber, un poder, una lengua, una escritura) que represente un estado primigenio respecto al Estado; sólo es pen- sable una realidad social siempre en relación con el Estado y con la división en clases. Esto no quiere decir que no haya habido nunca realidad social y poder sin Estado o, cronológicamente, anterior al Estado sin división en clases o, cronológicamente, anterior a esta división, sino que, en el marco referencial de una sociedad dividida en clases y con Estado, dicha realidad no es pensable poniendo al Estado entre paréntesis. Incluso si se admite el hecho histórico de una realidad social anterior al Estado, una vez planteada la emergencia del Estado, toda realidad social debe ser considerada como realidad que mantiene relaciones constitutivas con él.

Así, si (una) historia es (la) historia de la lucha de clases, si las sociedades «primitivas» sin Estado son sociedades sin (esa) historia, ocurre también que esa historia no existe sin Estado. No hay una historia de luchas de las que el Estado sería, en un momento dado, el resultado y el fruto: esa historia no es pensable sin Estado. No es que a partir del momento en que apareció el Estado se entró en un tiempo irremediable (la Historia), en el que mientras haya Hombres habrá siempre Estado, sino que —como decía Marx— el fin de la división en clases significa el fin del Estado y, por consiguiente, el fin de un cierto tiempo que no es el fin de los tiempos sino el fin de una cierta historia, designada por él como prehistoria de la humanidad.

La división en clases y la lucha de clases no pueden, por tanto, pensarse como origen del Estado, en el sentido de un principio de génesis del Estado ¿Debe llegarse a la conclusión de que ello pone en entredicho la proposición esencial de que el fundamento del Estado se encuentra en las luchas sociales, o sea, cuestiona el papel determinante de las relaciones dé producción y, más generalmente, la primacía de las luchas y de las relaciones de poder respecto al Estado? En una palabra, plantear así la cuestión del Estado ¿es hacer estatismo?

Planteo la cuestión desde este aspecto preciso para distinguir la embrollada madeja de las diversas tendencias actuales, que si bien tienen en común poner en entredicho ese fundamento del Estado y del poder en las luchas de clases, no dejan de distinguirse en otros sentidos. Así, reservaré para más tarde el examen, a este respecto, de la problemática de Foucault, que consiste, esencialmente, en referir la relación entre Estado y relaciones de producción, entre poderes económicos y poderes políticos, a un tercer principio, a un «diagrama» de Poder, común a los diversos poderes en un momento dado. Concepción que, al menos, no se aventura en una teoría general del poder desde el origen de los tiempos, y no ve en el Estado el fundamento de toda realidad social.

Pero eso es lo que hace toda la corriente actual de la llamada «nueva filosofía», la cual, en una metafísica tan pretenciosa como vacía del Poder y del Estado, enlaza otra vez —desde B. H. Lévy a A. Glucksmann—, con una vieja tradición institucionalista: el Estado como principio fundador e institucionalizador de toda relación social, forma apriorística de toda realidad social posible, archi-Estado originario del que las luchas sociales sólo serían el espejo y no llegarían a existir más que por él. No es el marxismo sino esta concepción la que reduce todo poder al Estado, y ve en todo poder la consecuencia de esa realidad primigenia que sería el Poder-Estado. Todo es siempre a la imagen y semejanza del Amo, del Estado y de la Ley (de acuerdo con la teoría psicoanalítica en su versión lacaniana) porque, a semejanza de las luchas, cualquier realidad social —poder, lengua, saber, discurso, escritura o deseo— sólo puede existir a través de ese Poder-Estado. Mal radical, y en este sentido inesquivable por cualquier lucha, puesto que toda lucha no sería más que el revés y la imagen del Príncipe, constituida en las tramas originarias de un Poder-Estado eterno, cuya perennidad expresa una universalidad y necesidad de carácter metafísico. Que es, por consiguiente, el fundamento-origen de todo: fundamento, por ser origen, y viceversa. El totalitarismo estatal es, a la vez, originario y eterno, porque el sujeto de toda Historia posible es el Estado: en lugar de Kant, reencontramos a Hegel.

Por consiguiente, el Estado es todo. A lo que responde, de modo simétricamente inverso, la otra corriente que mencioné y que participa, en consecuencia, de la misma problemática: el todo es lo social y el Estado no es más que su apéndice instituido. Ha cambiado la entidad de los términos respectivos, Estado y sociedad, pero la problemática sigue siendo la misma: la de una causalidad mecánica y lineal, fundada sobre un principio monista simple y calcada de una metafísica de los orígenes.

Debemos, pues, recordar ciertos análisis que algunos de nosotros hicimos hace ya tiempo: el papel determinante de las relaciones de producción, la primacía de las luchas de clases sobre el Estado y sus aparatos, no pueden ser captados según una causalidad mecánica, y además transpuesta en causalidad cronológica lineal: lo que hemos designado con el término de historicismo. Esa determinación y esa primacía no significan obligatoriamente una existencia histórica anterior al Estado: el que sea así o no, es —si se me permite— otra cuestión. Lo cual es válido, ante todo, para las relaciones entre el Estado y las relaciones de producción de tal o cuál modo de producción, y para la transición de un modo de producción a otro. Marx lo había dejado sentado perfectamente cuando distinguía tales o cuales relaciones de producción como «presupuesto» o prius lógico de tal o cual Estado, de una precedencia histórico-cronológica de aquéllas sobre éste. La determinación del Estado por las relaciones de producción, la primacía de las luchas sobre el Estado, se inscriben en temporalidades diferenciales para cada uno, en historicidades propias de desarrollo desigual: una forma de Estado puede preceder, en el orden de la génesis histórica, a las relaciones de producción correspondientes. Abundan los ejemplos en las obras de Marx y Engels y yo mismo puse de manifiesto que tal era el caso del Estado absolutista en Europa, Estado con dominante capitalista, mientras que las relaciones de producción presentaban aún una dominante feudal.

Son ejemplos indicativos, concernientes a las relaciones de tal o cual forma de Estado y de tales o cuales relaciones de producción y luchas de clases, pero con una significación más general porque remiten también al origen del Estado. Se ve que la cuestión del origen histórico del Estado, del orden de sucesión, en la historiografía de la génesis, entre el Estado, de un lado, y las relaciones de producción y los poderes de clase, de otro, no es teóricamente homogénea con la cuestión del fundamento del Estado en las relaciones de producción, en las luchas de clases y en las relaciones de poder.

Ello no es óbice para que una serie de equívocos provengan en este caso del propio Engels. Diré esquemáticamente que Engels, tributario aquí de la problemática historicista de una causalidad lineal, intentó fundamentar la primacía sobre el Estado de la división en clases y de sus luchas, calcando precisamente esta cuestión de la de la génesis del Estado y cediendo así al mito de los orígenes. Uno de los objetivos de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado es demostrar la aparición históricamente primigenia, en las sociedades llamadas primitivas, de la división en clases en las relaciones de producción: de esta división nacería, a continuación, el Estado. Lo cual se considera como «prueba» de la determinación del Estado por las relaciones de producción y de su fundamento en aquéllas. Es evidente que esta prueba, en el supuesto mismo de que la investigación histórica de Engels sea exacta, no es tal. O más bien: sólo sería una prueba si el marxismo fuese un historicismo integral.

Pero no es menos evidente que un orden inverso de emergencia histórica en la serie de los orígenes no proporcionará la prueba de lo contrario: a menos que se comparta esta problemática historicista. Me refiero aquí, en particular, a los trabajos de Pierre Clastres. Argumentando que el paso de las sociedades sin Estado a las sociedades con Estado se operaría mediante la emergencia, primero, del poder político, emergencia que precedería a la división en clases en las relaciones de producción, este autor —después de muchos otros— llega a la conclusión de que el Estado desempeña un papel fundamental y determinante respecto a dichas relaciones. Conclusión considerada aplastante como crítica del marxismo: «Lo decisivo, por tanto, es el corte político y no el cambio económico... Si se. quieren conservar los conceptos marxistas de infraestructura y superestructura, habría que reconocer, tal vez, que la infraestructura es lo político y la superestructura lo económico...» Aún más: *La relación política del poder precede y funda la relación económica de explotación. Antes que económica, la alienación es política el poder es anterior al trabajo, lo económico es una derivación de lo político, la emergencia del Estado determina la aparición de las clases». [13] Estamos ante un ejemplo clamoroso, como pocos, de razonamiento historicista de causalidad lineal, que participa exactamente, en este caso, de la misma problemática de Engels. Aun suponiendo que los análisis de Clastres sean históricamente pertinentes, sobre lo cual me guardaré mucho de opinar, no están en contradicción con el marxismo: que el «fundamento» del Estado esté en las relaciones de producción-división de las clases no significa que el «origen» de éstas sea necesariamente previo respecto a aquél. Esos análisis no ponen en entredicho el papel determinante de las relaciones de producción y la primacía de las luchas sobre el Estado: sólo constituyen una prueba en esta dirección para una problemática positivista-empirista, e incluso historicista, que confunde origen y fundamento. Tal es el caso, entre otros, de B. H. Lévy [14] cuando evoca los análisis de Clastres para apoyar la tesis de la eternidad del Estado, fundamento —por ser el origen— de todo.

No sólo las luchas de clases tienen la primacía sobre el Estado y lo desbordan con mucho. Las relaciones de poder también rebasan al Estado en otro sentido: Las relaciones de poder no recubren exhaustivamente las relaciones de clase y pueden desbordarlas. Ello no significa, sin duda, que en este caso carezcan de referencia de clase, que no se sitúen también en el terreno de la dominación política, que no sean lo que está allí en juego, sino que su fundamento es distinto del de la división social del trabajo en clases, no siendo, por consiguiente, su simple consecuencia, ni tampoco homólogas ni isomorfas respecto a esa división del trabajo: tal es el caso, en particular, de las relaciones hombre-mujer. Ahora lo sabemos: la división en clases no es el terreno exhaustivo de constitución de todo poder, aunque en las socie- dades de clase todo poder revista una significación de clase. Consecuencia conocida: en una transición al socialismo no basta con transformar radicalmente los aparatos del Estado para abolir o transformar el conjunto de las relaciones de poder.

Pero incluso si esas relaciones de poder desbordan a las relaciones de clase, de la misma manera que éstas no pueden prescindir de aparatos e instituciones específicas que las materialicen y reproduzcan (el matrimonio, la familia), los aparatos del Estado no se mantienen al margen de ellas. El Estado interviene con su acción y sus efectos en todas las relaciones de poder a fin de asignarles una pertinencia de clase y de situarlas en la trama de los poderes de clase. El Estado se hace cargo así de los poderes heterogéneos, que se convierten en eslabones y apoyos del poder (económico, político, ideológico) de la clase dominante. El poder en las relaciones sexuales hombre-mujer, que sin duda es heterogéneo respecto a las relaciones de clase, no por ello está menos intervenido, mediatizado y reproducido por el Estado, entre otras estructuras (también por la empresa-fábrica), como relación de clase: el poder de clase lo atraviesa, lo utiliza, lo potencia, le asigna, en suma, su significación política. El Estado no es un Estado de clase sólo en el sentido de que concentra el poder basado en las relaciones de clase, sino en el sentido, también, de que se propaga tendencialmente en todo poder, apropiándose sus dispositivos; poder que, sin embargo, lo desborda constantemente.

Hechas estas precisiones, queda por decir que el marxismo plantea aquí ciertas proposiciones:

a) El poder de clase es el basamento fundamental del poder en una formación social dividida en clases, cuyo motor es la lucha de clases;
b) El poder político, aunque asentado sobre el poder económico y las relaciones de explotación, es primordial en el sentido de que su transformación condiciona toda modificación esencial de los otros campos de poder, sobreentendiéndose que dicha transformación no es suficiente;
c) En el modo de producción capitalista el poder político ocupa un campo y un lugar específico con relación a los otros campos de poder, siendo así pese a los entrecruzamientos;
d) Este poder está concentrado y materializado por excelencia en el Estado, lugar central del ejercicio del poder político.

Este conjunto de proposiciones es rechazado, en particular, por Foucault y Deleuze, y sustituido por una visión que diluye y dispersa el poder en innumerables microsituaciones, subestima considerablemente la importancia de las clases y de la lucha de clases, e ignora el papel central del Estado. No tengo la intención de ir más lejos por el momento. Pero sobre estos puntos dichos autores enlazan con una vieja tradición de la sociología y de la ciencia política anglosajona: la de un desplazamiento del centro del análisis del Estado hacia el «pluralismo de los micropoderes», del funcionalismo al institucionalismo, de Parsons a Merton, Dahl, Lasswell y Etzioni, que han desarrollado explícitamente todos esos puntos. Es una tradición relativamente desconocida en Francia, donde el pensamiento político se ha concentrado siempre, por el contrario, en el Estado (jurídico). Sólo este desconocimiento, ligado al provincialismo bien conocido del campo intelectual francés, permite presentar esos análisis como novedades, cuando en realidad constituyen las antiguallas más tradicionales que pueda haber. Los indudables méritos de Foucault están en otra parte. No deja de ser notable que este discurso, tendente a hacer invisible el poder, al pulverizarlo en la capilaridad de microrredes moleculares, tenga el éxito sabido en un momento en que la expansión y el peso del Estado alcanzan un grado sin precedentes.

Resumo: todo poder (y no sólo un poder de clase) existe únicamente materializado en aparatos (y no sólo en aparatos estatales). Estos aparatos no son simples apéndices del poder, tienen un papel constitutivo: el mismo Estado está orgánicamente presente en el engendramiento de los poderes de clase. Pero en la relación poder/aparatos, y, más particularmente, lucha de clases/aparatos, la lucha (de clases) es la que tiene el papel fundamental. Lucha cuyo campo no es otro que el de las relaciones de poder, de explotación económica y de dominación/subordinación político-ideológica. Las luchas tienen siempre la primacía sobre los aparatos-instituciones y los desbordan constantemente.

Así, contra toda concepción de apariencia libertaria u otra cualquiera que se alimenta de ilusiones, el Estado tiene un papel constitutivo no sólo en las relaciones de producción y en los poderes que estas relaciones materializan, sino en el conjunto de las relaciones de poder a todos los niveles. En cambio, contra toda concepción estatista —desde Max Weber, que veía ya en los aparatos/instituciones el lugar original y el campo prioritario de constitución de las relaciones de poder, hasta la actualidad candente— son las luchas, campo prioritario de las relaciones de poder, las que tienen siempre la primacía sobre el Estado. Esto no concierne sólo a las luchas económicas, sino al conjunto de las luchas, incluidas las políticas e ideológicas.

Verdad es que en estas luchas son las relaciones de producción las que tienen el papel determinante. Pero la primacía de las luchas sobre el Estado desborda a las relaciones dé producción porque no se trata, en este caso, de una estructura económica que, a su vez, sea el fundamento de luchas: esas relaciones de producción son ya relaciones de lucha y de poder. Además, porque este papel determinante es el que hace —en el sentido esencial y más general— que haya luchas y que el conjunto de las mismas tenga la primacía sobre el Estado. Rechazando este fundamento de las luchas no es sólo el papel determinante de lo económico lo que se rechaza, sino la primacía misma de las luchas, cualesquiera que sean, sobre el Estado. Cuando se cree rechazar la tiranía de lo económico se cae forzosamente en la omnipotencia devoradora del Estado-poder.

Como puede verse, entre las malignas imputaciones (porque hay otras justificadas) que se hacen al pensamiento de Marx, no hay indudablemente otra más ciega e ignorante que la de estatismo, aun cuando proceda de intenciones políticas perfectamente legítimas (política antiestatista) y se fundamente en los aspectos totalitarios del Estado en los países llamados del socialismo real. En ninguna parte, por otro lado, esta crítica de Marx se presenta con tan mala fe como entre nuestros «nueves filósofos», particularmente en A. Glucksmann. No me detendré en ello. Le cedo la palabra, sobre este tema, a J. Rancière, que, por lo demás, no es condescendiente, ni de lejos, con el pensamiento de Marx: «Glucksmann es más radical cuando debe demostrar, contra toda evidencia, que Marx valoriza al Estado como opuesto a la sociedad privada. La imposibilidad de aportar la menor prueba es lo que le suministra su prueba suprema: el capítulo del Estado, —escribe Glucksmann— aunque estaba previsto, falta —¡qué casualidad!— en El capital. Lógica estaliniana, bien conocida: la mejor prueba de que la gente es culpable es la falta de pruebas. Porque si no hay pruebas es que las han disimulado; y si las han disimulado es que son culpables.» [15]

 

Notas:

[1] El conjunto de esta controversia ha sido publicado con el título Il marxismo e lo Stato, 1976. [El marxismo y el Estado, Barcelona, Avance, 1977.]

[2] G. Deleuze y F. Guattari, L'anti-Œdipe, 1975. En cuanto a la corriente de los «nuevos filósofos», me referiré ahora a dos obras: B. H. Lévy, La barbarie à visage humain, 1977, y A. Glucksmann, Les maîtres penseurs, 1977.

[3] Maspero, 1968. [Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Madrid, Siglo XXI, 17a. ed., 1978.]

[4] K. Popper, The open society and its ennemies, 1946. [La sociedad abierta y sus enemigos, Buenos Aires, Paidós, 1967, 2 vols.]

[5] Tomo esta expresión de Jean Daniel.

[6] Bien subrayado por Perry Anderson, «The antinomies of Antonio Gramsci», en New Left Review, noviembre de 1976-enero de 1977.

[7] L. Althusser, «Idéologie et appareils idéologiques d'Etat», en La Pensée, junio de 1970.

[8] Estas concepciones se encuentran en algunos artículos de la obra colectiva, Eléments pour une analyse du fascisme, bajo la dirección de M. A. Macciocchi, 1976.

[9] El artículo de J. Rancière en Le Nouvel Observateur, 25-31 de julio de 1977.

[10] Ibid, 1977, p. 123.

[11] Cl. Lefort, en su artículo «Maintenant», en el primer número de la revista Libre, 1977; C. Castoriadis, L’institution imaginaire de la société (1975). Esta corriente, por lo demás, enlaza con la de G. Lapassade y R. Loureau, llamada «anti-intitucional».

[12] Me refiero más particularmente a la revista Faire.

[13] P. Clastres, La société contre l´Etat, 1974, pp. 169, 172, etc.

[14] Op. cit., pp. 74 ss.

[15] El artículo de J. Rancière en Le Nouvel Observateur, 25-31 de julio de 1977.

 

 

INDICE

Advertencias

INTRODUCCION

1. Sobre la teoría del Estado
2. Los aparatos ideológicos: ¿el Estado = represión + ideología?
3. El Estado, los poderes y las luchas

Primera parte
LA MATERIALIDAD INSTITUCIONAL DEL ESTADO
El trabajo intelectual y el trabajo manual: el saber y el poder
2. La individualización. I. La armazón del Estado y las técnicas del poder.— II. Las raíces del totalitarismo
3. La ley. I. Ley y terror.—II. La ley moderna
4. La nación- I La matriz espacial: el territorio.—II. La matriz temporal y la historicidad: la tradición.—III. La nación y las clases

Segunda parte
LAS LUCHAS POLITICAS: EL ESTADO, CONDENSACION DE UNA RELACION DE FUERZAS
El Estado y las clases dominantes
2. El Estado y las luchas populares
3. ¿Hacia una teoría relacionista del poder?
4. El personal del Estado

Tercera parte
EL ESTADO Y LA ECONOMIA
EN LA ACTUALIDAD
Sobre las funciones Económicas del Estado
2. Economía y política
3. Los límites del Estado-Moloch
4. Conclusiones provisionales

Cuarta parte
EL OCASO DE LA DEMOCRACIA:
ESTATISMO AUTORITARIO
Estatismo autoritario y totalitarismo
2. La irresistible ascensión de la Administración del Estado
3. El partido dominante de masas
4. Debilitamiento del Estado

HACIA UN SOCIALISMO DEMOCRÁTICO

 

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