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2025 Mar 20 La corrección. Carlos A. Pérez Ricart.

Claudia Sheinbaum corrigió y reconoció la existencia del infierno. Ahora deberá cruzar la puerta. No hay otra forma de llegar al purgatorio.
Nunca entendí las posiciones del presidente López Obrador en relación con las víctimas de la violencia. Es, para mí, un punto ciego de su administración. El ángulo muerto de un gobierno que se sentía insultado por el reclamo y no, como correspondía, sujeto obligado a responder. A empatizar. A resolver.

He buscado explicaciones. A un alto funcionario de ese gobierno le hice la pregunta de forma directa, sin matices.

-Con excepción de los padres y madres de Ayotzinapa, ¿por qué el Presidente evita reunirse con las víctimas de la violencia?

La respuesta la comprendí, pero no la entendí. Palabras más, palabras menos, apuntó que las víctimas desnudaban la narrativa triunfalista de un gobierno que presumía la transformación de la patria Eran la parte más oscura de nuestra realidad. Acercarla a la luz y asumirla como propia no era una buena idea.

El Humanismo Mexicano, pensé, era otra cosa.

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Hubo un tiempo en que fue distinto. El 14 de septiembre de 2018, como lo había prometido en campaña, el presidente electo López Obrador se reunió con un grupo de colectivos y defensores de derechos humanos. El lugar no podía ser más simbólico: El Centro Cultural Tlatelolco.

El encuentro fue caótico. Las notas periodísticas de aquel día repiten las palabras: lágrimas, desmayos, gritos, reclamos. En estas páginas, él 19 de septiembre de aquel año, se describió la tarde: “Obrador observaba atento aquella avalancha de emociones que permitía atisbar la vida en los inflemos”.

Fue la última vez que López Obrador se atrevió a dirigir su vista a ese lugar. Nunca más hubo una reunión de ese tipo. No había comenzado el sexenio y el Presidente evitaba el viaje al averno. Acaso temió aquello que tanto atemorizaba a Nietzsche: mirar fijamente al abismo y que el abismo te devolviera la mirada.

Si la agenda de víctimas sobrevivió algún tiempo fue por el tesón de Alejandro Encinas. Cuando el subsecretario salió del gobierno, el presidente López Obrador abandonó el tema. Los resultados, a la vista de todos.

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Así fue como la agenda de víctimas se alejó de la 4T. El movimiento que había nacido para atender a los más vulnerables dejó de mirar hacia el infierno. Había que presumir lo logrado, no enlodarse en lo inevitable. Ahí no había nada que ganar.

La candidata Sheinbaum heredó esa visión. En su campaña, el tema no existió. En las trescientas ochenta páginas de su propuesta electoral (100 pasos para la transformación), la palabra desaparecidos se menciona una sola vez. Entrecomillada. Ni una referencia a la crisis forense, a bancos de ADN, al sufrimiento inabarcable.

En el vocabulario obradorista las víctimas de la violencia criminal dejaron de nombrarse. Y lo que no se nombra no existe.

Por eso es tan relevante lo ocurrido el lunes. Ese día, en su conferencia matutina, Claudia Sheinbaum leyó la “declaración respecto a personas desaparecidas”. Un documento de cinco páginas.

El primero de su tipo. Reconoce el fenómeno y anuncia una corrección.

Ya habrá tiempo de analizar las propuestas concretas. Algunas son urgentes (la consolidación del Certificado Único de Registro de Población, la creación de la Base Nacional Única de Información Forense); otras huelen a rancio (equiparar el delito de desaparición al de secuestro). Ya habrá espacio, también, para examinar si las propuestas irán acompañadas de pesos y centavos. Vamos despacio.

Lo relevante, ahora, no es eso, sino la corrección: el desmarque más obvio entre el primer y el segundo piso de la transformación; el reconocimiento del problema, la valentía de nombrarlo.

***

“Por mí se va hasta la ciudad doliente [...] Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza’’. Esas son las palabras que encontró escritas Dante en la puerta del infierno.

Tuvo miedo. Virgilio, su maestro, le recordó: Había que pasar por ahí Para ascender al purgatorio y luego al paraíso, había que cruzar por la maldita puerta. (“Debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte aquí a tu cobardía”).

Se equivocó el presidente López Obrador en dejar de mirar hacia el infierno. En su relación con las víctimas sobró arrogancia y soberbia, primas hermanas de la cobardía.

El lunes, Claudia Sheinbaum reconoció la existencia del infierno. Corrigió. Ahora, deberá cruzar la puerta. No hay otra forma de llegar al purgatorio.

@perezricart

 

 

 

 

Tomado de: Reforma