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¿Por qué recurrir al juego de Polibio? Por evocar el perdurable género de la fábula política con un ingenio que hubiera deleitado a Mandeville. Polibio perteneció a otra época y a otra latitud y no pudo escribir un ensayo sobre México. Vivió en el siglo II a. C., cuando en el territorio de México apenas surgían las culturas de Occidente. La idea de elegirlo como heterónimo responde a criterios distintos a la geografía o el reloj. Con Heródoto y Tucídides, Polibio fue uno de los mayores historiadores griegos. Rehén del Imperio romano, soportó el exilio durante dieciséis años, cuando Grecia fue conquistada. Sirvió como mediador entre ambos pueblos. Escribió cuarenta volúmenes de una monumental Historia, casi todos perdidos. En esa obra atribuyó la grandeza de Roma al orden de sus leyes en las que confluyeron la monarquía, la aristocracia y la democracia. Y aquí el heterónimo regresa su verdadera voz a la autora: aunque aún México no puede cantar victoria, tampoco está acabado. Este discurso nos instruye y nos propone un desafío: ¿queremos o no crecer?

El pueblo que no quería crecer
Polibio de Arcadia (Ikram Antaki)

 

Έρέβω
el Erebo es hijo del Caos
ex falso sequitur quolibet

 

La política
Mi tarea es difícil. Durante múltiples generaciones los mexicanos pretendieron ser diferentes de los demás, aislados del mundo por su alteridad y su lejanía. A ellos no se les podían aplicar las leyes reconocidas. Únicos en la gestación del género, rechazaban cualquier opinión ajena como carente de conocimiento, autoridad o buena fe. El que hablaba sin conformarse con la imagen idílica que se hacían de ellos mismos, era su enemigo jurado. Y, sin embargo, los mejores textos que les concernían fueron escritos por los foráneos. Algunas raras tentativas internas, dolorosamente lúcidas, fueron desautorizadas agriamente. Todo ello, producto de ciudadanos o de visitantes y estudiosos, generó discusiones y polémicas que crearon en su espíritu un clima de malestar amargo: eran las víctimas incomprendidas de un mundo superficial, injusto, adverso.

Hoy, la situación se ha invertido; a tal punto, que reconocerles una particularidad cualquiera se vuelve una agresión sin par: se querían iguales al resto del mundo en la pretensión, y diferentes en el trato; iguales en los derechos, salvados de los deberes. Querían una dirigencia democrática, pero no se reconocían, a nivel del conjunto social y de cada quien, un espíritu profundamente autoritario. Querían pagos justos para objetos deficientes; querían el reconocimiento del trabajo sin el trabajo; y el reconocimiento de la excelencia sin tener que conformarse a ningún criterio de calidad. La política, la vida de la ciudad, no habían sido en ellos una larga y laboriosa cultura. Las palabras pretendían ocupar el lugar de los hechos, de la educación y de la costumbre. Su caso se había vuelto un problema para las demás naciones; así que ¿cómo entenderlos?

Yo venía de una cuna prolífica en esas preocupaciones. Aristóteles había sido mi amo incontestable en los campos de la especulación política. En las disertaciones de lo político, mi modelo era platónico. Los hombres vivían juntos y de esta suma resultaba una necesidad de orden exterior: esto es la vida política, que es el arte del derecho, que mide y modera las pretensiones de los particulares y crea entre ellos costumbres civiles; de ahí la naturaleza esencialmente educativa de la función de gobernar. La política no está hecha para los santos ni para los sabios, sino para la inmensa cantidad de hombres comunes que conforman la ciudad. Así que no puede considerársele como una práctica purificada y purificadora porque acabaría con las naciones. Si se trata de erradicar a los gérmenes, sólo se logrará que éstos creen resistencias. Para responder a estas resistencias, el régimen político tendrá que endurecerse, lo que llevará a un recrudecimiento de la violencia. La represión desatará el terror, y pronto se llegará a la carrera inacabable en el armamento de cada parte. Pero existe otro modo de usar a los gérmenes, como es echarlos en la leche agria: esto da, a veces, unos quesos excelentes. De la misma manera, pretender hacer de la política una oración límpida donde no cabe la mentira, es condenarla a la mentira, y al fracaso: si el discurso político es un sistema de evocación destinado al vulgo, que sólo puede vislumbrar la verdad por medio de los símbolos, entonces se necesita de procedimientos educativos hábiles que actuarían sin perturbar su intelecto en demasía. Ahí cabe una cierta mentira y la política cabe en esta concepción. Se puede mentir para engañar a los hombres y dañarlos, como se puede mentir para el bien de los hombres: para impedir los disturbios, calmar las pasiones y las emociones. A veces, los criterios de prudencia sugeridos por las circunstancias dicen que se impone no expresar la totalidad de la verdad o la opinión personal de los gobernantes sobre ella, a condición de que este arte de las artes, la prudencia política, esté siempre acompañado por el arte del derecho y el sentimiento profundo de la necesidad de la felicidad de los hombres. El filósofo, el hombre de ciencia, encuentran su felicidad en la sabiduría y en el conocimiento. El hombre de gobierno la encuentra en el gozo del poder. Pero los hombres comunes deben encontrarla en sus relaciones recíprocas. La vida de la ciudad es suficiente para su perfección, que en ellos significa la aptitud para alcanzar la felicidad de los individuos en su trato con el conjunto. El concepto de verdad no está en juego en ningún momento para lograr este propósito.

Muchos elementos son necesarios para el quehacer político. A menudo, y por desgracia cada vez más con el paso del tiempo, se observa una incapacidad mayor en la reflexión y la práctica de este oficio. Pocos se revelan capaces de comprender la teoría de la autoridad fundada en la emoción y la teoría de la naturaleza y el valor del consentimiento universal. Los cambios en los regímenes políticos, el paso de la dictadura a la democracia no liquidan el problema de la autoridad, como tampoco lo contradice el consentimiento universal otorgado en las urnas.

La autoridad no es sinónimo de tiranía, ni la democracia sinónimo de vacío de poder. La naturaleza, que suma los conflictos de intereses a la volatilidad de las emociones, aun en la más perfecta de las democracias, vuelve necesario el arte de gobernar y la capacidad de un buen gobierno para hacerse respetar y poder emitir la última palabra en los asuntos de la ciudad, sus diferentes partes y las relaciones con sus vecinos. Aquél que está en condiciones de conducir a los demás hacia un resultado práctico, al cual su situación no les permite llegar por sí solos, es su guia: él es la autoridad y gobierna; no sólo sugiere, pide opiniones, escucha, contemporiza o figura. El encanto será su recurso sólo si le sirve para educar y convencer. La verdad será su recurso para pedir la ayuda de su pueblo en condiciones ásperas para la vida de la nación, no para perturbarlo. La reciedumbre será su recurso para apoyar el derecho e imponer el orden de justicia. La dulzura será su recurso porque el que gobierna es, en todo caso, el padre de su pueblo; y los hijos necesitan a la vez rigor y ternura. El concepto de autoridad es muy preciso. Cuando un jefe conduce una empresa a su término, nada debe distinguirlo de los demás; tendrá seguridad en los límites que le impone el mantenimiento de su seguridad y tendrá bienes en la medida que lo requiere la dignidad de la República. No tendrá por qué ser un santo en los aspectos que no atañen a la República. Aquéllos son asuntos del alma y de la vida de cada quien, no son asuntos de comentario ni de juicio público. Olvidar estas distinciones consiste en mezclar los dominios: así, lo que debe ser público oculta y lo que debe ser privado deja de serlo.

Para bien gobernar a una ciudad se necesitan dos condiciones: ciencia y fuerza. Es allí donde surge el problema de la relación entre el mando y la inteligencia para guiar a los pueblos. Los gobernantes tienen generalmente la fuerza del alma y del carácter, y el gusto por el mando, es decir, los cimientos de la fuerza, pero no tienen la ciencia. Más raramente ocurre lo contrario; es decir, que tienen la ciencia sin el gusto por el mando. Ocurre a menudo que uno o más sabios se suman al gobernante valeroso, porque difícilmente se logran reunir, en un solo hombre, ambas virtudes, para que la guía del Estado sea completa.

En todos los casos, aun en la República, la intención de obediencia de un pueblo debe ser requerida. Con el crecimiento de las poblaciones y el aumento de los conflictos entre los hombres, las dificultades del gobierno y sus incertidumbres crecieron. Entonces se tuvo que recurrir a un suplemento que el derecho romano había agregado a su práctica de las leyes: la equidad. La imposibilidad de la igualdad la volvía necesaria para lograr la justicia. Porque, cuando ésta fallaba, ocurría a más largo o corto plazo un acto que bien podría destruir la práctica de gobierno. El hombre depende de una naturaleza, una sociedad y un comportamiento. Su acción no depende de variables simples. Si alguna de estas condiciones entra en zozobra; si llega a faltar la justicia o el orden o la esperanza o la seguridad, y si estas fallas aumentan hasta niveles exagerados, el acto de obediencia bien puede desaparecer detrás de un acto de rebelión. En la historia de todas las naciones está el conflicto trágico entre el poder y la justicia, que dio lugar a terribles disputas que serán la ocasión de múltiples persecuciones. De este conflicto, surgieron muchos pensadores, muchas teorías que autorizaban, si el poder se porta de manera injusta y si las circunstancias lo permitían, una revolución armada abierta hasta su deposición. Aquello se llamó deber de resistencia en oposición al deber de obediencia, ya que los sujetos tenían el derecho de rebelarse, incluso con las armas, contra el injusto, hasta hacerle entrar en razón o quitarle el poder de mando.

En México, a lo largo de la historia, la justicia ha fallado. Pero existían formas de convencimiento que bien podrían aparentar equidad, ya que sus colores se parecían a ella, aun si su forma y su materia se alejaban de ella. Un sistema amplio de atención a las masas tomó lugar. Era deficiente en la mayor parte de sus prácticas, eficiente en otras pocas. Pero daba a este pueblo la impresión de que no se encontraba abandonado: un padre vigilante cuidaba de su salud, de su educación, de su vida. El padre comprendía incluso, en su profunda sabiduría, la necesidad de sus protestas y de sus iras: así que le permitió organizar sindicatos, los cobijó, a veces los creó él mismo. Aquel padre sabio daba trabajo aun cuando no había trabajo; daba una formación mínima; daba algo de seguridad y de orden; y, ante todo, daba esperanza: mejoraba la situación de los sujetos de esta nación, los hijos vivían mejor que los padres. Poco más o menos, de manera deficiente si se comparaba con las mejores naciones, no tan mal si se comparaba con las peores, el padre jugaba su papel eficientemente. La equidad se verificaba también con una forma particular de la redistribución del ingreso: la corrupción generalizada. A veces, no muy a menudo, por razones esencialmente internas, debido a la exageración en la codicia, la incapacidad de la mesura, la ignorancia arrolladora del pueblo o la ignorancia particular de sus gobernantes, un exceso de autoritarismo, alguna variable incontrolada, ocurrían estallidos. Pero el país parecía haberse quedado al margen de las grandes tragedias del mundo, y lo que podría llamarse un infierno según los criterios de una buena vida, bien parecía un paraíso en comparación con la generalización de los infiernos en el resto del mundo.

Si el Estado vale por la paz social, en tanto que es apto para perseguirla, entonces la historia del Estado mexicano no ha sido negativa. Dudo mucho que sus dirigentes hayan sido conscientes, de manera racional, de que debe haber un orden y una armonía, y que éstos causan en grandes rasgos la felicidad de los pueblos. Pero conscientes o no, en los hechos: la luna se levantaba y se ponía según la ley del cielo y su gobierno interno funcionaba.

Los Estados tienen maneras diferentes de formarse. Una vez que se formaron, constituyen una realidad de hechos en la cual debía observarse un fin: tenían que volverse partícipes de una cierta racionalidad universal y, por ello, racionalizar su propia existencia. Si la realidad del mundo no los obliga a una racionalización que sea aceptada por la universalidad, podrán vivir en medio de sus propias razones, aun si éstas no corresponden a lo que acostumbramos. Pero si los contactos con el mundo se vuelven más estrechos y más cercanas las lejanías, entonces difícilmente podrán sustraerse. Este fue el caso bajo el poder de los imperios. Y hemos conocido, a lo largo de los siglos, la ciudad de la locura, del error y del pecado. Muchos se han preguntado qué es lo que constituye una verdadera ciudad. Si fuera la ciudad ideal, será la totalidad de las condiciones que van desde la lengua, las costumbres, los caracteres naturales comunes, las relaciones, la descendencia, pero que comprenden también, de una manera insistente, la necesidad que lleva a acuerdos mutuos, y el reconocimiento de la superioridad ajena que lleva a la gobernabilidad.

Cuando llegué a México, creí encontrarme en la ciudad de la demencia, el error y la fuerza que se imponía a los demás. El bello orden de los principios —la constitución, la administración del Estado— no parecía tener cabida aquí. (Domo en la ciudad del error que describieron nuestros filósofos, sus habitantes tenían por objetivo la satisfacción de sus necesidades aisladas entre sí. Ponían su finalidad en la riqueza o el placer de los sentidos. He conocido otras ciudades que tenían como objetivo la gloria, la potencia o la libertad: todo ello debía, por supuesto, complementarse. Pero aquí, la actitud activa de los ciudadanos se hizo extraña a la actividad política, como si no se interesaran ni creyeran en nada que no fuera su vida inmediata. La tiranía se sirvió de este escepticismo como un instrumento fundamental. Una orden venía desde arriba; en ella distinguían la voz del fundador, el intérprete. No era un cesar. Entre el régimen monárquico, el de la comunidad, el de la familia y el propio, empezaron por rechazar aquella doctrina que desarrollaron en Iberia los grandes pensadores: la del régimen solitario. Yo conocía a esta pequeña aristocracia del pensamiento y del mando; cerrada sobre sí misma y que, a veces, respetaba las disposiciones de la ley máxima, que domina a las masas y que vive una disciplina propia, en una suerte de hermandad extrasocial. Pero no la he visto aquí. He visto una moral política que niega todo derecho a los individuos de participar en las altas esferas de la vida de la ciudad; a la vez, todo lo que cabía en la esfera de lo necesario cotidiano estaba permitido, cualquiera que fuera la forma de procurárselo. Era la mayor liberalidad fuera de la esfera política y la mayor cerrazón dentro de ella. El fundador hablaba, los siervos cercanos ejecutaban. La distribución del poder se daba en una renovación temporal que respetaba unos rituales rigurosos, y la distribución de las riquezas se efectuaba gracias a la corrupción generalizada. Todos parecían participar de la vida de la nación sin participar realmente en ella. Un orden riguroso salvaguardaba la permanencia del desorden: no era lo peor que tenían. Entre la ciudad ideal y la ciudad de locura, entre Utopía y el Erebo, México parecía haber encontrado un equilibrio hipócrita y salvador. Hasta que apareció por sus ventanas el mundo. Los seres de la noche descubrieron la luz y empezaron a desearla. Hablaron de legitimidad. No tenían costumbre de ella. Pocos entre ellos, de los que leen los libros ajenos y tienen conocimiento y experiencia de la vida del mundo, sabían que la ilegitimidad no era un impedimento para el buen gobierno. La legitimidad descansa sobre la condición primera del voto; luego, aparece la condición más difícil: que no haya nadie mejor que el gobernante para dirigir a los demás. Tal condición es prácticamente imposible de cumplir; de ahí se dedujo todo el pensamiento sobre la legitimidad del poder político en las naciones. La realidad es que ésta no se verifica nunca: cuando mucho tenemos una conveniencia práctica entre los sujetos y sus guías.

A la vez que buscaban el cumplimiento de esta primera regla, trataban de ampliar la participación de los ciudadanos en el mando pero, cuando la sabiduría no participa del poder, sólo se logra aumentar el número de aquellos que mandan, hasta la pérdida total de la efectividad del mando. Así, la autoridad desaparece y el Estado se dirige rápidamente hacia su ruina.

Los transformadores parecían ignorar que el proyecto que Occidente había parido no estaba ganando en sus propias casas, que su ciencia estaba en su espalda y bajo sus pies, y que abajo de todo ello, en los sótanos de la memoria de los hombres, está la cultura.

La desgracia llegó de sus miembros más arcaicos; el único obstáculo que no se creía temible ha sido fatal. La tontería histórica fue haber creído que ellos no estaban enraizados en tierras peligrosas. El saber y sus maestrías no han nacido de la nada y de cualquier lado: aparecieron por y sobre una cultura que los ha alimentado con su podredumbre acumulada a lo largo de milenios. Con paciencia, transcribieron sus rechazos. La impotencia venía ligada a la ira, como era natural. Todo ello se ve hoy tan claro y evidente que mueve a risa.

Por supuesto que los países necesitan de pórticos, rupturas, pasajes y límites, pero esto que ocurrió parece ir más lejos que una simple ruptura. Es la cruz destrozada de los males rotos. Un formidable rugido estalló. El sistema entero recibió una colisión y temblaron sus cimientos. Todo esto sólo fue un principio. La guerra siguió bajo otras formas. La rebelión se transformó en violencia y ésta alcanzó a la sociedad. El fuego nuevo se expandió por todas partes, revivificando viejas imágenes; movilizando discursos olvidados; devolviendo gestos antiguos; despertando mitos, rituales y leyendas; yendo a la búsqueda de sedimentos recubiertos por la tierra. Así es como la novedad que es ruptura, abandono de las ignorancias y de las opiniones pasadas, se vuelve a la vez renacimiento en la prehistoria.

Todo periodo de sacudidas mayores se acompaña de un caos lujoso. Esto no es extraño, es fatal; es la regla de la sexualidad que es a la vez vida y muerte, como si la lógica del combate político siguiera isomorfa a la lógica del deseo. Fuego por fuego, después de todo, éste se desplaza y las dialécticas se equivalen. La tragedia consiste en que, en estas epidemias, las bestias mueren numerosas, incluyendo a la bestia humana.

 

Índice

Elementos de una génesis
Los antecesores
La infancia de un pueblo
El movimiento
La mentira
La forma
La razón
El conocimiento
La universalidad
La atomización
Los hombres y su mundo
El individuo y la comunidad
La formación
Los indígenas
El mundo de las ideas
La libertad
La voluntad
La responsabilidad
La liviandad
La inferioridad
Lo posible, lo imposible, lo necesario
La naturaleza
La realidad
La verdad
El error
La moral
La justicia
La política
El accidente
El amor
La despedida

 

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