Introducción Violencia y civilización: ideas, tendencias. Ariel Rodríguez Kuri
I
Violencia es una categoría omnipresente en las humanidades y las ciencias sociales. Por esa razón, mal haríamos en dar por sentados sus usos y significados en la producción de conocimiento. Escapa a las posibilidades de este ensayo (un estudio introductorio a un volumen colectivo sobre las violencias mexicanas de las últimas décadas) plantear una mirada que no sea sólo aproximativa a la polivalencia del término como categoría de análisis y reflexión. Una respuesta de compromiso: violencia en potencia y en acto no explica toda interacción humana, pero constituye un horizonte, un panorama, desde cualquier punto de observación; violencia es una constante que atraviesa y configura un intenso y extenso debate en la antropología y la biología evolutiva, la etiología y el psicoanálisis, la filosofía y la ciencia política, la sociología y la historia militar, la política y los estudios de género. Sea un punto de fuga en lontananza o una realidad tangible e inmediata, la violencia parece signar el destino de hombres y mujeres.
Habitamos una paradoja: los procesos socioculturales y económicos más conspicuos de la época moderna han contribuido al aminoramiento de nuestras pulsiones de violencia. El comercio y la competencia económica; el Estado, la ley y la religión; los ritos civiles y la educación; las diversiones públicas y los modales de mesa, todos son (en ciertos aspectos y distintas medidas) sucedáneos y antídotos de la violencia: subliman, desvían, engañan, sustituyen, discuten, educan y, eventualmente, señalan zonas prohibidas, los tabúes. Este arsenal sociocultural se ha decantado al menos desde el siglo xv, aunque es probable que una mirada menos eurocéntrica corrija esa datación, y en grado sumo. El proceso civilizatorio, como lo llamó Norbert Elías, autor estandarte en esta perspectiva, es un conjunto de normas y comportamientos prescritos para inhibir y castigar, material y simbólicamente, la amenaza de violencia, la violencia como tal y su parafernalia. La hipótesis de Elías ha sido asumida —aunque no plenamente desarrollada— por algunos de los estudiosos de la violencia de las sociedades modernas. Es crucial reconocer que la recuperación de Elías y el uso de sus categorías y enfoques es reciente, y se remonta a unos 20 años.
Que el revival de Elías provenga de los estudiosos del crimen es de por sí un contrargumento contra aquellos que tempranamente lo rechazaron como autor “optimista”, atrapado en un darwinismo social tardío. Si aceptamos que el complejo y multivariable proceso civilizatorio es un inhibidor estratégico de la violencia, será entonces una prioridad la definición de las categorías y campos para identificar y operar la información empírica. Este programa intelectual es inmenso, pues toca —como se infiere de El proceso de civilización y de la obra toda de Elías— la historia del Estado y del gobierno, de la escuela y la iglesia, de la familia, las costumbres y el esparcimiento. Una definición tan amplia de un campo de conocimiento movería a la sospecha de inoperancia; pero es un hecho altamente probable la correlación entre el abatimiento de la violencia, de una parte, y el desarrollo de las formas estatales y de las modalidades, numerosas, de socialización y aculturación, de la otra.
La tasa de homicidio es el dato empírico importante (no el único, pero sí el más asequible, vistoso y comparable) para mostrar la atenuación de la violencia. Las series pluriseculares para Europa o los Estados Unidos, por ejemplo, muestran que la violencia homicida cobró dramáticamente menos víctimas en el último siglo que, digamos, hace 500, 300 o 200 años. En Europa (véase la gráfica 1) la tasa de homicidios se habría reducido de 40-50 por cada 100 000 habitantes en las centurias 1300-1500 a 1 por cada 100 000 a mediados del siglo XX.
El comportamiento de la tasa de los Estados Unidos, observada sólo para el siglo XX, ofrece inflexiones que vale la pena considerar (gráfica 2). Es importante subrayar que la tasa de homicidios en el siglo XX arranca con un registro bajo, se eleva consistentemente hasta la década de 1930 y luego disminuye a todo lo largo del New Deal y la Segunda Guerra Mundial. Es un hecho conocido, y que suscita importantes discusiones de orden teórico e historiográfico, el repunte de la tasa de homicidios en los Estados Unidos a partir de mediados de la década de 1950; ésta se habría duplicado en las décadas de 1980 y 1990, cuando rebasó los 10 homicidios por cada 100 000 habitantes.


Si la tendencia plurisecular indica un avance del proceso civilizatorio (medido en términos de una disminución de la violencia homicida), la mirada más detallada del homicidio en el siglo XX sugiere otra pregunta, esto es, las razones de las fluctuaciones que, en su escala, pueden ser enfáticas. Con ese enfoque, las comparaciones entre siglos (útiles para ciertos fines) se redirigen a aquellos procesos medidos en décadas, unos periodos que forman parte de las experiencias de vida compartidas por dos o más generaciones. La gran fluctuación de mediados del siglo XX constituye un problema de orden antropológico, historiográfico y sociológico, que algunos han llamado —exagerando un tanto la nota— “descivilizatario”. Canadá pasó de 1 homicidio por cada 100 000 habitantes en 1950 a 2.5 en 1975, para disminuir a 1.5 entre 1995 y 2000; ese cambio de tendencia acaeció de manera simultánea en Europa occidental y mediterránea, en una escala más cercana a la de Canadá que a la de los Estados Unidos: osciló entre 1 y 3 homicidios por cada 100 000 habitantes.
Disponer de una imagen en gran angular es necesario. También insuficiente. Vincular la historia de la violencia con la historia en el sentido más amplio del término requiere trabajar y explicar escalas medias y cortas de tiempo para recuperar la inteligibilidad de los procesos. Esas fluctuaciones, esos avances y retrocesos en el mediano plazo, demandan explicaciones detalladas y multifactoriales; las tendencias de largo plazo son impermeables a las angustias de los hombres y mujeres comunes, que viven las oscilaciones inmediatas como realidades tangibles y apremiantes en sus mundos de vida (y a veces como tragedias personales y comunitarias).

Carecemos de series que permitan exhibir las tasas de homicidios en el actual territorio mexicano en un enfoque de siglos (a la manera de los estudios de criminología histórica para Europa y los Estados Unidos). Disponemos, sí, de una imagen del fenómeno una vez estabilizada la sociedad luego de la Revolución. Como muestran la gráfica 3 y el cuadro 1 la disminución de la tasa de homicidios es notable a partir de la década de 1940. La disminución de la violencia homicida puede vincularse a la implantación y el desarrollo de los vectores del proceso civilizatorio (centralización y fortalecimiento de las tareas estatales de gobierno, incremento de la escolaridad, industrialización, urbanización); aún de manera más intuitiva que empírica, es posible suponer que los años dorados de ese abatimiento se corresponden con un cierto estilo y una cierta forma de desarrollo institucional, económico y social. Un estudio pionero sugiere que el aumento de la escolaridad impactó en la disminución de la tasa de homicidios en el medio siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial.
Un hecho es destacable en la evolución de los homicidios en México: el repunte de la tasa en los Estados Unidos, Canadá y Europa del periodo 1960-1990 no acaeció en México. Acá la trayectoria a la baja de la tasa es constante entre 1940 y mediados de la década de 2000. Teniendo a la vista la gráfica 3 y el cuadro 1, es obvio que algo mutaba en la experiencia mexicana según se acercaba el fin de siglo. La década de 1990 muestra una ralentización en la disminución de la tasa de homicidios para luego explotar al alza. Este comportamiento es de sobra conocido, pero rara vez se coloca en una perspectiva más amplia que permita aprehender las condiciones de posibilidad de una historia en clave civilizatoria.
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CUADRO 1 |
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Homicidios por cada 100 000 habitantes, promedio por décadas |
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Década |
Promedio |
Variación decenal |
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1930-1939 |
36.79 |
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1940-1949 |
30.33 |
-17.4 |
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1950-1959 |
21.34 |
-29.7 |
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1960-1969 |
14.82 |
-30.5 |
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1970-1979 |
11.28 |
-24.3 |
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1980-1989 |
9.02 |
-19.6 |
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1990-1999 |
8.84 |
-2.2 |
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2000-2009 |
9.19 |
+3.4 |
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Fuente: cálculos propios a partir de https://ppiccato.shinyapps.io/judiciales/ |
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La gráfica 4 ilustra la importancia de los cortes de mediano y corto plazo. Es probable que sea justo en esa distancia que puedan buscarse las claves de quiebres (de todo tipo), comportamientos e inercias. Como se observa, la disminución de la tasa de homicidios (esta vez calculada sobre los delitos y no sobre los presuntos delincuentes o sentenciados, como en la gráfica 3) es lenta pero constante desde 1992, para aumentar abruptamente a partir de 2008 y repuntar otra vez a partir de 2015. Con las precauciones del caso, podríamos decir que estamos ante un acertijo similar al que registra la violencia homicida en los Estados Unidos, Canadá y Europa occidental entre finales de la década de 1950 y principios de la de 1990 (aunque cambien las magnitudes y explicaciones): ¿por qué?
Quizá la tarea más urgente que se desprende de este repaso grueso de las magnitudes y ritmos de la violencia en México (la homicida, en este caso) es la necesidad de desagregar el enfoque civilizatorio en indicadores mesurables: qué variables, qué realidades, qué rupturas y qué continuidades marcan el aumento o la disminución de la violencia. En otras palabras, el estudio de las formas y magnitudes de la violencia debe vincularse a sus condiciones de posibilidad socioculturales. Esta vía exige investigaciones empíricas precisas, seguramente una mezcla de aproximaciones estadísticas, etnográficas, sociológicas, económicas, políticas, históricas e institucionales. El fenómeno, sobre todo en sus comportamientos recientes, necesita de algo más: una geopolítica en la cual las zonas sensibles (como fronteras, puertos, antiguas áreas de contrabando y siembra de estupefacientes, zonas de reciente poblamiento) se combinen con una perspectiva analítica donde se consideren los macro y microprocesos de socialización y aculturación, según éstos contribuyan (o no) al abatimiento de la violencia; se trata de reconocer, tensionar e interrogar las variables de la modernización mexicana: empleo, urbanización, educación, religiosidad, organización societal, familia y relaciones de género, y así por el estilo.
II
En el acto de pensar la violencia confluyen tópicos y autores de las ciencias sociales y humanidades; en su perspectiva éstos ofrecen pistas para un abordaje de esa realidad multifacética. Si de verdad Norbert Elías alimentó una teoría del proceso civilizatorio (y yo lo pienso así), esa empresa no se dio en un vacío ni sus altibajos posteriores acaecieron al margen de un desarrollo del tema en las ciencias del hombre (a veces marginal, a veces central). Como dije, una exploración sistemática del estado del arte sobre la violencia es una tarea improbable, y esta empresa se aleja aún más si se consideraran los retos teóricos y metodológicos que supone la articulación de la investigación histórica, de un lado, con los avances de las ciencias sociales, del otro. Propongo en cambio identificar campos de investigación que se intersecan en varios puntos. En pocos ámbitos de la investigación científica y la exploración cultural de la sociedad (de su pasado y de su presente) la dominancia del problema, del “objeto”, condiciona, redirige y multiplica modos y teorías. Probablemente no nos encontraremos ante una “ciencia” de la violencia, sino frente una articulación de saberes más o menos sistemáticos que pretenden dar cuenta de ella.
Hay sin duda pasiones y sesgos disciplinares en el estudio de la violencia. Los enfoques duros de criminología, de un lado, y de la antropología y la psicología evolutivas, del otro, tienden a desdeñar el corpus que explora la fundación mítica y trágica de la cultura y la sociedad, como si esa noción fuese acientífica o anacrónica. Pero una fundación es un presente, no un pasado; en calidad de hecho cultural total, la fundación es una proyección (en este caso, ominosa) del pasado en el presente. Coincido con Elías Palti: “la configuración de una comunidad […] ya no resulta de un acto único originario, sino que es concebida como un proceso que opera a espaldas de los sujetos determinando el carácter de sus orientaciones normativas”. Al considerarla una entelequia metafísica, sin anclaje empírico, el mito de la violencia originaria (un mito universal de las culturas) pierde su función, al mismo tiempo subrepticio y eficaz, como estructurador del orden; la idea de reducirlo a una categoría mesurable, tangible en el sentido pedestre del término, es desmesurada e inútil. Esta demanda supone abandonar ideas y conceptos, e incluso recursos de método, que son pertinentes en el estudio de la violencia contemporánea.
Una distinción útil entre mito y tragedia la debemos a René Girard, e ilustra una tensión fundamental en el estudio de la violencia. Lo mítico es lo recibido, lo heredado, lo impuesto, un orden que somete sin apelación a hombres y mujeres. En ese dominio, la violencia es una realidad densa, insuperable, inmerecida, una sombra que todo lo cubre. Desde esta perspectiva, el orden humano es ciego y sordo; pertenece a los dioses, no a los hombres. En cambio, la violencia trágica, la que trasmiten autores como Sófocles y Eurípides o algunos profetas del Viejo Testamento, es un revisionismo, una crítica temprana (quizá la primera culturalmente relevante) del mito. La escritura trágica es una disección, una rebelión de los hombres contra la violencia inapelable, cerrada y total que ha impuesto el mito.
Con la tragedia nos situamos en los orígenes de una ciencia de la violencia o, al menos, de una sabiduría. Poetas y profetas se rebelan contra la idea de que la violencia es ajena a los hombres y las mujeres, de que está dominada por la voluntad de entes exógenos. Poetas y profetas fracasarían, si de domesticar la violencia comunitaria se trataba (de ahí que el género sea trágico); en cambio dejaron establecido el tema, el punto de fuga de la arquitectura del poder, del vocabulario público y, en el fondo, de la indagación sociocultural y científica de la violencia. La pregunta será entonces cómo la comunidad entiende y gestiona sus pulsiones de autodestrucción. Y mucho se avanzó, desde un punto cognitivo, cuando hombres y mujeres se rebelaron contra los dioses. En ésas estamos los contemporáneos; en último análisis, suponemos que la violencia es cognoscible y gobernable; asumimos que hay políticas y tecnologías de las que podamos hacer uso.
En Girard la violencia surge siempre de una crisis que rompe las jerarquías, que hace estallar el sistema de diferencias que llamamos cultura; la violencia se precipita cuando se anula la diferencia, cuando la identidad total se apodera de los hombres y mujeres de una comunidad. Uno de los motivos preferidos de Girard es la de los hermanos enemigos (más aún si son gemelos): éstos representan la identidad plena, la indiferenciación radical, que es el modo más potente de su destrucción. La violencia, la que importa, es fratricida porque surge de y se dirige a los que son idénticos. Girard, el antropólogo que ha leído a los profetas del Viejo Testamento, a los trágicos griegos, a Shakespeare, a Dostoievski, a Freud, debe ser entendido, ultima ratio, como un referente absolutamente definitivo en la exploración de lo que llamamos crisis de autoridad. Y la crisis de autoridad subyace y determina muchas de las formas de violencia contemporánea.
En términos más amplios, podemos asumir que el saber pedestre de las sociedades, de un lado, y las sublimaciones de las disciplinas intelectuales y artísticas, del otro, obtenían consecuencias de un hecho llano: el constructo sociocultural se erige para administrar la violencia y encarar las posibilidades de autodestrucción comunitaria; tal vez éste no sea su único cometido, pero es uno principalísimo. No es una inferencia válida asumir que el constructo erradica la violencia; no tiene potencia para tal cosa: sólo la gestiona, las administra. Pero justo por eso debe existir una historia de la violencia y de sus condiciones de posibilidad, no sólo una antropología. Las condiciones socioeconómicas y culturales de la violencia, sus ritmos, sus consecuencias, sus artífices y víctimas, sus alcances, son irrepetibles según tiempo y lugar.
Todas las operaciones para atajar la violencia, ejercicio colosal por sus alcances civilizatorios, se sustentan en una panoplia de dispositivos y repertorios. Es un esfuerzo formidable para ocultarla y, al mismo tiempo, alertarnos sobre su inminencia —olvido y síntoma—. Una consecuencia de orden metodológico: es necesario un programa de investigación de la violencia que amplíe los contactos transversales, un diálogo entre las ciencias sociales (de manera notable la antropología política) y la historia. Se trata de introducir el acervo de las humanidades (estudios del mundo antiguo y las religiones; la filología y la lingüística; la antropología histórica) en nuestro entendimiento de la violencia contemporánea. No es una coartada erudita, sino una necesidad apremiante de ensanchar nuestras capacidades analíticas. Hay ejercicios aleccionadores al respecto.
Ese proyecto encuentra resistencias en el universo sumamente competitivo de las ciencias contemporáneas, en especial en esas zonas donde varios campos de conocimiento se tocan sin que esté a la vista una síntesis. El legado de Sigmund Freud es ejemplar al respecto; éste no goza hoy de todos los prestigios, sobre todo cuando se practica un deslinde esnob, que disputa su estatus científico a costa de sus contribuciones a un saber denso de la violencia. Los estudios contemporáneos de la violencia se han enriquecido de las perspectivas y categorías psicoanalíticas en el estudio del proceso civilizatorio. En la medida en que sus imágenes y sus narrativas han debido nutrirse en la rebelión trágica (con las características que atribuí), el psicoanálisis es por sí mismo una plataforma de observación y de enunciación de la violencia: deseo, tabú, autoridad, homicidio (y sus negaciones y antídotos) están ahí, disponibles para el antropólogo, el sociólogo, el historiador. Y si ciertas limitaciones están a la vista (la interfase entre el individuo, el grupo y la comunidad es especialmente ardua), su plasticidad y ductilidad analítica siguen siendo prometedoras. Quizá el énfasis deba estar en la lógica más íntima del psicoanálisis, en el juego de sus categorías, más que en explicaciones causales directas —más en la sintaxis que en la frase—.
Un ejemplo: la noción de padre, ese autócrata primigenio que ha impuesto el orden y el terror disciplinario en la horda. Su omnipotencia (imaginaria), dice Freud, es sagrada en los dos sentidos del término: “sacer no sólo significa ‘sagrado’, ‘santificado’, sino también algo que sólo atinamos a traducir por ‘abyecto’, ‘execrable’ (auri sacra fames)”. El padre es sagrado y execrable. Esta economía de las relaciones intergrupales es fundamental. La autoridad se tiene o no se tiene; se ejerce o ya no se puede ejercer. La autoridad: se teme, respeta y obedece, o se elimina y sustituye. Tal es su marca íntima, y tal es su fragilidad: el padre está en todo momento al alcance de los hijos, que lo obedecerán o expulsarán (una forma de asesinato). En esa clave pueden leerse textos como Tótem y tabú (1913) y Moisés (1939), es decir, exploraciones de las fundaciones político-religiosos de la autoridad y esclarecimiento de sus condiciones de posibilidad y de sus límites: ambos textos están cruzados por la violencia en potencia o en acto, que amenaza a la familia, al grupo, a la tribu, a la sociedad. La paradoja consiste en que la consagración de la autoridad estableció asimismo la desobediencia y la rebelión. El psicoanálisis ha mantenido lo ominoso en el centro, y lo ominoso es la estación obligada en el estudio de la violencia como fenómeno colectivo. Ominoso: mal augurio, promesa de dolores y angustias, concreción de lo abominable, malestar profundo e innombrable, es una categoría pertinente en la medida en que advierte sobre la urgencia de disponer de mecanismos para atajar, precisamente, la violencia. Regresamos a la intuición primaria: la comunidad está expuesta, siempre, a una conflictividad potente, autodestructiva, catalizada por su proclividad a la indiferenciación cultural.
La figura del homo sacer es otra puerta de entrada al estudio de la violencia. Esta figura proviene del derecho romano más arcaico, pero adquiere especial pertinencia como método de acercamiento y tematización de la violencia moderna. Homo sacer: el sujeto cuyo homicidio está autorizado por la ley y la autoridad, y cuya muerte corre a cargo de cualquier individuo; este último, se entiende, será impune, esto es, no se aplicarán en él los recursos estatales punitivos. Como concluye Giorgio Agamben el homo sacer no sólo autoriza el homicidio del proscrito por cuenta de un particular, sino que prohíbe enfáticamente cualquier rito estatal o religioso en torno a su asesinato y a la disposición del cadáver. Esto es crucial: el homo sacer —se infiere— suscita una situación ágrafa, una omisión obligatoria de todo registro (del asesinado, del homicida, de las circunstancias); el acto homicida no será consagrado, registrado, memorizado. Homo sacer es silencio.
Las consecuencias de la tesis de Agamben son profundas y amplias. En los intersticios de las tipificaciones de homicidio que sancionan el Estado y la ley modernas el homo sacer ha persistido y, como si dijéramos, proliferado. Piénsese en el campo de concentración del siglo XX, en donde el prisionero puede ser asesinado y el homicida será impune, al menos según las leyes de su propio Estado. Piénsense en las circunstancias extraordinarias como las guerras civiles y los procesos globales que constriñen y extenúan los recursos de los Estados (a la manera del tráfico de drogas, de personas o de armas), en las cuales una fracción de la población (combatiente o no; criminal o no) habita una franja socioespacial y de comunicación en la que su asesinato será impune, en la forma léxica de daño colateral, guerra sucia o ajuste de cuentas.
Las mutaciones y reacomodos de las mentalidades y sensibilidades dejan huellas, indicios. La secularización —tema oculto de casi toda exploración política, social, histórica contemporánea— es uno de los asuntos más arduos del proceso civilizatorio. Las implicaciones de la secularización para el estudio de la violencia y sus formas son inmensas. Quizá la aproximación de Gino Germani sea una de las más fecundas: la secularización es un proceso de emancipación de la voluntad y de las capacidades cognitivas de hombres y mujeres respecto a las prescripciones de los regímenes político, económico y simbólico. En otras palabras, la secularización es una desnaturalización y un desencantamiento del orden heredado. La secularización se despliega en tres planos, que definen horizontes de expectativas en el mundo moderno: incremento de la autonomía de hombres y mujeres respecto a los patrones de conducta dictados por las iglesias y el pensamiento religioso; discernimiento crítico respecto a las normas de conducta que dictan instituciones políticas que representan imperfectamente el orden político moderno, en lo que tiene éste de igualitario y democrático; en fin, crítica y distanciamiento de las normas que consagran desigualdades sociales y económicas, que hasta entonces se presentaban como de origen “divino” o “natural”.
¿Cómo es que la secularización se proyecta como variable en el estudio de la violencia? Es así porque tiende a debilitar los comportamientos recibidos y configura otros que tienden a organizarse alrededor de la elección. Pero la secularización engarza con la teoría civilizatoria a la Elías de manera contraintuitiva, esto es, según avanza la secularización, la violencia homicida disminuye. La secularización acompaña, complementa y refuerza el proceso de civilización y el abatimiento de la violencia homicida desde el siglo xvi. Ello no obsta para reconocer que las sociedades y culturas secularizadas son un equilibrio inestable, propensas a formas pulsionales de violencia, a estallidos cuyas causas no son claras o siquiera medianamente conscientes para sus protagonistas.
Dos de esas pulsiones engarzan con un análisis panorámico: thymos y anomia. Thymos es el impulso de un individuo o grupo por encontrar reconocimiento en los otros, visibilidad pública, voz audible y entendible en la comunidad; es el ego que requiere de los otros. El thymos se traduce en una lucha por el ensanchamiento del dominio de lo político en favor de los que hasta entonces no habitan ese campo o no lo habitan con todos los derechos y legitimidades. Como sabemos, el reconocimiento de nuevos actores y sus demandas en las sociedades modernas ha sido un proceso arduo, de negativas enfáticas y contraofensivas de las élites. Sin duda, la búsqueda del reconocimiento, de visibilidad pública, de inclusión, tiene un potencial de violencia. ¿Cómo reeducar la mirada de los otros para que atiendan lo que ya está ahí, pero es invisible, en todo caso indiferente?
Así, el thymos genera situaciones paradójicas. Éstas fueron reconocidas por Hannah Arendt con motivo de las protestas juveniles y estudiantiles de la década de 1960: las manifestaciones públicas de violencia, aquéllas en las cuales existe un mínimo de autocontrol en los actores, suelen ser exitosas en la construcción de una esfera pública ad hoc, y eventualmente en la conquista de reformas; el “desorden” callejero cuyo objetivo no es el homicidio sino la producción de una violencia simbólica, necesariamente visible (desde la calle y otros lugar públicos y a través de los medios de comunicación), es una dimensión que debe ser considerada, incluso para entender formas ulteriores de violencia más intensa. El hecho de que la violencia haya sido observada y clasificada desde su gestación en algunos movimientos sociales, y luego seguida en su radicalización como violencia política desde la clandestinidad, no implica que tal sea el destino de toda violencia “pública”. Hay violencias cuyas formas e intensidades son asimilables en la comunicación pública de la sociedad.
La otra pulsión es la anomia, ese terminajo guardado en el cajón de sastre de las ciencias sociales desde hace más de un siglo. La anomia es, a mi entender, una reconfiguración y condensación del proceso de secularización. Su invocación, muy problemática y discutida en los anales del debate sociológico, la debemos a Emilio Durkheim, aunque es probable que la haya tomado de un pensador hoy olvidado, Jean-Marie Guyau. Usualmente se ha presentado la anomia como expresión de una desorganización básica de la sociedad, cuando la norma (legal o de otro tipo) no es capaz de regular a los individuos, y aparecen los comportamientos “desviados” (la violencia, entre ellos). Como en el caso de Homo sacer, la anomia es un término arcaico, resignificado por Durkheim en las postrimerías del siglo XIX. El término aparece ya en textos de la Grecia clásica, en el Viejo Testamento, y en Shakespeare y autores del siglo isabelino.
Su acepción común, la más difundida en ciencias sociales, proviene de su tratamiento por la sociología estadunidense del periodo de entreguerras; debido a la sospecha de que esa sociología habría estado —al menos eso se dice— más interesada en la consolidación de un modo de vida que en su crítica, esas aportaciones fueron minusvaloradas por décadas. Sin embargo, el planteamiento de Robert Merton, de 1938, encierra aún posibilidades para el estudio de la violencia: la anomia como desajuste, extravío, desfase valorativo y práctico entre medios y fines. Si el enriquecimiento personal, el bienestar material de la familia, el futuro iluminado del individuo y su entorno son metas válidas en la sociedad capitalista moderna, ¿cómo elegir, acotar y gobernar los medios para tal fin?; ¿qué poder tienen los arreglos institucionales y las reglas morales para, sin negar la legitimidad de los fines, mantener esos medios bajo control y definir dispositivos que eviten el despojo, el robo, el fraude, el homicidio?; ¿cómo gobernar esos medios para que no se traduzcan en violencia? El valor analítico de la anomia en el estudio de la violencia, sugiero, es que está enraizada en la esfera de lo privado, justo en sentido contrario al thymos, que por su naturaleza suele proyectarse desde el espacio público. Así, la anomia se convierte en una interfase para entender las pulsiones de violencia desde ámbitos que la sociedad moderna, capitalista, reservan a la esfera privada, como la familia, la empresa, las asociaciones voluntarias a la manera de las gremiales, culturales o sociales.
Los usos de la anomia en Merton, sin que se haya reconocido a plenitud, explican el reposicionamiento de la anomia en la sociología a partir de la década de 1980, y su utilización en el estudio de ciertas formas disruptivas graves. Como dije, sus antecedentes semánticos y filológicos conectan con la idea, todavía más antigua, de la anomia como pecado secular: esa desmesura cotidiana, esa ambición sin límites, ya identificados en los estudios del mundo clásico mediterráneo, veto testamentario o renacentista. Estas interpretaciones asumen que el individuo es un sujeto deseante que, por sí y ante sí, no encuentra límites; en otras palabras, la anomia es pasión de infinito y como tal una fuerza subversiva del orden social y cultural contemporáneo. No escapan a nadie las implicaciones de esta enunciación para el estudio de la violencia. Empíricamente, la anomia es otra vez una pulsión, un deseo que arrastra a hombres y mujeres allende sus límites, sus propios límites aprendidos en la didáctica civilizatoria. Dinero, poder, imagen, objetos, territorio son algunos de los objetos/fetiches de ese deseo. No es difícil concluir que la anomia como pasión de infinito engarza bien con casi todas las formas de capitalismo conocido, y que las reglas para éste —cuando existen— suelen ser reactivas. Y si lo anterior es más visible (de ninguna manera exclusivo) en los ámbitos empresariales de mercados ilegales (drogas, armas, personas, por ejemplo), no obsta para una discusión más amplia, esto es, para plantear el asunto de las relaciones entre ambición y violencia.
Otro problema entreverado: ¿cómo abordar el asunto siempre arduo de la justificación de la violencia (de su legitimidad, por decirlo así)? No se trata sólo de un juicio moral, que atañe únicamente a la violencia política. Para Hannah Arendt la violencia interrumpe un comportamiento de otra suerte predecible; en este sentido, la violencia es un hecho, es instrumental a un fin (despojar a una persona de su dinero, matar a alguien por una venganza, llamar la atención sobre un asunto que, se supone, es de interés colectivo). Su legitimidad, su ilegitimidad son entelequias en virtud de que corresponden a otros dominios: los de la ley, el poder y el gobierno, sobre todo. Cuando atribuimos legitimidad o ilegitimidad a la violencia en realidad la atribuimos a su contexto, a sus motivaciones, a sus modos y tiempos, a sus actores; pero estas circunstancias son inteligibles sólo como resultado de operaciones que anteceden, suceden o se superponen al acto violento. La violencia —infiero de Arendt— es ejercida por quien tenga la voluntad, esté en el lugar apropiado y tenga la fuerza y los recursos materiales.
En el mundo moderno la distinción entre violencia criminal y política es imprescindible, pero siempre que reconozcamos que esa distinción puede difuminarse. En aras de una mínima claridad, diríamos que la violencia criminal está dirigida contra la integridad física de uno o varios individuos y contra su patrimonio (pecuniario, moral, religioso). La violencia política estaría dirigida contra representantes, símbolos o procesos consustanciales a un orden de autoridad y obediencia determinado, o a sus detractores y disidentes, con el fin de suprimir o modificar su voluntad o simplemente eliminarlos o expulsarlos del reino. En ambos casos puede haber uno o más perpetradores de la violencia, y ésta puede ejecutarse de manera espontánea o planeada. El quid es que la violencia supone el uso de la fuerza física (que incluye la utilización de instrumentos habilitados como armas) para imponer una situación que nulifica o distorsiona la voluntad del otro (o de los otros).
Hay razones para perseverar en la distinción entre violencia criminal y la política. Para Elías Palti, desde la crisis de representación del barroco europeo en el siglo xvii quedó definido un espacio específico para la política, un locus del conflicto y la mediación entre comunidad y autoridad. Sugiero que ese proceso singular, ese lugar específico de lo político, con sus prácticas e imaginarios, permite la adjetivación de un cierto tipo de violencia como política, y consolida una zona propia de análisis. La empresa no es sencilla, sin embargo; para empezar, la violencia política debe ser descompuesta en subcategorías que recogen de manera aproximada sus modalidades y grados. Como sabemos, en el argot contrainsurgente del siglo XX, y hay ejemplos para otras épocas, grupos armados que claramente expresaban una justificación política para sus actuaciones fueron acusados de todos modos de ser bandas de criminales.
Esa bifurcación de la violencia tiene consecuencias directas en su estudio. Una, esencial, es que permite procesar coyunturas extraordinarias con la potencia de cambiar tendencias, pero sobre todo exige de nuestra mirada una perspectiva amplia y una sensibilidad especial por los detalles y el momento. Keith Lowe ha calculado que el asesinato extrajudicial de colaboracionistas en los países liberados de la ocupación nazi, a partir del segundo semestre de 1944, tuvo un impacto en el ambiente de la inmediata posguerra europea, aunque con notables diferencias nacionales: en Países Bajos un colaboracionista fue asesinado por cada 100 000 habitantes; en Bélgica, más de tres; en Francia, 22; en Italia, entre 36 y 44 por cada 100 000 habitantes.
Aunque difícilmente se encuentra otra coyuntura como la del fin de la Segunda Guerra Mundial, el hecho es que el contexto puede imprimir un sentido y una intensidad a la violencia en general, y a la homicida en particular, que puede diluirse con rapidez o, para mal, enquistarse en las prácticas políticas o sociales, a veces como sucedáneo de las prácticas judiciales. En general, es tenue la referencia que hacen los estudios criminológicos duros a la violencia política; más aún, se podría sospechar que es una indiferencia sintomática. No es que esta clase de violencia, en los casos europeos o el estadunidense (e incluso el latinoamericano), necesariamente incida en los grandes números de homicidios, sino que contribuye a perfilar un estado de ánimo sociocultural que debe ser considerado. El seguimiento de las tendencias seculares de la violencia que no atienda los contextos de alta conflictividad política (más allá de su incidencia cuantitativa) acaba por ofrecer una imagen limitada, aséptica.
Parafraseando a Giorgio Agamben, diríamos que el estudio de la violencia debe navegar, con más frecuencia de la imaginada, en los mares de la iconología. Es otra vía de acceso al estudio de la violencia. Las imágenes de la violencia son un campo de estudio que refleja tanto una situación sociocultural como la proyección de una realidad que recoge insumos, energías y sentido de los medios y las representaciones colectivas. Las imágenes de violencia circulan en ocasiones emancipadas de sus soportes materiales. Más importante aún, ciertas formas de violencia criminal y política son performativas, esto es, su intención es modificar comportamientos en individuos y grupos que son diferentes a las víctimas inmediatas. Las percepciones y representaciones de la violencia son fenómenos que generan estrés, angustia y, sobre todo, producen realidades políticas; esas percepciones y representaciones no necesariamente se corresponden con sus anclajes sociológicos, estadísticos o geográficos.
Fernando Escalante Gonzalbo ha reparado en las exageraciones, descuidos e irresponsabilidades de un periodismo de baja intensidad y mala calidad que circula ampliamente en las sociedades contemporáneas. Escalante Gonzalbo reconstruye la lógica de representación del crimen en la prensa, las consultorías, la academia y las agencias gubernamentales. Las razones de ese fenómeno son diversas: las dificultades intrínsecas en el arte de medir lo prohibido, una materia informativa que vende más desde el sensacionalismo, y los intereses políticos y pecuniarios creados en torno al combate al narcotráfico internacional y a otras formas de criminalidad. No argumento que tengamos una imagen mediática del crimen y la violencia que falsea sin más la realidad. El problema es el control metodológico de las imágenes de violencia, vivas por sí y ante sí en los imaginarios sobresaturados de los públicos, y que son objeto de un uso político, ideológico y comunicativo.
III
Los 11 estudios que se publican en este volumen son una exploración de la historia de la violencia en México en los últimos 70 años. En la concepción primera de este proyecto no existió ningún ánimo exhaustivo; se comprendió desde un principio que era necesario proceder por calados, esto es, exploraciones de ciertos asuntos y fenómenos para tener imágenes coherentes de episodios y procesos que bien podían ser considerados como casos y representaciones de la violencia política y criminal, o bien de políticas o actitudes gubernamentales que directa o indirectamente se referían a prácticas violentas.
Hemos partido de la certeza de que ese continente problemático que llamamos violencia, en México o en cualquier otro lugar, presupone no dar por sentados y asumidos los significados y papeles atribuidos. El fenómeno de la violencia es demasiado añejo, extendido y fluctuante (en la academia, los medios de comunicación y el habla cotidiana) como para incurrir en la actitud un tanto naif de no presentar, somera y esquemáticamente, algunas definiciones básicas. En esta introducción se ha dejado la palabra a autores clásicos o que se consideran indispensables en una discusión actualizada y pertinente de la violencia como horizonte intelectual y conceptual. Esta decisión responde a la asunción de que en ocasiones el sentido y la significación de términos y conceptos esenciales, en medio y como resultado no deseado del debate público, se deterioran y llegan a degradarse al grado de ser irreconocibles o carentes de valor analítico. Tal es el caso de la palabra violencia. En esta introducción, violencia (sea concepto, idea u horizonte de reflexión), de innegable carga emocional y política en cualquier contexto, se presenta a la manera de un prolegómeno del volumen; sus alcances y su polisemia no pueden ser resueltos, ni qué decir, pero al menos queda establecida su importancia, que se proyecta desde algunos autores que han explorado las relaciones entre violencia, cultura y sociedad.
Otro término crucial es civilización. No aparece de manera explícita en los capítulos de este libro, pero es un asunto de responsabilidad académica considerarlo como uno de los grandes temas asociados al estudio de la violencia (mexicana o cualquier otra). Como se explica antes, algunos estudios recientes de antropología, ciencia política, criminología y sociología han manejado simultáneamente violencia y civilización, pero no ha sido un simple maridaje sino un proceso complejo de distanciamiento y complementariedad. Enunciado de manera esquemática, civilizar es disminuir o neutralizar las pulsiones y prácticas violentas de una cultura; esta interpretación, que de manera incremental hacen criminólogos y otros científicos sociales, proviene del andamiaje conceptual recibido de Norbert Elías (1897-1990).
Si las violencias mexicanas exigieran un programa de investigación a desarrollarse en los tiempos por venir, aquél consistiría justamente en un rastreo y una reconstrucción de los altibajos del proceso civilizatorio. Esa historia seguramente tendría como matriz conceptual la obra de Elías, pero exigiría en adelante la construcción y el refinamiento de los indicadores empíricos y de los conceptos mismos. En este sentido, tal empresa requeriría integrar los hallazgos en campos como la historia de la propiedad agraria; la intervención estatal en la regulación de mercados, conflictos y acceso a recursos (suelo, agua, energía); la educación; las nuevas y viejas religiosidades; los ritos cívicos; la potencia y los recursos materiales de los gobiernos; etcétera. Pero esa historia, más allá de los puntos de un programa, deberá ser consciente de que la pulsión de violencia es impredecible; de lo contrario, la violencia no exhibiría esa cualidad que la distingue por sobre cualquier otra: su ser ominoso.
ÍNDICE
Introducción. Violencia y civilización: ideas, tendencias. Ariel Rodríguez Kuri
PRIMERA PARTE:
VIOLENCIA CRIMINAL: INFRAESTRUCTURAS, TENDENCIAS Y RESPUESTAS
I. El ejército paralelo: las defensas rurales y el orden político en México, 1920-2020. Mariano Sánchez Talanquer
II. Ni monopolio ni legitimidad: los usos de la violencia extralegal en el México de la posguerra (1945-1960). Gema Kloppe-Santamaría
III. El Estado, las drogas y la violencia en México, 1970-1982. Benjamin T. Smith
IV. Las autodefensas michoacanas (2013-2015): ¿levantamiento popular o defensa del orden del narcotráfico regional? Marco Estrada Saavedra
SEGUNDA PARTE:
SIGNIFICADOS IMPUTADOS Y REPRESENTACIONES
V. Normales rurales: orígenes y consolidación de una leyenda negra. Tanalís Padilla
VI. Violencia política, opinión pública y lucha revolucionaria. El asedio contra tres voces del periodismo: de Manuel Marcué Pardiñas, Víctor Rico Galán y Mario Menéndez Rodríguez. Verónica Oikión Solano
VII. Del western al cine de narcos. O de cómo la violencia criminal se apoderó del cine mexicano en los ochenta. Israel Rodríguez
TERCERA PARTE:
DE LA VIOLENCIA POLÍTICA
III. Enunciación de la violencia política. Monterrey y la Liga Comunista 23 de Septiembre. Ariel Rodríguez Kuri
IX. La Liga Comunista 23 de Septiembre en el Cuadrilátero de Oro. Un experimento foquista parcialmente exitoso (1973¬1975). Adela Cedillo
X. Los conflictos armados en América Central y las derechas en México (1979-1991). Gerardo Sánchez Natera
CUARTA PARTE:
HACIA UNA SÍNTESIS Y UN PROGRAMA
XI. “Tierna bestialidad”, o cómo (re)pensar el proceso de conformación del Estado mexicano (ca. 1945-1980). Wil G. Pansters