ADVERTENCIA AL LECTOR
Algunos restos de leyes de un antiguo pueblo conquistador, recopiladas por orden de un príncipe que hace doce siglos reinaba en Constantinopla, mezcladas después con ritos longobardos, y envueltas en farragosos volúmenes de privados y oscuros intérpretes, forman aquella tradición de opiniones que en gran parte de Europa tiene todavía el nombre de leyes; y es cosa tan común como funesta ver en nuestros días que una opinión de Carpzovio, un uso antiguo señalado por Claro, un tormento sugerido con iracunda complacencia por Farinaccio, sean las leyes obedecidas con seguridad y satisfacción por aquellos que para regir las vidas y fortunas de los hombres deberían obrar llenos de temor y desconfianza.
Estas leyes, resabios de los siglos más bárbaros, se han examinado en este libro por la parte que corresponde al sistema criminal, y cuyos desórdenes se intenta exponer a los directores de la felicidad pública con un estilo que espanta al vulgo no ilustrado e impaciente. La ingenua averiguación de la verdad, la independencia de las opiniones vulgares con que se ha escrito la obra, es un efecto del suave e iluminado gobierno bajo el cual vive el autor. Los grandes monarcas, los bienhechores de la humanidad que nos rigen, aman las verdades expuestas por los oscuros filósofos con una sencillez vigorosa, opuesta al impulso fanático de aquellos que se prevalen de la fuerza o de la industria, rechazados por la razón; y los desórdenes presentes son, para quien bien examina todas las circunstancias, la sátira y zaherimiento de las edades pasadas, y no de este siglo ni de sus legisladores.
Cualquiera que quisiere honrarme con su crítica, empiece, pues, por conocer bien el fin a que se dirige esta obra: fin que conseguido, bien lejos de disminuir la legítima autoridad, serviría para aumentarla, si puede en los hombres más la razón que la fuerza, y si la dulzura y la humanidad la justifican a los ojos de todos. Las críticas mal entendidas que se han publicado contra este libro se fundan sobre confusas nociones, y me obligan a interrumpir por un instante mis razonamientos a los sabios lectores a fin de cerrar de una vez para siempre toda entrada a los errores de un tímido celo, o a las calumnias de la maligna envidia.
Tres son los manantiales de donde se derivan los principios morales y políticos reguladores de los hombres. La revelación, la ley natural y los pactos que establecen la sociedad. No hay comparación entre la primera y las otras con relación a su fin principal; pero son semejantes en que conducen las tres a la felicidad de esta vida mortal. Considerar las relaciones de la última no es excluir las relaciones de las dos primeras; antes bien, puesto que estas, sin embargo de ser divinas e inmutables, fueron depravadas de mil modos en los entendimientos de los hombres, admitiendo estos malamente religiones falsas y arbitrarias nociones de virtud y de vicio, así parece necesario examinar separadamente de toda otra consideración lo que nazca de las puras convenciones humanas, o expresas o supuestas por la necesidad y utilidad común; idea en que toda secta y todo sistema de moral debe necesariamente convenir; y será siempre laudable empresa la que contribuyese a reducir aun a los hombres más incrédulos y porfiados, para que se conformen con los principios que los impelen a vivir en sociedad. Hay, pues, tres distintas clases de vicio y de virtud: religiosa, natural y política. Estas tres clases no deben jamás tener contradicción entre sí, pero no todas las consecuencias y obligaciones que resultan de una resultan también de las otras. No todo lo que pide la revelación lo pide la ley natural, ni todo lo que esta pide lo pide la pura ley social, siendo importantísimo separar lo que resulta de los pactos tácitos o expresos de los hombres ya que ahí están los límites de aquella fuerza que puede ejercitarse legítimamente entre hombre y hombre, sin una especial misión del Ser supremo. Así, pues, la idea de la virtud política puede sin defecto llamarse variable; la que resulta de la virtud natural sería siempre limpia y manifiesta si las pasiones o la flaqueza de los hombres no la oscureciesen; pero la que dimana de la virtud religiosa es siempre una y constante, pues es revelada por Dios inmediatamente y está conservada por Él mismo.
Sería, pues, un error atribuir a quien habla de convenciones sociales y de sus consecuencias principios contrarios a la ley natural o a la revelación, toda vez que no se ocupa de estas. Sería un error en quien, hablando del estado de guerra antes del estado de sociedad, lo tomase en el sentido hobbesiano, esto es, sin ninguna razón ni obligación anterior, en vez de tomarlo por un hecho nacido de la corrupción de la naturaleza humana y de la falta de un establecimiento expreso. Sería un error imputar delito a un escritor que considera las consecuencias del pacto social el no admitirlas antes del pacto mismo.
La justicia divina y la justicia natural son por su esencia inmutables y constantes, porque la relación entre dos mismos objetos es siempre la misma; pero la justicia humana, o sea la política, no siendo más que una relación entre la acción y el vario estado de la sociedad, puede variar a proporción que se haga necesaria o útil a la misma sociedad aquella acción; ni se discierne bien sino resolviendo las complicadas y mudables relaciones de las combinaciones civiles. Pero si estos principios, esencialmente distintos, se confundieren, no hay esperanza de raciocinar correctamente en las materias públicas. A los teólogos pertenece establecer los confines de lo justo y de lo injusto en la parte que mira la intrínseca malicia o bondad del pacto; y al publicista determinar las relaciones de lo justo o injusto político, esto es, del daño o provecho de la sociedad. Ni un objeto puede perjudicar al otro, porque es manifiesto cuánto la virtud puramente política debe ceder a la inmutable virtud dimanada de Dios.
Cualquiera, repito, que quisiere honrarme con su crítica, no empiece suponiendo en mí principios destructores de la virtud o de la religión, pues tengo demostrado no ser tales los míos, y así, en lugar de concluirme incrédulo o sedicioso, convénzame de ser mal lógico o de imprudente político; no se amotine por las proposiciones que sostengan el interés de la humanidad; hágame ver la inutilidad o daño político que pueda nacer de mis principios y la ventaja de las prácticas tradicionales. He dado un público testimonio de mi religión y de mi sumisión a mi soberano con la respuesta a las Notas y Observaciones; sería superfluo responder a otros escritos semejantes; pero quien escribe con aquella decencia que tanto conviene a hombres honestos, y con aquellos conocimientos que me dispensen de probar los primeros principios, de cualquiera clase que fueren, encontrará en mí, no tanto un hombre que procura responder, cuanto un pacífico amante de la verdad.
Los hombres abandonan de ordinario la elaboración de las reglas más importantes a la prudencia cotidiana, o a la discreción de aquellos cuyo interés está en oponerse a las leyes más providentes, que por naturaleza hacen universales las ventajas, y se resisten a tal esfuerzo, por el que tienden a condensarse en pocos, poniendo a una parte la suma del poder y de la felicidad, y a otra toda la debilidad y la miseria. Por eso, solo después de haber pasado a través de mil errores en las cosas más esenciales para la vida y la libertad, tras la molestia de sufrir los males llegados al extremo, se ven inducidos a remediar los desórdenes que les oprimen y a reconocer las más palmarias verdades; las cuales precisamente escapan por su simplicidad a las mentes vulgares, no habituadas a analizar los objetos, sino a recibir sus impresiones todas de un golpe más por tradición que por examen.
Abramos las historias, y veremos que las leyes, que son, o debieran ser, pactos de hombres libres, no han sido por lo común más que el instrumento de las pasiones de unos pocos o nacieron de una fortuita y pasajera necesidad; no fueron dictadas por un frío examinador de la naturaleza humana que concentrase en un punto las acciones de una multitud de hombres y las considerase desde ese punto de vista: la máxima felicidad compartida por el mayor número. Felices aquellas poquísimas naciones que no aguardaron a que el lento movimiento de los azares y de las vicisitudes humanas llevasen las cosas al extremo del mal, para encauzarlas después al bien, sino que aceleraron con buenas leyes las fases intermedias; y merece la gratitud de los hombres el filósofo que tuvo el valor de lanzar a la multitud, desde su oscuro y despreciado gabinete, las primeras semillas, largo tiempo infructuosas, de las útiles verdades.
Se han conocido las verdaderas relaciones entre el soberano y los súbditos, así como entre las diversas naciones; el comercio se ha animado a la vista de las verdades filosóficas divulgadas por la prensa; y se ha declarado entre las naciones una guerra tácita de industria, la más humana y la más digna de hombres razonables. Estos son los frutos que se deben a la luz de este siglo. Pero poquísimos han examinado y combatido la crueldad de las penas y la irregularidad de los procedimientos criminales, parte de legislación tan principal, y tan descuidada en casi toda Europa; poquísimos los que, remontándose a los principios generales, deshicieron los errores acumulados de varios siglos, frenando por lo menos, con la sola fuerza que tienen las verdades conocidas, el excesivamente libre curso de la mal dirigida potencia, que ha dado hasta ahora un amplio y autorizado ejemplo de fría atrocidad. Y, sin embargo, los gemidos de los débiles, sacrificados a la cruel ignorancia y a la rica indolencia; los bárbaros tormentos multiplicados con pródiga e inútil severidad, por delitos, o no probados o quiméricos; la sordidez y los horrores de una prisión, aumentados por el más cruel verdugo de los desdichados, la incertidumbre, debían sacudir a la casta de magistrados que orientan las opiniones de las mentes humanas.
El inmortal Montesquieu ha discurrido brevemente sobre esta materia. La indivisible verdad me ha esforzado a seguir las huellas luminosas de ese grande hombre, pero los pensadores para quienes escribo sabrán distinguir mis pasos de los suyos. Dichoso de mí si consigo obtener, como él, los secretos agradecimientos de los oscuros y pacíficos seguidores de la razón, y consigo inspirar aquel dulce temblor con que las almas sensibles responden a quien sostiene los intereses de la humanidad.
Ahora el orden nos llevaría a examinar y distinguir las diferentes clases de delitos y la manera de castigarlos, si su naturaleza variable según las diversas circunstancias de los tiempos y de los lugares no nos obligase a una minuciosidad inmensa y enojosa. Básteme indicar los principios más generales y los errores más funestos y comunes, para desengañar a quienes, por un mal entendido amor de libertad, quisieran introducir la anarquía, así como a quienes gustarían de reducir los hombres a la regularidad de un claustro.
Pero ¿cuáles serán las penas convenientes a esos delitos? ¿Es verdaderamente la muerte una pena útil y necesaria para la seguridad y el buen orden de la sociedad? ¿Son justos los tormentos y la tortura, y obtienen el fin que con ellos se proponen las leyes? ¿Cuál es la mejor manera de prevenir los delitos? ¿Son las mismas penas igualmente útiles en todos los tiempos? ¿Qué influencia tienen ellas sobre las costumbres?
He aquí los problemas que merecen ser estudiados y resueltos con la precisión geométrica a la que ni la confusión de los sofismas, ni la seductora elocuencia, ni la tímida duda, puedan resistir. Si yo no tuviese otro mérito que el de ser el primero en presentar en Italia con alguna mayor evidencia lo que otras naciones han tenido el valor de escribir y comienzan a practicar, me sentiría dichoso; pero si, sosteniendo los derechos de los hombres y los de la invencible verdad, contribuyese a arrancar de los espasmos y de las angustias de la muerte a alguna víctima infortunada de la tiranía o de la ignorancia, igualmente fatales, las bendiciones y las lágrimas de un solo inocente, en los arrebatos de su alegría, me consolarían del desprecio de los hombres.
ÍNDICE GENERAL
Advertencia al lector
I. Introducción
II. Origen de las penas y derecho a castigar
III. Consecuencias
IV. Interpretación de las leyes
V. Oscuridad de las leyes
VI. De la captura
VII. Indicios y formas de juicios
VIII. De los testigos
IX. Acusaciones secretas
X. Preguntas caprichosas. Deposiciones
XI. De los juramentos
XII. De la tortura
XIII. Procesos y prescripciones
XIV. Tentativas, cómplices, impunidad
XV. Suavidad de las penas
XVI. De la pena de muerte
XVII. Destierro y confiscaciones
XVIII. Infamia
XIX. Prontitud de la pena
XX. Certeza e infalibilidad de las penas. Gracias
XXI. Asilos
XXII. De la talla
XXIII. Proporción entre los delitos y las penas
XXIV. Medida de los delitos
XXV. División de los delitos
XXVI. Delitos de lesa majestad
XXVII. Delitos contra la seguridad de cada uno de los particulares. Violencias
XXVIII. Injurias
XXIX. De los duelos
XXX. Hurtos
XXXI. Contrabandos
XXXII. De los deudores
XXXIII. De la tranquilidad pública
XXXIV. Del ocio político
XXXV. Del suicidio y de los emigrantes
XXXVI. Delitos de prueba difícil
XXXVII. De un género particular de delitos
XXXVIII. Falsas ideas de utilidad
XXXIX. Del espíritu de familia
XL. Del fisco
XLI. Cómo se previenen los delitos
XLII. Conclusión
Notas