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Faulkner Neil. De los neandertales a los neoliberales. Una historia marxista del Mundo
PREFACIO PARA LA EDICIÓN EN CASTELLANO
España se halla en primera línea en la crisis global. Más de una cuarta parte de los españoles en edad de trabajar están desempleados, proporción que sube a más de la mitad entre los jóvenes. En Europa no se había visto nada parecido desde la Gran Depresión de la década de 1930.
Treinta años de neoliberalismo han redistribuido la riqueza desde los trabajadores hacia los ricos y la clase media. Cinco años de austeridad han acelerado el proceso y han creado una sociedad polarizada con obscenas desigualdades.
La misma realidad lacera la vida de cientos de millones de latinoamericanos. Brasil se ha convertido en uno de los motores de la era neoliberal. Su tasa de crecimiento anual estaba en 2010 en torno al 7,5 por 100 y 70 brasileños aparecían en la lista de los milmillonarios del mundo; pero de los 200 millones de brasileños una quinta parte vive con menos de dos dólares al día, y una décima parte con menos de un dólar al día.
Ese es el auténtico significado del neoliberalismo y la austeridad en España y en Latinoamérica. La economía mundial tiene una capacidad sin precedentes para satisfacer las necesidades humanas básicas, pero la riqueza que genera sigue estando controlada por una diminuta minoría ahíta y al mismo tiempo ansiosa de beneficios. El mundo es más rico que nunca, pero también está más empobrecido que nunca.
Si eso fuera todo, sería espantoso; pero hay otra historia que contar: la de la protesta y la resistencia. El pueblo español ya encabezó una vez la lucha de clases por un cambio radical en 1936, cuando la insurrección armada de la clase obrera en Madrid, Barcelona y otras muchas ciudades españolas contribuyó a frenar el avance del fascismo en toda Europa.
También en Gran Bretaña conocemos la importancia global de la revolución española, que inspiró a toda una generación de socialistas británicos, algunos de los cuales fueron a combatir en España y otros muchos contribuyeron a elevar a un nuevo nivel la lucha en este país. Cuando los obreros del este de Londres se enfrentaron a una marcha de camisas negras y rompieron el espinazo de la Unión Británica de Fascistas en 1936, en las calles se oía a los cien mil manifestantes gritar lo mismo que en Madrid: «¡No pasarán!».
Madrid volvió a llamar la atención del mundo entero en mayo de 2011. Después de la plaza Syntagma en Atenas y la de Tahrir en El Cairo, la Puerta del Sol se convirtió en la línea del frente en la batalla global contra el neoliberalismo y la austeridad al movilizarse los indignados. Se estima que en aquella oleada de protestas participaron hasta 8 millones de personas en distintas manifestaciones, huelgas y ocupaciones. La indignación contra los bancos, los ricos y una elite política arrogante se intensificó ante la violencia policial contra las protestas democráticas.
Dos años después la antorcha ha pasado a Río de Janeiro, São Paulo y otras ciudades brasileñas. La movilización comenzó con protestas locales contra el aumento de precio del transporte, pero la violencia policial desencadenó una explosión de cólera que se extendió a todo el país, con millones de brasileños en las calles. La corrupción y la complacencia de las altas esferas se han visto sacudidas por la marea desde abajo contra el desempleo, el aumento de precios, el deterioro de los servicios públicos, los elevados impuestos y el escandaloso gasto de miles de millones de dólares en estadios deportivos.
Hay variaciones de un país a otro, pero en todo el planeta se evidencia una nueva pauta de la lucha de masas: el control de nuestras ciudades por el capital corporativo y los estados autoritarios se está viendo impugnado en las calles por una vanguardia radical de manifestantes, principalmente jóvenes. El vaciamiento de la democracia parlamentaria y el debilitamiento de los sindicatos y otras organizaciones populares han destruido las válvulas de presión y las redes de seguridad del orden social, y en la base de la sociedad se palpa amargura, crece la alienación con respecto al «sistema», y cuando estalla cobra dimensiones explosivas.
La ciudad moderna, con su clase obrera heterogénea, precaria y en mudanza continua, se ha convertido en un terreno de batalla primordial. Los medios de comunicación han facilitado la creación de redes laxas y la rápida movilización de individuos antes atomizados; y cuando se unen, los diversos radicales de la contracultura descubren que son un movimiento de masas, que se han convertido en la voz del pueblo, y que pueden arrastrar a la acción a millones de personas empobrecidas por los recortes de la austeridad y privadas de derechos por el consenso neoliberal.
Ha comenzado una nueva era de protestas. El mundo nunca volverá a ser el mismo. Pero para avanzar, cada movilización de masas afronta tres tareas básicas, que se pueden resumir en tres palabras: unidad, democracia y claridad. La unidad se logra ensamblando en la lucha al mayor número posible de fuerzas sociales. La democracia requiere la creación de formas de organización popular que puedan expresar directamente la voluntad de las masas. Y se necesita claridad de propósito y dirección para orientar el movimiento, maximizar su apoyo y encaminarlo hacia un cambio radical.
El periodista y economista de izquierdas Paul Mason ha comparado los nuevos levantamientos urbanos a la Comuna de París de 1871. La Comuna fue derrotada al cabo de cincuenta días de lucha, pero una de las razones de aquella derrota fue la cortedad de sus ambiciones. No incorporó a las mujeres a la toma de decisiones y no realizó ningún intento serio de extender la revolución más allá de la capital. El gobierno de Versalles pudo así utilizar su ejército de soldados-campesinos para aplastar el París revolucionario.
Para vencer, un movimiento de masas popular no se puede permitir largas pausas ni vacilaciones. Debe extenderse, ampliar su base, arrastrar nuevas fuerzas a la lucha, y para hacerlo debe unir la lucha por la democracia urbana con la lucha por reformas sociales para la gran masa de trabajadores, campesinos y pobres marginados.
El más claro ejemplo histórico al respecto sigue siendo el del partido bolchevique en Rusia en 1917. El lema «Paz, Pan y Tierra» condensó los objetivos del momento revolucionario y unió a millones de obreros, soldados y campesinos tras el liderazgo de la vanguardia revolucionaria, y el de «¡Todo el poder para los soviets!» convirtió lo que todavía no era más que una gran red de democracia directa en una alternativa al viejo aparato estatal. La Revolución de Octubre fue la materialización práctica de esas dos divisas.
Observando los acontecimientos desde Gran Bretaña —en Atenas, Madrid, Túnez, El Cairo, Estambul, Río y otros cientos de ciudades en todo el mundo— se puede sentir el poder de la rebelión que se manifiesta en todo el sistema global. En un país tras otro los desposeídos e indefensos se alzan de su letargo y vuelven a ocupar el primer plano de la historia. Ahí está una vez más «la mayoría del 99 por 100» combatiendo contra «la minoría del 1 por 100», y ahí se desvanecen de nuevo en flujo y movimiento las viejas certezas, ahí se está haciendo historia.
Me complace enormemente pues presentar ahora una edición en castellano de De los neandertales a los neoliberales. Historia marxista del Mundo. Espero que su publicación pueda contribuir, por poco que sea, a persuadir a más gente de lengua castellana a ponerse en movimiento, porque ese es su propósito. Pretendo con ella mostrar que la historia es un proceso abierto, sin resultados predeterminados; que la configuran y reconfiguran nuestros actos; que es un proceso contingente y que la gran crisis del orden neoliberal que nos ha caído encima no tiene por qué acabar como otras crisis capitalistas anteriores, con el fascismo y la guerra, sino que puede por el contrario culminar en una gran transformación social.
La lección de la historia, en resumen, es que importa enormemente lo que hacemos. Si muchos de nosotros actuamos unidos durante los próximos años y décadas, podemos hacer la revolución necesaria para poner fin al dominio del capital financiero y para liberar al mundo de la pobreza y la violencia, sustituir la prepotencia policial por la democracia y salvar al planeta de la catástrofe medioambiental que lo amenaza. El futuro es nuestro si así lo decidimos.
NEIL FAULKNER
Octubre de 2013.
INTRODUCCIÓN: POR QUÉ TIENE TANTA IMPORTANCIA LA HISTORIA
La historia es un arma. Nuestra comprensión del pasado afecta a nuestras acciones en el presente. Debido a esto, la historia es política y objeto de disputa.
Todo conocimiento del presente —de sus crisis, guerras y revoluciones— es necesariamente histórico. No podemos entender nuestro propio mundo sin referencias al pasado, del mismo modo que no podemos confeccionar un ordenador sin tener en cuenta conocimientos acumulados durante décadas o siglos. Nuestros gobernantes y explotadores lo saben, y como están muy interesados en defender sus propiedades y su poder, utilizan su control de la enseñanza y de los medios de comunicación para presentar una visión mutilada y distorsionada de la historia. Insisten en la continuidad y la tradición, la obediencia y la conformidad, la nación y el imperio. Disimulan deliberadamente la explotación, la violencia de la clase dominante y las luchas de los oprimidos.
Su versión de la historia ha cobrado mayor relieve durante los últimos treinta años. Los imperios del pasado, como el romano y el británico, son presentados como modelos de civilización por los fanáticos partidarios
«neoconservadores» de las actuales guerras imperialistas. La Europa medieval ha sido reinterpretada como ejemplo de la «nueva economía clásica» promovida por banqueros milmillonarios. Los intentos de construir grandes narraciones históricas —esto es, de explicar el pasado de forma que podamos entender el presente y actuar para cambiar el futuro— han sido denostados por teóricos postmodernos más o menos de moda que argumentan que la historia no tiene estructura, pautas ni significado. El efecto de esas ideas es desarmarnos intelectualmente y desactivarnos políticamente. No hay por qué hacer nada, se nos dice, ya que la guerra promueve la democracia, no hay alternativa al mercado y la historia no puede ser configurada por la acción humana consciente.
Este libro se inscribe en otra tradición, acorde con lo que escribió el pensador y activista revolucionario Karl Marx en un análisis de la revolución francesa de 1848 publicado en 1852 (El 18 Brumario de Luis Bonaparte):
«Los seres humanos hacen su propia historia, pero no a su libre arbitrio, en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en las que los rodean y les han sido legadas por el pasado». El curso de la historia, con otras palabras, no está predeterminado; las cosas pueden evolucionar en una dirección u otra según lo que hagamos. La historia tampoco la hacen únicamente los políticos y los generales; la conclusión es que si la gente corriente nos organizamos y actuamos colectivamente, también nosotros podemos configurar la historia.
Este libro proviene de una serie publicada inicialmente con periodicidad semanal en el sitio web www.counterfire.org. Ha sido cuidadosamente revisado para su publicación como libro, añadiéndole esta introducción y una conclusión bastante larga. He reagrupado los cortos capítulos semanales en secciones de capítulos más largos del libro, iniciando cada uno de ellos con una corta introducción. También he añadido una bibliografía para que los lectores puedan contrastar mis fuentes y buscar nuevas lecturas.
La reorganización y edición de la serie original debería hacer que este libro se pudiera leer de principio a fin de forma coherente, pero no hay por qué hacerlo así; también se puede entender como una colección de cortos ensayos analíticos sobre temas históricos clave a los que se puede recurrir cuando se necesite. En cualquier caso es, en primer lugar y ante todo, un libro para activistas, para gente que quiere entender el pasado como guía para la acción en el presente.
He introducido muchos cambios gracias a las siguientes personas, que se tomaron el tiempo y la paciencia para leer el texto, completo o en parte, y me ofrecieron valiosos comentarios críticos: William Alderson, Dominic Alexander, David Castle, Lindsey German, Elaine Graham-Leigh, Jackie Mulhallen, John Rees, Alex Snowdon, Alastair Stephens, Fran Trafford y Vernon Trafford. No hay ni que decir que a veces venció mi tozudez y rechacé su consejo, por lo que la responsabilidad del resultado final es solo mía.
Una crítica muy repetida ha sido la de que he omitido muchos lugares y sucesos, cuando no periodos enteros, y de que el libro peca de eurocentrismo e incluso de anglocentrismo. Esa crítica está justificada y he hecho cuanto he podido por corregir los desequilibrios, pero solo lo he conseguido en parte, por una razón muy simple y obvia: soy un arqueólogo e historiador británico con una experiencia muy desigual; como todos los generalistas, nunca puedo escapar del todo a las restricciones de mi formación, mi experiencia y mis lecturas, y por eso debo pedir indulgencia y paciencia a los lectores no británicos ni europeos.
Incluso en el terreno que he cubierto, sospecho que habrá un montón de errores y malentendidos que serán denunciados por diversos especialistas, lo que constituye también el destino inevitable del autor generalista, y lo único que me cabe preguntar es: ¿invalidan esos errores y malentendidos mi argumento principal? En tal caso, mi proyecto es inválido; pero si no, esto es, si el planteamiento marxista ofrece una explicación convincente de los principales acontecimientos y desarrollos de la historia humana, sean cuales sean los detalles que haya podido presentar equivocadamente, entonces mi proyecto es válido.
Espero pues, a pesar de todo, conseguir algo más: persuadir a algunos de que, ya que los seres humanos hacemos nuestra propia historia y el futuro está determinado por lo que hacemos cada uno de nosotros, tenemos que actuar más intensamente, ya que como dijo el propio Marx, «los filósofos se han limitado a interpretar el mundo, pero lo que importa es cambiarlo».
NEIL FAULKNER
Diciembre de 2012.