La filósofa reivindica el legado de la Ilustración y el universalismo frente al tribalismo de las ideologías identitarias
Avance
El llamado movimiento woke ha conseguido imponerse en Occidente hasta el punto de que ya no requiere de mayores aclaraciones. Normalmente aparece asociado a la izquierda, con la que comparte preocupaciones básicas, pero la autora de este libro, ella misma asociada a la izquierda según confesa, sostiene con rotundidad que, por encima de cualquier presupuesto común, la izquierda no es woke, y confundir los términos solo lleva a un inmerecido descrédito de la misma.
No son asuntos menores, sino esenciales, los que diferencian a un movimiento y otro. Frente al universalismo que caracteriza a la izquierda desde sus orígenes, los woke han apostado por el tribalismo de las políticas identitarias. La aceptación o no del legado de la Ilustración es otra diferencia; y frente al pesimismo de raíz foucaultiana de los woke, que les hace ver maniobras encubiertas del poder detrás de cualquier forma de progreso, la izquierda debe enarbolar su confianza en las posibilidades de cambiar la realidad; algo manifiesto en los avances logrados por las mujeres o en la lucha contra el racismo.
Susan Neiman critica con dureza, por ejemplo, el empeño woke por enfatizar el victimismo, reduciendo a ciertos grupos y personas a la paralizante condición de víctimas. Porque igual que no se puede juzgar a nadie por lo peor que ha hecho en su vida, tampoco se debe identificar a nadie con lo peor que le ha ocurrido. E igual que enfatizan el victimismo, los woke privilegian elementos de la identidad —esencialmente la raza y el sexo— que no son tan determinantes como ellos pretenden. «La política identitaria nos hace mirar hacia atrás, anclándonos en el pasado», afirma Neiman. Por otro lado, la Ilustración no fue el movimiento eurocéntrico de hombres blancos que dicen los woke. Al contrario, fueron los ilustrados como Montesquieu los primeros en combatir el eurocentrismo. Los ilustrados asentaron las bases teóricas del universalismo, y la razón que reivindicaron sigue siendo una herramienta imprescindible.
El movimiento woke acierta cuando señala los males, pero no suele ir más allá. Por supuesto que hay muchas injusticias que desenmascarar, dice Neiman, pero sin la esperanza de poner otra cosa en su lugar, el desenmascaramiento se convierte en un ejercicio vacío de exhibición de ingenio. Además de que no basta con enfrentarse al pasado para abordar el racismo, el colonialismo o la esclavitud. Tan importante como honrar a las víctimas es exaltar a los héroes; por ejemplo, a los blancos sureños que en su día combatieron la esclavitud o se opusieron a los linchamientos. Los héroes nos recuerdan que los ideales que valoramos ya fueron puestos en práctica por personas valientes y las guerras de la historia tratan de valores y de quiénes queremos ser.
En definitiva, por su abandono de principios esenciales de la izquierda, el concepto de izquierda woke le parece a la autora incoherente en sí mismo.
Artículo
¿Es el movimiento woke el nuevo ropaje de la izquierda de siempre, su forma de adaptarse a los tiempos tras la caída del bloque soviético y el fracaso de otras estrategias? Esta idea, sostenida en distintos ámbitos, es rebatida por la filósofa Susan Neiman, que se considera a sí misma de izquierdas («no tengo ningún problema en que me califiquen de izquierdista o socialista»). Sí admite que el movimiento woke pudo tener su punto de partida en la conmoción que se produjo hacia 1990-91 con la caída del Muro de Berlín y la consiguiente desaparición del bloque soviético. Pero niega rotundamente, desde la explícita portada de su libro, que izquierda y movimiento woke sean lo mismo. A poner de manifiesto sus diferencias dedica este trabajo, en el que rastrea en las raíces filosóficas de una y otro. Entre esas diferencias, tiene una importancia especial el concepto de universalismo, básico en la izquierda y ausente entre los woke. Mientras que ser de izquierdas implica insistir en que las aspiraciones contenidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos no son utópicas, los conflictos identitarios que suelen ser el caballo de batalla de la cultura woke (en otras palabras, el tribalismo) se alimentan de la desilusión respecto a las ideas mismas de la justicia social y de una economía justa, como ha señalado Thomas Piketty.
Desde la introducción del libro, la autora sostiene la necesidad de que la izquierda denuncie los excesos de ese movimiento y marca distancias: «Yo no estoy dispuesta a ceder la palabra izquierda, o a aceptar el planteamiento dicotómico de que los que no son woke tienen que ser reaccionarios». «Mi propósito es analizar cuántos de los que actualmente se autoidentifican como de izquierdas han abandonado ideas fundamentales que cualquier persona de izquierdas debería defender». «Las diferencias que me separan de los que son woke no son menores… entran en el corazón mismo de lo que significa estar a la izquierda».
Admite, no obstante, algún punto de contacto y, como la mayoría de los analistas, las buenas intenciones que animan a lo woke, «que nació de emociones tradicionalmente de izquierdas: la empatía con los marginados, la indignación ante la difícil situación de los oprimidos, la determinación de que los errores históricos deben ser corregidos». El problema es que lo que comienza con la preocupación por las personas marginadas, termina reduciendo a cada una de ellas al prisma de su marginalización; se centra en aquellas partes de esas identidades que están más marginadas y en multiplicarlas, dando lugar a un panorama traumático. Además de que sus pretensiones pueden llegar a ser no solo ridículas, sino aterradoras. La autora pone a título de ejemplo el caso de la poeta negra que (según una bloguera holandesa) solo puede ser traducida por una mujer negra. Posturas a las que se pliegan —y esto es quizá lo más preocupante— editores y autoridades académicas.
Victimismo
También es interesante la cuestión del victimismo por las derivaciones a que da lugar. De entrada, «es señal de progreso moral que las historias de las víctimas ya no se desestimen, como durante tanto tiempo ocurrió» El problema es que «lo que hasta hace poco era un estigma se ha convertido en una manera de conseguir estatus». Por otro lado, el sufrimiento no nos hace mejores ni más sabios. «No nos hicimos más sabios en Auschwitz», como escribió Jean Améry, que sufrió la experiencia. «La opresión no es una escuela preparatoria», ha dicho otro autor; «no es algo que me dé especial derecho a hablar, evaluar o decidir por un grupo». Otorgar valor al trauma conduce a una política de expresión personal y no de cambio social. Y, en fin, igual que cualquier persona es algo más que lo peor que ha hecho en su vida (y no se la puede definir por eso), tampoco somos lo peor que nos ha pasado y nadie debería querer ser definido por la peor cosa que le haya pasado. Esto vale también para las naciones. Así como la larga colonización musulmana de la Península Ibérica es considerada un capítulo de las historias de España y Portugal, la más breve colonización europea de África debería ser considerada por esos países un capítulo de su historia y no el centro de la misma. En resumen, preocuparse por las víctimas es una virtud, pero ser víctima no lo es, y «esencializar el victimismo no es un camino que la izquierda deba seguir».
Identitarismo versus universalismo
La política identitaria, opuesta al universalismo y uno de los postulados del movimiento woke, es otro blanco de las críticas de la autora. Por un lado, la idea de universalismo definió en su día a la izquierda, cuyo lema era la solidaridad internacional. Por otro, la política identitaria se centra, entre los múltiples componentes de la identidad, fundamentalmente en dos: la identidad étnica y la de género. Pero esos dos elementos son menos determinantes de lo que se cree. Es obvio que no es lo mismo ser negro en Nueva York que en Ruanda, como no es lo mismo ser mujer en Irán que en España. Primar lo identitario ha llevado a políticas de discriminación positiva discutibles, pese a contar con un fondo de razón. «Diversificar estructuras de poder sin preguntarse para qué se usa el poder puede conducir a sistemas de opresión más fuertes», dice Neiman, que aporta otro caso en que coinciden lo aterrador y lo ridículo: una encuesta en la que se preguntaba si los interrogatorios extraterritoriales —para entendernos, las torturas practicadas en lugares como Guantánamo tras el 11-S— deberían ser más diversos en cuanto al género y la raza, y a la que la mayoría respondía en serio que sí, sin plantearse nada más.
«La política identitaria nos hace mirar hacia atrás, anclándonos en el pasado», sostiene la autora, que añade esta cita de un colega: «Incluso cuando toma un cariz radical, la política identitaria es una política de grupos de interés. Su objetivo es cambiar la distribución de beneficios, no las reglas bajo las cuales tiene lugar esa distribución». Asunto que recuerda a aquella vieja crítica que, en la España de los 80, algunos de sus componentes (Savater y otros) dirigieron a un movimiento de PNNs que perdió el interés por cambiar el sistema una vez que llegaron los suyos a los tribunales de oposición.
Volviendo al universalismo, «si las reivindicaciones de las minorías no son consideradas derechos humanos, sino como derechos de grupos particulares, ¿qué impide a una mayoría insistir en los suyos?». Neiman recuerda que Hannah Arendt sostenía que Adolf Eichmann debería haber sido juzgado por crímenes contra la humanidad, no por crímenes contra el pueblo judío.
Defensa de la Ilustración
El universalismo es uno de los legados de una Ilustración que hoy algunos sectores (woke y adláteres) desdeñan como movimiento europeo y eurocéntrico de hombres blancos. La autora, por supuesto, echa su cuarto a espadas en defensa de los ilustrados. «Los pensadores de la Ilustración fueron quienes inventaron la crítica del eurocentrismo y los primeros en atacar el colonialismo basándose en ideas universalistas». La acusación de eurocentrismo dirigida a la Ilustración es tanto más desconcertante por cuanto la tradición de ver el mundo desde una perspectiva no europea, que hoy reivindican los teóricos poscoloniales, se remonta a Montesquieu y sus Cartas persas. «La Ilustración marcó un hito a la hora de rechazar el eurocentrismo e instar a los europeos a examinarse a sí mismos desde la perspectiva del resto del mundo». «El universalismo no es una fraudulenta imposición europea», añade.
Los mejores pensadores de la Ilustración denunciaron también el robo de tierras que conformó los imperios europeos, igual que fueron rotundos en la condena de la esclavitud (el imperativo categórico de Kant establece que las personas nunca pueden ser tratadas como medios). Por encima de que dejaran comentarios racistas dispersos o que muy pocos llegaran a cuestionar el sexismo, los ilustrados «asentaron las bases teóricas del universalismo». Aunque la mayoría de ellos negaran la razón a las mujeres, esa razón que reivindicaron es una herramienta sin la que no podemos vivir. Hemos heredado las ideas de la Ilustración y las hemos asimilado hasta tal punto que somos incapaces de ver lo radicales que fueron en su momento y lo sumamente necesarias que siguen siendo.
Frente al legado de la Ilustración, el movimiento woke ha tomado como referente a Michel Foucault, cuyo pensamiento ha permeado los estudios coloniales. El problema con Foucault no es solo que su estilo de apariencia radical encubriera un mensaje reaccionario de fondo, o que, como dijo el citado Améry, resulte muy difícil entenderse mediante el sentido común con hombres como él, sino que su capacidad —si es que no su deseo— para ver siempre el lado oscuro de las cosas, y encontrar detrás de cualquier avance social la mano negra del poder, resulta totalmente paralizante a la hora de luchar por el progreso: si todo es poder, no hay nada que se pueda hacer. Contra ese pensamiento foucaultiano, la autora sostiene que «el cometido de la razón es negar que las afirmaciones de la experiencia son definitivas, e impulsarnos a ampliar el horizonte proporcionándonos unos ideales a los que la experiencia debería obedecer». Otro ejemplo en que el pesimismo woke, de raíz foucaultiana o no, conduce a la parálisis, es su afirmación de que el racismo está en el ADN de Estados Unidos. Si así fuera, tampoco aquí habría nada que hacer.
A vueltas con el progreso
La idea de progreso le parece tan importante a Neiman que sostiene que la creencia en su posibilidad es lo que marca la diferencia más profunda entre la izquierda y la derecha. «Si renunciamos a la perspectiva del progreso, la política se convierte en una mera lucha por el poder». Lo cual no implica que el progreso sea inexorable o esté garantizado; pero la izquierda se afana por conseguirlo. Y aunque esperanza y optimismo no sean lo mismo, «se puede afirmar con total certeza: si sucumbimos a la seducción del pesimismo, el mundo tal y como lo conocemos está perdido». Para Neiman, «la esperanza no constituye una perspectiva epistemológica sino moral», y «para preocuparse por cuál vaya a ser el destino del mundo debemos amar al menos alguna parte de él».
Así, «progresistas sería el término correcto para los que hoy se inclinan hacia la izquierda si estos no abrazaran filosofías que niegan la esperanza de progreso». Por supuesto, los activistas woke por lo general no niegan que aspiran al progreso, pero sería más fácil creerles «si estuvieran dispuestos a reconocer que algunas formas de progreso se alcanzaron en el pasado». Y ejemplos indiscutibles de progreso son que hoy nos produzca escalofríos convertir la tortura en espectáculo (incluso para niños); que una familia negra haya llegado a vivir ocho años en la Casa Blanca; o que, pese al racismo remanente, ya no haya que luchar contra leyes que segreguen a los negros en las cafeterías. Por no hablar de los evidentes logros de las mujeres.
Los woke aciertan al señalar los males, pero suelen quedarse ahí. «Hay muchos ejemplos de injusticia que desenmascarar… Pero sin la esperanza de poner otra cosa en su lugar, ese desenmascaramiento se convierte en un ejercicio vacío de exhibición de ingenio». La parte buena de enfrentarse al pasado y abordar el racismo, el colonialismo o la esclavitud es que se avanza hacia naciones más saludables, pero «un exceso de concentración en el pasado puede dificultar la visión del presente, y más aún del futuro». Y no es solo cuestión de mirar hacia adelante; también importa la forma de mirar al pasado. Porque si hemos sido negligentes a la hora de honrar a las víctimas, no podemos ahora olvidar a los héroes; «ninguna nación puede prosperar alimentándose solamente de malos recuerdos». Como se ha dicho más de una vez (lo decía, por ejemplo, el español Juan Marichal), a la causa de la libertad se la ayuda mostrando ejemplos que la enaltecen. La historia de Estados Unidos no es solo de conquista y esclavitud, también de resistencia contra ambas. Y los héroes nos recuerdan que los ideales que valoramos fueron puestos en práctica por personas valientes. «Las guerras de la historia no tratan de herencia, sino de valores. No son luchas sobre quiénes éramos, sino sobre quiénes queremos ser. Los actuales debates sobre monumentos centran la atención en qué estatuas habría que derribar, pero tendríamos que preguntarnos por quiénes habría que reemplazarlas». Por ejemplo, por sureños blancos que se opusieron a la esclavitud y lucharon contra los linchamientos. «Si esos nombres fueran conocidos y conmemorados, el país podría pasar de la vergüenza al orgullo», dice Neiman.
En definitiva, ha habido, por parte del movimiento woke, un «progresivo abandono de tres principios esenciales para la izquierda: el compromiso con el universalismo, una distinción clara entre la justicia y el poder, y la posibilidad del progreso». Por eso, porque «el poscolonialismo woke ha abandonado todos los principios liberales o de izquierdas que necesitamos para mantenernos rectos», el concepto de izquierda woke le parece a la autora incoherente en sí mismo, y «una confusión que desacredita a la izquierda en muchos sentidos».
Curiosamente, tras la larga argumentación para marcar distancias entre el campo de la izquierda y el movimiento woke; o entre la izquierda y el liberalismo («el supuesto que diferencia a la izquierda de cualquier forma de liberalismo es la idea de que los derechos sociales no son menos derechos humanos que los políticos»), Susan Neiman cierra su libro afirmando que algunas ideas filosóficas básicas comentadas en él, como el compromiso con la posibilidad de progreso, con la justicia y con el universalismo, podrían ser compartidas por izquierdistas y liberales. Algo importante, dado que, ante el proto fascismo que encarna Trump, le parece imprescindible la unión de todos los demócratas de verdad. «Es el momento de un frente popular», concluye rotunda.
Tomado de: Nueva Revista
Introducción
Este libro no es un llamamiento al bipartidismo, ni un panfleto contra la cultura de la cancelación. Tampoco hablaré aquí de la virtud liberal de esforzarse para tratar de entender a aquellos que no comparten tus opiniones, aunque sí creo que es una virtud. Pero yo no me considero una liberal, tal vez porque vivo en un lugar donde «liberal» significa únicamente «libertario», y se cuenta en todo momento con una variada oferta de posiciones de izquierdas.
Mis lealtades siempre han sido partidistas: me crie en el estado de Georgia, durante el Movimiento por los Derechos Civiles, y me hice de izquierdas. En un momento en el que incluso el término «liberal» se emplea a menudo como un insulto en la cultura estadounidense, resulta fácil olvidar que hubo un tiempo en el que «socialista» describía una postura política perfectamente respetable en la tierra de la libertad. Nada menos que Albert Einstein escribió una orgullosa defensa del socialismo en pleno apogeo de la Guerra Fría. Al igual que Einstein y otros muchos, no tengo ningún problema en que me califiquen de izquierdista y socialista.
Lo que diferencia a la izquierda de lo liberal es la idea de que, además de unos derechos políticos que garanticen la libertad de expresarse, practicar una religión y viajar como queramos y votar lo que escojamos, reivindica unos derechos sociales que constituyen la base para el ejercicio real de esos derechos políticos. Los autores liberales los denominan ayudas, subsidios o redes de seguridad. Todos estos términos hacen que cosas como unas prácticas laborales justas, la educación, la sanidad y el derecho a la vivienda parezcan más relacionadas con la caridad que con la justicia. Pero tanto estos como otros derechos sociales vinculados a la vida cultural ya se encuentran codificados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948. Aunque la mayoría de los estados miembros la ratificaron, hasta el momento ninguno ha creado una sociedad que garantice tales derechos, y esta declaración carece de valor jurídico. Pese a que su versión en 530 idiomas la convierte en el documento más traducido del mundo, la declaración continúa teniendo un valor meramente simbólico. Ser de izquierdas significa insistir en que las aspiraciones que describe no son utópicas.
«Es perfectamente posible avanzar gradualmente hacia el socialismo participativo cambiando el sistema legal, fiscal y social en un país o en otro, sin esperar a contar con la unanimidad del planeta», escribió el economista Thomas Piketty. Argumenta que eso puede hacerse mediante aumentos fiscales que equivaldrían a unas tasas impositivas inferiores a las de Estados Unidos y Reino Unido durante el periodo de mayor crecimiento económico de la posguerra. Los conflictos identitarios, concluye, se alimentan de la desilusión respecto a las ideas mismas de la justicia social y una economía justa. Sin embargo, este libro no entra a debatir la visión de que la izquierda debería prestar más atención a las desigualdades económicas que a otro tipo de desigualdades. Yo creo que en efecto debería ser así, pero esa postura ya se ha defendido antes. Lo que más me preocupa aquí son las formas en que las voces contemporáneas consideradas de izquierda han abandonado las ideas filosóficas que son centrales para cualquier punto de vista de izquierda: un compromiso con el universalismo frente al tribalismo, una distinción clara entre justicia y poder y una creencia en la posibilidad de progreso. Todas estas ideas están conectadas entre sí.
Salvo en forma de objetivos ocasionales, resultan difíciles de encontrar en el discurso actual. Eso ha llevado a algunos de mis amigos en distintos países a concluir, con pesimismo, que ellos ya no pertenecen a la izquierda. Pese a haber pasado la vida entera comprometidos con la justicia social, se consideran distanciados de la evolución de lo que se llama izquierda woke, o extrema izquierda, o izquierda radical. Yo no estoy dispuesta a ceder la palabra «izquierda», o a aceptar el planteamiento dicotómico de que los que no son woke tienen que ser reaccionarios. Por el contrario, mi propósito es analizar cuántos de los que actualmente se autoidentifican como de izquierdas han abandonado ideas fundamentales que cualquier persona de izquierdas debería defender.
En un momento en el que, en todos los continentes, el nacionalismo reaccionario está en alza, ¿no tenemos otros problemas más inmediatos que entender la teoría? Una crítica de la izquierda a aquellos que parecen compartir los mismos valores podría parecer un ejemplo de narcisismo. Pero las diferencias que me separan de los que son woke no son menores. No son solo cuestiones de estilo o de tono; entran en el corazón mismo de lo que significa estar a la izquierda. Puede que la derecha sea más peligrosa, pero la izquierda de hoy se ha privado a sí misma de las ideas que necesitamos si queremos resistir el brusco viraje hacia la derecha. Las reacciones woke hacia la masacre de Hamás del 7 de octubre muestran cómo la teoría puede llevar a una práctica terrible.
Ese viraje es internacional y organizado. Desde Bangalore a Budapest, y más allá, los nacionalistas de derechas se reúnen con regularidad para compartir apoyos y estrategias, aunque cada nación piense que su civilización es superior. La solidaridad entre ellos sugiere que las creencias nacionalistas se basan solo marginalmente en la idea de que húngaros /noruegos/ judíos/ alemanes/ anglosajones/ hindúes son las mejores tribus que puedan existir. Lo que les une es el principio del tribalismo en sí mismo: solo te conectarás verdaderamente con aquellos que pertenecen a tu clan, y no necesitas mantener compromisos profundos con nadie más. No deja de resultar amargamente irónico que a los tribalistas de hoy en día les resulte más fácil unir fuerzas que a aquellos cuyos compromisos se derivan del universalismo, lo reconozcan o no.
Lo woke no es un movimiento en el sentido tradicional del término. El primer uso registrado de la frase stay woke («mantente despierto») fue en la canción de 1938 del gran cantante de blues Lead Belly, titulada «Scottsboro Boys», dedicada a nueve adolescentes negros cuyas ejecuciones, por unas violaciones que nunca cometieron, solo se consiguieron impedir tras años de protestas internacionales, dirigidas, como a veces se olvida, por el Partido Comunista, mientras que la Asociación Nacional por el Avance de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) del activista afroamericano W. E. B. Du Bois se mostraba reacia a involucrarse en un principio. Mantenerse despierto ante la injusticia, estar atento a las señales de discriminación, ¿qué podría haber de malo en eso? Sin embargo, en unos pocos años, el término woke ha pasado de ser elogioso a ofensivo. ¿Qué ha pasado?
Desde Ron DeSantis a Rishi Sunak o Éric Zemmour, woke se convirtió en un grito de guerra para atacar a cualquiera que se opusiera al racismo, al igual que la expresión «política identitaria» se había dado la vuelta unos años antes. Desde la San Petersburgo de Rusia hasta la de Florida, Estados Unidos, en la actualidad la palabra woke es tal improperio que muchos colegas me instaron a no criticarla de ninguna forma por temor a que la derecha la instrumentalizara. Sin embargo, no toda la culpa es de la derecha. Barbara Smith, una de las fundadoras del Colectivo del río Combahee, que fue quien acuñó la expresión, insiste en que «política identitaria» empezó a utilizarse de formas que jamás se habían pretendido. «En absoluto queríamos decir con ello que solo trabajaríamos con personas idénticas a nosotros —dijo—. Creíamos firmemente en el hecho de trabajar con personas de diversas identidades sobre problemas comunes».
Algunos podrían afirmar que las semillas para que acabaran siendo ofensivas estaban presentes en las intenciones originales, pero está claro que ni la política identitaria ni la woke se utilizaron con los matices que requerían. Ambas se volvieron divisivas, y generaron un alejamiento que la derecha empezó a explotar rápidamente. Las universidades y empresas son más proclives al exceso woke que las organizaciones comunitarias que trabajan sobre el terreno. Los usos más abusivos de la palabra son los del capitalismo woke, que se aprovecha de la exigencia en pro de la diversidad con el fin de aumentar beneficios. El historiador Touré Reed sostiene que el proceso está calculado: las compañías creen que contratar personal negro les permitirá sacar provecho de los mercados negros. La apropiación a menudo es directa y descarada. En el informe McKinsey sobre la industria del cine se afirmaba que «Si abordase las persistentes desigualdades raciales, la industria podría obtener unos ingresos adicionales de diez mil millones de dólares al año, alrededor de un 7 por ciento más sobre el valor de referencia, evaluado en 148.000 millones de dólares». Pero incluso sin la explotación directa de lo que en un principio fueron unos objetivos progresistas, lo woke se ha convertido en una política de símbolos en lugar de serlo del cambio de social. El capitalismo woke fue considerado el tema dominante de la conferencia de Davos 2020, pero la asamblea recibió al primer orador, Donald Trump, con una gran ovación. El hecho de que políticos de derechas pronuncien con desprecio la palabra woke no debería ser óbice para su análisis.
Tengo entendido que la editorial francesa que tradujo con cierto éxito dos de mis libros anteriores se negó a publicar este, por temor a que pudiera dar alas a la derecha. «La situación es seria —me dijeron—. Marine Le Pen podría ganar las próximas elecciones». En efecto, la situación es muy grave. Donald Trump podría ganar las próximas elecciones en Estados Unidos, y el partido de extrema derecha alemán no deja de crecer en las encuestas. Pero los peligros no se evitarán fingiendo que lo woke no es un problema, o un fantasma que la derecha ha inventado para sofocar toda demanda de justicia social. Por el contrario, si los que están en la izquierda no son capaces de denunciar el exceso de lo woke, no solo seguirán sintiéndose políticamente desamparados. Su silenció arrojará a aquellos cuya brújula política no es tan nítida en brazos de la derecha.
Como la mayoría de las ideas, el universalismo puede instrumentalizarse. El caso de Francia es significativo. El país que proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano reivindica un legado inmune al racismo. Como afirma la escritora y cineasta Rokhaya Diallo:
«Nuestro país, que afirma ser cuna de la Ilustración, pisotea alegremente los derechos, en particular la libertad de expresión». Aunque los tribunales franceses han dictaminado que la práctica de la racialización es una realidad cotidiana, «Francia persigue un ideal de integración y utiliza el laicismo para estandarizar las muestras culturales». Diallo no se opone al universalismo en teoría; al contrario, le gustaría verlo realizado en la práctica. «El universalismo puede reivindicarse desde muchas perspectivas y culturas diferentes, así como desde muchas fuentes intelectuales que no son necesariamente europeas. Pero el problema es que en Francia se ha convertido en un tópico para desacreditar ciertas luchas y ya suena a disfraz de la supremacía blanca».
Pero, a diferencia de Diallo, muchos activistas antirracistas han tomado la instrumentalización que ha hecho la derecha del universalismo como una razón para prescindir de esta idea por completo.
¿Es posible definir lo woke? Arranca con la preocupación por las personas marginadas y termina reduciendo a cada una de ellas al prisma de su marginalización. La idea de interseccionalidad podría haber enfatizado las formas en las que todos nosotros poseemos más de una identidad. En cambio, se centró en aquellas partes de esas identidades que están más marginadas y en multiplicarlas, dando lugar a un panorama traumático.
Lo woke resalta de qué manera se les ha negado la justicia a determinados grupos, y su intención es rectificar y reparar ese daño. Bajo el foco de las desigualdades de poder, el concepto de justicia a menudo queda relegado a un segundo plano.
Lo woke exige que las naciones y los pueblos se enfrenten a sus historiales criminales. En este proceso con frecuencia se concluye que toda la historia es criminal. Algunos críticos de la primera edición de este libro consideraron insuficiente la definición anterior. Me acusaron de que, sin una definición más amplia y una lista de ejemplos, mi crítica carecía de objetivo. El descontento fue sorprendente, ya que se describen casi a diario ejemplos del comportamiento woke en los periódicos de todo el mundo. Mi objetivo no era proporcionar otra lista de ellos, sino entender las ideas filosóficas enterradas en supuestos aparentemente inofensivos que subyacen al pensamiento woke. Sin embargo, para los lectores que aún no se hayan cansado de ejemplos, he aquí tres más, elegidos entre cientos que muestran formas en las que lo woke puede ser tan ridículo como aterrador.
Una editora alemana promocionó un libro nuevo con la frase: «Este libro te abrirá los ojos». Fue atacada de inmediato por utilizar palabras que podían causar sufrimiento a los ciegos, y obligada a retirar el anuncio.
La joven poetisa negra Amanda Gorman se convirtió en un éxito internacional tras leer su poema «The Hill We Climb» en la toma de posesión de Joe Biden. Diecisiete editoriales compraron rápidamente los derechos. Para la editorial holandesa, Gorman sugirió a un escritor holandés blanco y no binario, cuya obra ganadora del Premio Booker admiraba. Esa es la única buena razón para elegir a un traductor: Me gusta tu obra, ¿quieres intentarlo con la mía? Entonces una bloguera de moda negra holandesa escribió un artículo en el que decía que la obra de Gorman solo debía ser traducida por una mujer negra. El autor blanco se retiró, pero la historia resonó por toda Europa. Ya se había terminado y pagado una traducción al catalán, pero como el traductor era un hombre blanco, se contrató a uno nuevo. Se encontró a un rapero negro para traducir el poema al sueco, pero debido a la escasez de traductores negros, Dinamarca contrató a una mujer morena que lleva un hiyab. La editorial alemana encontró una solución muy alemana y contrató a todo un comité de traductoras: una negra, una morena y una blanca.
Pero como veis, los últimos ejemplos de comportamiento woke no dejan nada de qué reirse. En cuanto a los woke poscoloniales, Israel se ha situado durante mucho tiempo en el Norte Global, mientras que Palestina pertenece al Sur Global. La insensatez de esta geografía de mala fe se puso de manifiesto cuando muchos de los woke celebraron la brutal masacre de Hamás de más de mil doscientos ciudadanos israelíes como «resistencia a la ocupación» o incluso «justicia poética». No era justicia; muchos de los supuestos ocupantes llevaban años trabajando por la paz de forma directa y útil, llevando a sus vecinos de Gaza a recibir atención médica, por ejemplo. Otros llevaban tres meses. Pero ni la rectitud ni la inocencia marcaron la diferencia. Las víctimas pertenecían a la tribu equivocada, y eso bastaba para condenarlas.
¿Hace falta añadir que bombardear a miles de niños que pertenecen a otra tribu no es menos crimen de guerra? En El mal en el pensamiento moderno sostuve que dividir los males en mayores y menores, y tratar de sopesarlos, no solo es inútil sino probablemente obsceno. Los males no deben cuantificarse, pero pueden distinguirse. Tras mantener correspondencia con uno de los pilotos que participaron en el bombardeo de Hiroshima, el filósofo judío alemán Günther Anders hizo una importante distinción. Cualquiera que sea capaz de llevar a un niño a una cámara de gas, o de quemarlo vivo, tiene un abismo donde debería haber un alma. La mayoría de nosotros no podría hacerlo. Pero es más fácil lanzar una bomba sobre un niño al que no ves. Precisamente por esa razón, este tipo de mal, sostenía Anders, es más peligroso. Pero ¿qué nos impide denunciar ambos?
Critico con dureza desde hace mucho tiempo la ocupación israelí de Palestina, por no hablar de su gobierno cada vez más de extrema derecha, y en Alemania he recibido muchas críticas por ello. Pero mi crítica a la ocupación siempre se ha basado en el universalismo, no en el tribalismo, en el interés por la justicia, no en el poder, y en la fe de que es posible progresar cuando la gente trabaja unida. Estos compromisos no salvaron a los kibutz de la frontera de Gaza, pero no por ello son erróneos. Lamentablemente, muchos de los que criticaron las celebraciones generalizadas del terror de Hamás, y los actos de antisemitismo que las acompañaron, los calificaron de fracasos de la izquierda internacional. Eso es un grave error. Más bien fue un momento que demostró hasta qué punto el poscolonialismo woke ha abandonado todos los principios liberales o de izquierdas que necesitamos para mantenernos rectos.
No es casualidad que muchos tengan problemas para distinguir la izquierda woke, o para dar una respuesta satisfactoria a la definición de esta última. El concepto en sí es incoherente, ya que se basa en un choque entre sentimiento y pensamiento.
Lo confuso sobre el movimiento woke es que nació de emociones tradicionalmente de izquierdas: la empatía con los marginados, la indignación ante la difícil situación de los oprimidos, la determinación de que los errores históricos deben ser corregidos. Estas emociones, sin embargo, se malogran debido a una serie de supuestos teóricos que acaban por socavarlas. La teoría constituye un concepto tan nebuloso y moderno que incluso se ha utilizado para lanzar una línea de moda, pero si bien hoy la palabra carece de un contenido claro, lo cierto es que sí tiene una dirección. Lo que une a muy diferentes movimientos intelectuales mediante la palabra «teoría», en inglés, es un rechazo a los marcos epistemológicos y supuestos políticos heredados de la Ilustración. No es necesario pasar años descifrando a Judith Butler o a Homi Bhabha para que la teoría nos influya. Rara vez nos percatamos de los supuestos que se hallan incrustados en la cultura porque normalmente se expresan como verdades evidentes. Dado que se ofrecen como meras descripciones de la realidad en lugar de ideas que podríamos cuestionar, resulta difícil desafiarlos directamente. Aquellos que han aprendido en la universidad a desconfiar de cualquier afirmación de verdad vacilarán a la hora de reconocer la falsedad.
Puesto que acaba resultando un ejemplo para los diarios de más de un país, The New York Times es siempre un buen lugar para observar con qué facilidad se introducen supuestos filosóficos en el discurso dominante sin llamar la atención, a pesar del interés de los periodistas que los escriben. Si bien The New York Times sigue encarnando el consenso neoliberal dominante que siempre ha representado, desde 2019 ha ido mostrándose más claramente woke. Además del polémico Proyecto 1619, ese giro ha conducido a un progreso real, a un ostensible aumento en el número de voces y rostros negros y de color oscuro. Pero he aquí una frase que el periódico de referencia publicó en 2021: «A pesar de las raíces indias de la vicepresidenta Kamala D. Harris, la Administración Biden puede resultar menos indulgente con la agenda nacionalista hindú de Modi». (De hecho, desearía que ese pronóstico se hubiera hecho realidad). Si se lee rápidamente, el supuesto teórico subyacente quizá pasaría inadvertido: los puntos de vista políticos están determinados por los orígenes étnicos. Si no se sabe nada sobre la India contemporánea, podría pasarse por alto el hecho de que los críticos más furibundos del violento hinducentrismo de Modi son de hecho indios. Los más atrevidos de ellos lo llaman «fascismo».
Durante las mismas fechas, la mayoría de los medios de comunicación estadounidenses se mostraban desconcertados ante un sorprendente resultado de las elecciones de Estados Unidos de 2020. El racismo de Donald Trump hacia negros y latinos había quedado públicamente expuesto durante su mandato y, sin embargo, Trump recibió más votos de esos grupos que cuatro años antes. En lugar de cuestionar, por un momento, la suposición de que la demografía sea determinante, los periodistas se apresuraron a explicar esta paradoja contándonos que las comunidades latinas son diversas: que los puertorriqueños no son los cubanos, ni los mexicanos los venezolanos. Cada comunidad tiene una historia, una cultura, un conjunto de intereses propios, y merece ser respetada como tal. Aparte del hecho de que eso apenas alcanzaba a explicar el aumento de votantes negros, la división de las tribus en tribus más pequeñas no es la solución. La gente es diversa. Ni las comunidades negras, ni las blancas, ni las de piel oscura son homogéneas. Hacemos las cosas por razones que no tienen que ver con ser miembros de una tribu.
Aunque la presunción de que esto no es cierto procede de medios de comunicación que no simpatizan demasiado con el actual Partido Republicano, los supuestos no quedan muy alejados de los que marcaron el ejercicio de Donald Trump: nombró a un neurocirujano como jefe del Departamento de Desarrollo Urbanístico porque era negro; entregó a su inoperante yerno uno de los cometidos de política exterior más difíciles solo porque era judío; nombró a una católica de extrema derecha para suceder a Ruth Bader Ginsberg por el hecho de que ambas eran mujeres; designó a un desastroso diplomático para la embajada de Alemania porque era gay. El hecho de que Berlín lleve siendo durante casi un siglo una ciudad favorable a la comunidad gay no impidió a sus ciudadanos expresar sin ninguna diplomacia su asombro ante las continuas infracciones de los códigos de conducta política protagonizadas por Richard Grenell. El breve gobierno liderado por Truss en Reino Unido fue el último en adoptar la misma estrategia: nombrar el gabinete más diverso de la historia británica a la vez que promovía las políticas más conservadoras que se puedan recordar. Las hojas de higuera eran demasiado pequeñas para cubrir la vergüenza.
¿Qué nos parece más esencial, las características accidentales con las que nacemos o los principios que abrazamos y defendemos? Tradicionalmente, era la derecha la que se centraba en lo primero y la izquierda la que ponía más énfasis en lo segundo. Esa tradición se ha subvertido en el momento en que una política progresista como Hillary Clinton celebró la elección de la primera jefa de Gobierno de la historia de Italia como una «ruptura con el pasado», obviando el hecho de que las posiciones de Giorgia Meloni están más cerca del pasado fascista de Italia que las de ningún otro líder italiano desde el final de la guerra. No es sorprendente que las teorías que defienden los partidarios de lo woke desautoricen sus emociones empáticas y sus intenciones emancipatorias. Dichas teorías no solo tienen fuertes raíces reaccionarias; algunos de sus autores eran abiertamente nazis. En un debate sobre esencialismo racial que tuvo lugar en 2013, antes de que la palabra woke fuera moneda de uso corriente, la historiadora Barbara Fields dijo que «La gente no sabe la historia tan tóxica que está repitiendo. Si les dices: “Bueno, ¿por qué no salís a la calle, volvéis a instaurar las Leyes de Núremberg y ya está?”, no sabrían de qué les estás hablando».
¿Hasta qué punto las labores intelectuales de Carl Schmitt y Martin Heidegger estaban conectadas con su pertenencia al Partido Nazi? Existen abundantes estudios al respecto, y este libro no pretende ahondar en ello. Gran parte de la literatura es del parecer «sí, pero», donde el «pero» hace referencia al hecho de que el pensador en cuestión no aceptó todos los elementos de la ideología nazi, o expresó alguna comedida crítica, o abandonó el partido al poco tiempo. Otros proponen complejos análisis conceptuales, basados en que una parte importante de su pensamiento era incompatible con el nazismo. La complejidad sirve para reprimir la indignación, como si solo los malos modales, o la superficialidad filosófica, pudieran generar cierta conmoción. El hecho de que ambos autores no solo prestaran servicio a los nazis, sino que defendieran haberlo hecho hasta mucho tiempo después de terminada la guerra, no es ningún descubrimiento. La indignación, hoy en día, está reservada para pasajes racistas de textos filosóficos del siglo XVIII.
Todas estas posturas aceptan la hipótesis actual de que el antisemitismo era el elemento fundamental del nazismo. Por consiguiente, cualquiera que no fuera particularmente antisemita no podía ser un nazi de verdad. Sin embargo, muchos académicos han argumentado que mientras el antisemitismo siempre fue una pieza de la ideología nazi, era parte de un hondo y feroz antimodernismo. Escritos póstumos muestran que tanto Heidegger como Schmitt eran antisemitas corrientes, pero muestran un antimodernismo reaccionario aún más devastador.
Se interprete como se interprete la relación entre su filosofía y sus compromisos políticos, algunas cosas son ciertas: Schmitt rechazaba el universalismo y cualquier concepto de justicia que fuera más allá de la mera noción de poder, y creía que Europa había entrado en decadencia desde la reforma protestante del siglo XVI. (No parecía importarle ningún otro lugar). El antimodernismo de Heidegger y su gusto por las virtudes campesinas eran más predominantes y estaban más profundamente enraizadas que cualquiera de sus otras convicciones. Estas actitudes influyeron sin duda en sus decisiones de unirse a los nazis, y en su negativa a renegar de esas decisiones tras la guerra.
Dadas las circunstancias, resulta desconcertante ver con qué fascinación quieren estudiar a Schmitt aquellos que se preocupan por el colonialismo, o escuchar que filósofos defensores de los derechos laborales hablan de leer a Heidegger contra Heidegger. Si buscaran un poco más allá encontrarían recursos mucho mejores, pues, de hecho, muchos de los supuestos teóricos de los que parten los impulsos más admirables de los woke proceden del movimiento intelectual que desprecian. Los mejores principios de los woke, como la insistencia en ver el mundo desde más de una perspectiva geográfica, proceden directamente de la Ilustración. Pero las actuales actitudes de rechazo a la Ilustración no suelen ir acompañadas de un gran conocimiento de la misma. Este libro se ha escrito con la esperanza de que la filosofía pueda desenmarañar las confusiones que la teoría ha creado, y, de paso, fortalecer nuestra práctica política. No cabe esperar progreso alguno de quien corta la rama sobre que la que está sentado sin siquiera saberlo.
Este no es un libro académico; soy plenamente consciente de que ya se han escrito muchos otros sobre la mayoría de las cuestiones que aquí voy a tratar. Ninguno de mis análisis es exhaustivo. La investigación académica complicaría las afirmaciones que hago sobre Foucault o Schmitt o la psicología evolutiva. En este sentido, no me interesa tanto buscar la mejor interpretación posible de estos y otros pensadores como comprender su influencia sobre la cultura contemporánea. No dudo de que habrá relatos que propongan interpretaciones más generosas de su pensamiento; algunas de ellas las he leído. Precisamente porque son complejas y contraintuitivas, no son lecturas que lleguen a un público amplio. ¿Acaso la buena filosofía no es compleja y contraintuitiva? A veces sí. Pero si necesitas un doctorado y gran cantidad de paciencia para entender un texto —y esto en una época en la que incluso los escritores leen menos— es difícil imaginar que este tipo de trabajo teórico pueda llegar a ser tan liberador como sus declaradas intenciones.
Aunque este no es un trabajo académico, sí es filosófico. La filosofía moral y política son inherentemente normativas. Cuando hablo de izquierda, no lo hago como historiadora. Mi interés radica en un ideal, siendo del todo consciente de las numerosas formas en las que la izquierda ha fracasado a lo largo de la historia a la hora de cumplir con sus ideales. La tarea de este libro no es rastrear esos fracasos, sino presentar un claro esbozo de los ideales filosóficos que la izquierda a menudo ha defendido y a los que todavía podemos aspirar.
Puede que algunos se pregunten por qué un libro que va dirigido al público general dedica tanto tiempo a hablar de filosofía.
«¿Acaso escritores como Michel Foucault o Carl Schmitt han tenido realmente impacto sobre los acontecimientos políticos? ¿Cuántas personas los han leído?». Más de las que cabría imaginar, a juzgar por las encendidas defensas de Foucault que aparecieron a raíz de la publicación de la primera edición de este libro. Pero incluso aquellos que nunca irán a la universidad leen periódicos o publicaciones en redes sociales y ven canales de televisión dirigidos por aquellos que sí lo han hecho, y se empapan de sus ideas o de las de sus continuadores. Para quien dude de que la gente puede dejarse influir por textos que no comprende, solo tiene que comparar el número de expertos en la Biblia con el de personas a las que este libro ha influido. La práctica del periodista de ultraderecha Andrew Breitbart era repugnante, pero su máxima es cierta: la política corre por debajo de la cultura. Y este es el resultado cuando tu perspectiva del mundo se forma a partir de la cultura woke. Dice Ibram X. Kendi:
Las concepciones tradicionales del intelectual nunca pretendieron incluir a aquellos que estamos enfocados y concentrados por completo en descubrir y aclarar verdades complejas que pueden mejorar radicalmente la condición humana. [...] Yo esto ya lo sabía. Conocía la asociación de la Ilustración y conceptos como «razón», «objetividad» y «empirismo» con ser blanco, Europa Occidental, la masculinidad y la burguesía.
¿Hace falta que añada que la cita demuestra no solo escaso conocimiento sobre la Ilustración, sino también de la propia investigación intelectual? Para ser justos, la oscuridad de la mayoría de los autores woke hace difícil interpretar lo que escriben. En la mayor parte de lo que antaño se denominaba humanidades, escribir para el público general rara vez se ve recompensado. No hay aliciente para los que quieren aprender. A los académicos más jóvenes a menudo se les insta a no intentarlo, a menos que quieran arruinar su reputación profesional. Tal vez el rasgo más importante que distingue a los practicantes de la teoría de los pensadores de la Ilustración es que estos últimos no tenían la intención de escribir para un público reducido y selecto; escribían con claridad, sin utilizar su jerga, con la intención de llegar al mayor número de lectores posible (incluso Kant, el más difícil de los filósofos de la Ilustración, escribió quince ensayos perfectamente inteligibles para el público general). Yo me esforzaré por seguir su ejemplo.
Índice
Introducción
1. Universalismo y tribalismo
2. Justicia y poder
3. Progreso y ruina
4. ¿Qué es la izquierda?
Agradecimientos
Notas
