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La originalidad de la teoría de Mann reside en otro aspecto, en un nivel inferior de especificidad; en su preocupación global por lo que denomina las «infraestructuras exactas» de cada tipo de poder, esto es, los detalles de sus técnicas organizativas. La logística de la movilización militar, el grado y la calidad de la alfabetización, la tecnología de la agricultura y los medios de transporte para el comercio, la incidencia y el alcance del control judicial, así como el patrón de ingresos y gastos fiscales, son algunos aspectos respecto a los cuales Mann modifica nuestra visión de lo que han sido las posibilidades y realidades históricas del poder y de cómo han cambiado con el transcurso de los siglos.

PREFACIO
El título de este libro requiere una aclaración. Los textos que aparecen aquí son ensayos críticos sobre diversos pensadores de la época de la posguerra. Desde el punto de vista de las disciplinas, se incluyen historiadores especializados en diferentes campos, desde la antigüedad hasta el más reciente pasado; sociólogos que se ocupan del conjunto de las sociedades humanas; filósofos y críticos de los problemas políticos y culturales de la modernidad. Respecto a su localización geográfica, han realizado su trabajo en la que a grandes rasgos sigue siendo la zona de mayor producción intelectual: los cuatro países principales de Europa occidental ―Alemania, Francia, Inglaterra e Italia― y los Estados Unidos. Aunque los intereses y las perspectivas de los autores estudiados ofrecen grandes contrastes, las ideas de cada uno de ellos pasan, de una manera u otra, por la encrucijada entre historia y política. Tal es el ámbito de estudio que ha absorbido la mayor parte de mi vida intelectual, y ello explica la conformación del presente volumen.

La selección de autores es un resultado parcial de las circunstancias de las que surgieron oportunidades o solicitudes, pero corresponde también a una opción de temperamento. Hay diversas razones posibles para escribir acerca de la obra de otros, y es una combinación de varias de ellas lo que me ha motivado a hacerlo. El impulso principal que anima estos ensayos es la admiración; sin ella, ninguno de estos trabajos habría sido escrito. Al evaluar una obra intelectual, en general, puedo ser tan hostil y desdeñoso como cualquiera, y llegar incluso a destrozarla por completo. La condición de toda controversia específica, sin embargo, ha sido siempre para mí el respeto, pero también necesito disentir respecto de algún punto de importancia; de lo contrario, el catalizador de la forma de escribir que me es más natural parece estar ausente. Por esta razón, aunque el presente libro es un registro de la admiración que profeso a diversos autores, no es un inventario de afinidades o influencias. La única excepción es el artículo sobre Isaac Deutscher, escrito como prefacio a una recopilación póstuma de sus ensayos más qué como evaluación crítica de su obra; por ello, se sitúa dentro de otra categoría. En términos generales, encuentro difícil escribir acerca de aquellas personas de las cuales, de una manera u otra, me siento más próximo desde el punto de vista intelectual: esto explica por qué, por ejemplo, el presente volumen no incluye ensayos evaluadores sobre Eric Hobsbawm, Fredric Jameson o Sebastiano Timpanaro, que me habría agradado escribir. Al parecer, necesito un mínimo de controversia para transformar la admiración en disposición mental para escribir.

En los últimos años, la historia de las ideas se ha convertido en el campo de batalla de enfoques metodológicos que rivalizan entre sí. El adoptado en este libro se distancia un poco de la mayoría de ellos. En general, puede decirse que predominan en este campo tres programas rivales. El primero, y el más antiguo, toma conceptos o temas individuales como unidades de investigación y rastrea sus vicisitudes a lo largo del tiempo en la obra de sucesivos pensadores; tal es el método practicado por Isaiah Berlin y que discutiré en el capítulo dedicado a este autor. El segundo estudia los «discursos» como lenguaje colectivo de las ideologías predominantes en un momento dado, rechaza cualquier extrapolación de ideas particulares a partir de ellos y subordina la contribución de los autores individuales a tomas de posición delimitadas por la historia dentro de ellos. Quentin Skinner ha sido el principal defensor de este procedimiento, en especial en lo que concierne a las ideas políticas. En tercer lugar, evidentemente, está la deconstrucción de los textos desarrollada por Jacques Derrida, que niega un significado estable a lo escrito y trata de mostrar la dependencia sistemática de cualquier enunciado respecto de lo que niega y la disolución del autor en una cadena infinita de significados carentes de autoridad. Los ensayos recogidos aquí poseen diversas extensiones y registros, pero implican una norma común de lectura que difiere de las anteriores modalidades. Se centran en autores individuales, no en conceptos, discursos o textos, con el propósito de reconstruir su trabajo, en cuanto esto sea posible, como una unidad intencional, situada dentro de las corrientes intelectuales y políticas de su época. No presuponen una coherencia automática, ni tampoco una dispersión estructural, intrínseca a ellos, en los escritos analizados. Intentan, más bien, identificar contradicciones específicas en la argumentación, cuando las hay, y tratarlas no como lapsus fortuitos, sino como puntos de tensión sintomáticos, bien sea dentro del cuerpo mismo del pensamiento, o en relación con evidencias que van más allá de él. Tales contradicciones pueden asumir la forma de contrasentidos absolutos en el significado, pero no es preciso que sea así; también pueden indicar una limitación en el razonamiento, o bien una mayor complejidad del mismo, e incluso ser signos de una crítica inválida o de una dificultad productiva no resuelta que inciden sobre la argumentación. No hay una regla general que permita dar cuenta de sus resultados finales: cada caso debe ser juzgado por sus propios méritos.

La primera vez que intenté elaborar una historia de las ideas de este tenor fue en un ensayo sobre Antonio Gramsci, publicado en 1976. Las notas escritas por Gramsci en prisión, por lo demás, abundan en graves contradicciones conceptuales y de argumentación, que una crítica timorata y de cortos vuelos ha preferido eludir. Leerlas con cuidado me condujo a establecer algo semejante a un cuadro analítico, elaborado para formalizar la lógica de los oscilantes fundamentos de sus conceptos clave: hegemonía, sociedad civil, guerra de posición, etcétera, y, al mismo tiempo, a una reconstrucción detallada de los debates históricos que involucraron a Delbrück, Kautsky, Luxemburg, Axelrod, Lenin, Trotski, Lukács, Bordiga y otros, y que resultaron ser condiciones indispensables para la comprensión de las vacilaciones de Gramsci. El resultado de lo anterior fue un enfoque en el cual se conjugaban elementos que podrían calificarse de deconstructivos y discursivos, pero utilizados para descifrar en forma racional la originalidad de un pensador en extremo deliberado. Creo que el método histórico y los hallazgos obtenidos en este ensayo no han perdido validez. Por otra parte, el ensayo tenía intenciones políticas. Escrito poco antes de la revolución portuguesa de mediados de los años setenta, después de la mejor parte de una década de fermento radical en la Europa del oeste, era una explicación de Gramsci que buscaba hacer un balance del último gran debate estratégico del movimiento internacional de los trabajadores, con objeto de aplicarlo a luchas aún vigentes. Aquélla fue, al menos, mi intención explícita. Cuando apareció, sin embargo, recibí una carta de mi amigo Franco Moretti desde Italia, el país más azotado por la turbulencia social, en la cual me decía que había escrito, con mucha finura y elegancia, la despedida de la tradición marxista revolucionaria. En aquellos tiempos, no era un veredicto que estuviera dispuesto a aceptar, pero, y no fue la única ocasión, su criterio demostró ser mejor que el mío.

Durante los años siguientes, tuve que hacer frente a los problemas de la historia de las ideas en un segundo contexto. Si bien el legado del marxismo europeo era una de las tradiciones en las que me había formado y que condujo a las reflexiones sobre Gramsci, la Nueva Izquierda inglesa también había influido en mí. Los principales pensadores de este movimiento eran Raymond Williams y Edward Thompson, En 1978 colaboré en la realización de un libro de entrevistas con Williams, el cual, mediante la interacción de textos y contextos, constituye lo que podría denominarse un diálogo crítico; revisé los escritos de Williams publicados hasta entonces en un intercambio sostenido que quizá sea todavía poco común, pero que resulta esencial para la comprensión de un autor. Poco después apareció un libro sobre Edward Thompson que buscaba conjugar la forma polémica, en la que es un maestro, con la del perfil biográfico, que exige otro tipo de tratamiento, en un intento por elucidar su trayectoria como pensador. Lo que se discutía en él eran, fundamentalmente, cuestiones teóricas e históricas. Desde el punto de vista político, las conclusiones de este trabajo, sobre las que acertadamente se ha insistido, se asemejaban a las de la retrospectiva sobre Gramsci.

En líneas generales, fue éste el punto de partida de los ensayos contenidos en el presente volumen. Los tres primeros, delicados a Geoffrey de Ste. Croix, Isaac Deutscher y Marshall Berman, redactados a comienzos de los años ochenta, denotan una continuidad sustancial, en lo que respecta a sus preocupaciones y convicciones, con otros textos escritos en la década anterior. Los dos primeros se ocupan de eminentes historiadores marxistas, y el tercero, de un teórico del sesenta y ocho, cuya obra toma su título del Manifiesto. Se trata, por decirlo así, de estudios intramuros del mundo intelectual de la izquierda revolucionaria, desde una determinada perspectiva dentro de ella, aquella que critica Marshall Berman en su respuesta a mi artículo sobre su libro. Desde el punto de vista político, era evidente que los disturbios de la época reciente habían terminado, que el fin del fascismo en Portugal había señalado la conclusión de un período, no el inicio de una nueva era, y que, desde el punto de vista intelectual, al menos, el marxismo latino había expirado. Al registrar estos cambios generales en aquel momento, mi opinión era que la tradición del materialismo histórico sólo podría beneficiarse con la renuncia a las pretensiones, que siempre habían sido insostenibles, de absorber la cultura del socialismo; pero que preservaría su posición central en el mapa intelectual de la izquierda en tanto no surgiera para enfrentarse a ella una teoría alternativa del desarrollo histórico, auténticamente comparable con ella en su alcance, algo que ni siquiera la más grande sociología clásica había llegado a producir. Entre tanto, el escenario internacional parecía haber regresado a la época anterior a los disturbios de los años sesenta.

Las condiciones descritas sufrieron una abrupta transformación en la segunda mitad de los años ochenta.  El cuarto y el quinto ensayos señalan un viraje en mis propias reacciones. Con la publicación del primer volumen de la sociología del poder de Michael Mann, se hizo evidente que existía ahora una sofisticada teoría analítica del patrón de desarrollo humano, que excedía en ambición explicativa y en detalle empírico a la teoría marxista. Algunas de las críticas que se le pueden formular están consignadas aquí, y otras han sido desarrolladas en distintos lugares, pero ninguno de los trabajos realizados dentro de la tradición marxista puede ignorar la magnitud de la empresa teórica que representa esta obra. Al mismo tiempo, en el contexto de la perestroika, las coordenadas del mundo de la posguerra comenzaban a modificarse, en cuanto la oposición al ascendiente de Occidente se hacía cada vez menor. El filósofo de la izquierda que, más que cualquier otro, asumió un papel preponderante en esta nueva coyuntura fue Norberto Bobbio. La síntesis distintiva de liberalismo y socialismo que conforma su posición no tiene contraparte exacta. Defendida desde 1945, durante la liberación y la guerra fría, adquirió por primera vez influencia en Italia en el contexto de los debates suscitados por la revolución portuguesa, el mismo contexto en el que escribí mi ensayo sobre Gramsci, contra cuyas conclusiones podrían haber estado dirigidos los argumentos de Bobbio. Una década más tarde, sus tesis aparecieron bajo una nueva luz y la visión desarrollada en su obra se convirtió en punto de referencia de las dificultades con que se enfrentaba la izquierda. El punto de partida de Bobbio y sus certezas, pero también sus vacilaciones, son el objeto de la reconstrucción intentada aquí y comentada por Bobbio en un intercambio de cartas publicado con posterioridad en Italia, en el cual se aclaran puntos de diferencia y de convergencia entre nosotros.

El cambio de perspectiva adoptado en estos textos orienta el resto de los ensayos que conforman este volumen. Para quienes trabajamos en amplias investigaciones comparativas del pasado, en mi caso centradas en la división de Europa tras la época del absolutismo, el surgimiento de un formidable cuerpo de sociología histórica ha sido el desarrollo intelectual de mayor importancia en los últimos años. Los ensayos sobre W. G, Runciman y Ernest Gellner, con Weber como antecesor común de ambos, persiguen este objetivo. Consideraciones ulteriores sobre el trío de sociólogos ingleses discutidos en estas páginas pueden hallarse en otro de mis libros, donde se examinan obras no tratadas aquí. Las preocupaciones políticas de estos años se hallan superpuestas, con dos áreas principales de interés. El liberalismo de Bobbio buscó conjugar las posiciones socialistas con formas menos radicales, pero sin duda originales, tomadas de los escritos de Isaiah Berlin y Ernest Gellner. El reto más imaginativo presentado en. los últimos años procede de Roberto Unger, cuya política se apoya en una interpretación histórica del pasado equivalente a otra macrosociología. Al mismo tiempo, los liberalismos modernos involucran un compromiso con el pluralismo de los valores, cuyo problema más crítico es el que presenta la naturaleza y el comportamiento del nacionalismo. Las relaciones entre ambos son un tema recurrente que se explora aquí en las obras de Weber, Gellner y Berlin. Más allá de ellas, el problema de la identidad nacional se ha convertido en el punto central del debate contemporáneo en Europa, como atestiguan los últimos libros de dos de los más importantes historiadores de sus respectivos países, Fernand Braudel y Andreas Hillgruber.

Sobre el trasfondo de todos los temas relativos a la diferencia cultural se halla, por otra parte, la búsqueda de la naturaleza humana. La investigación histórica de mayor impacto sobre este asunto aparecida en muchos años es la explicación ofrecida por Carlo Ginzburg, que se basa en la persistencia milenaria de los motivos chamanísticos en la imaginación popular. El ensayo dedicado a su obra se toma ciertas libertades que confiere la amistad, a lo que el autor ha respondido con calor. Lo que no dice, sin embargo, aun cuando es la moraleja que podemos extraer de la diversidad de escritores considerados aquí, es que un programa de investigación importante no se agota tan pronto como presumen sus críticos. Esto es válido para el estructuralismo, adaptado por Ginzburg: para el evolucionismo, renovado por Runciman; para el funcionalismo, animado por Gellner; para el existencialismo, socializado por Unger. Todas estas doctrinas fueron consideradas en los últimos años algo superado. En la actualidad, en casos como éstos, es su vigor lo que nos sorprende. No es probable que el futuro del marxismo sea diferente. Sus más poderosos oponentes intelectuales, las diversas sociologías históricas alineadas ahora contra él, comparten un flanco débil de creciente importancia: tienen muy poco que decir acerca de la dinámica de la economía capitalista que se enseñorea sin rival sobre la faz de la tierra. A este respecto, la teoría normativa que ha acompañado su triunfo se encuentra igualmente desamparada, como ella misma reconoce; la síntesis de Hayek, a pesar de su consistencia en otros aspectos, admite su incapacidad para ofrecer una explicación sistemática de los senderos del crecimiento a largo plazo o de la crisis estructural; es probable que el regreso del materialismo histórico se presente en este terreno, en el cual ya se acumulan los signos de la crisis.

 

4. LA SOCIOLOGÍA DEL PODER DE MICHAEL MANN
¿Quién no se sentiría intelectualmente estimulado por la amplitud del horizonte descrito por Michael Mann en los tres volúmenes de su obra The Sources of Social Power? Su propósito, según sus propias palabras, es nada menos que «proponer una historia y una teoría de las relaciones de poder en las sociedades humanas», proyecto que considera «prácticamente sinónimo con el de una historia y una teoría de la propia sociedad humana». Todas las reticencias que puede suscitar la idea de que un propósito tan amplio deba ser ocioso o exagerado se desvanecen de inmediato. La ambición de un proyecto semejante, en contra de toda expectativa convencional, se ve satisfecha por la claridad y la grandeza de su ejecución.

El panorama que esboza Mann se abre con un estudio general de la evolución prehistórica y las razones por las cuales no desembocó en formas estables de estratificación social. Sigue luego un examen del surgimiento de la civilización y del Estado en Mesopotamia, en el cual estudia someramente otras grandes culturas del Cercano Oriente, Asia y América. Considera que las conquistas de Sargón I de Akkad fueron el inicio de una nueva configuración del poder, la de los «imperios de dominación», entre los cuales el asirio y el persa son tratados por separado. La Grecia clásica aparece como heredera de la civilización ribereña del Cercano Oriente, de la agricultura de la Edad del Hierro, que llegó del Norte, y del comercio marítimo desarrollado en el Mediterráneo, cuyos pioneros fueron los fenicios; los hoplitas, sin embargo, son la clave de la construcción de una polis dividida en clases, un ordenamiento del poder sin precedentes. El mundo romano que vino después es definido por Mann como el primer «imperio territorial» auténtico, capaz de imponer su ley de manera uniforme sobre un vasto espacio geográfico en lugar de depender para ello del control indirecto a través de clientes heterogéneos, como sucedía en los «imperios de dominación». Los efectos contradictorios de la unificación romana del Mediterráneo promovieron la difusión del cristianismo como religión salvadora con lo cual se creó el entramado moral necesario para el desarrollo económico descentralizado de Europa durante la Edad Media, asentado en la agricultura y el comercio de cabotaje. En este contexto, la transición hacia el capitalismo se hizo inseparable del crecimiento de una serie de Estados nacionales «orgánicos», con un poder mucho más efectivo sobre sus dominios que el de cualquiera de los imperios antiguos, aunque con menor alcance formal, cada uno de ellos conformado y a la vez limitado por las continuas guerras con sus vecinos.

Un resumen tan simplificado da cuenta poco más que del alcance cronológico de los estudios de Mann, en sí mismo bastante audaz; no obstante, lo que más impresiona de ellos es la calidad de su narrativa analítica. Los sociólogos contemporáneos, pese a las buenas intenciones que los animan en su aproximación al pasado, tienden, por lo general, a mostrarse un poco desmañados al estudiarla. Nada de eso ocurre en este caso. Mann hace gala de un dominio formidable y detallado de los estudios sobre los diversos temas que aborda, así como de un realismo intuitivo respecto a los datos que maneja que provocaría la envidia de cualquier historiador. El sostenido despliegue de estos talentos, sin esfuerzo aparente, para considerar un período que se extiende desde los pueblos de la cultura del vaso campaniforme hasta los oligarcas de la casa de Hannover, constituye un logro asombroso.

Sin embargo, no se trata de algo superpuesto a la investigación sociológica como tal, sino que es más bien un resultado de ella; la teoría del poder expuesta por Mann exige ese análisis histórico tan minucioso. Hasta cierto punto, su teoría resulta bastante genérica y convencional. En el título se invocan cuatro tipos de fuentes del poder social: las económicas, las ideológicas, las políticas y las militares, La justificación que esgrime Mann para esa división no es muy profunda; se propone, sin duda, fundamentarla por extenso en el tercer volumen de la obra. En todo caso, dentro de su propio esquema, el poder «político» (quizá hubiera sido mejor denominarlo «administrativo», al menos para el período correspondiente a este volumen) no parece tener una autonomía tan categórica como los demás, pues su ejercicio depende, como resulta obvio, de la posesión del poder ideológico o militar, y, por lo general, es consecuencia de una combinación de ambos, mientras que lo contrario no tiene validez, como demuestran los monjes y los bandoleros mencionados en el libro. El poder político en su estado «puro» no puede existir de modo parangonable.

Hecha esta salvedad, la clasificación preliminar resulta incontrovertible, aunque no precisamente original. La originalidad de la teoría de Mann reside en otro aspecto, en un nivel inferior de especificidad; en su preocupación global por lo que denomina las «infraestructuras exactas» de cada tipo de poder, esto es, los detalles de sus técnicas organizativas. La logística de la movilización militar, el grado y la calidad de la alfabetización, la tecnología de la agricultura y los medios de transporte para el comercio, la incidencia y el alcance del control judicial, así como el patrón de ingresos y gastos fiscales, son algunos aspectos respecto a los cuales Mann modifica nuestra visión de lo que han sido las posibilidades y realidades históricas del poder y de cómo han cambiado con el transcurso de los siglos.

Una y otra vez, estas investigaciones representan un logro sin igual. Mann se esfuerza por rechazar la «falsa oposición» entre idealismo y materialismo como modalidades del análisis social, por considerarla un «estéril dualismo» que espera superar. En cierta forma, su enfoque propio quedaría mejor caracterizado como un «materialismo organizativo», para utilizar la frase de uno de sus colegas, John Hall, cuyo ensayo Powers and Liberties puede verse como un contrapunto menor al enciclopédico trabajo de Mann. Es este interés común por la formulación de tipos contrastantes de poder lo que confiere tanta versatilidad a su sociología del poder. La mayor parte de los estudiosos, cualquiera que sea su amplitud teórica en la exposición o clasificación de diversos tipos de poder, sólo dominan por lo general uno o dos de ellos. Los sociólogos, al igual que los historiadores y que todo el mundo, en general, tienden a tener afinidades de temperamento bastante selectivas, Weber fue una gran excepción; Mann, otra. Su pretensión de eludir las connotaciones habituales del idealismo y el materialismo resulta válida no tanto por la tradicional y manida afirmación filosófica de haberlas dejado atrás como por la autoridad y la fluidez con que traslada su atención de una doctrina religiosa a una estructura tributaria, de la estrategia militar a la ecología agraria, de las relaciones de clase a la diplomacia. Todos estos elementos se conjugan en un único análisis del poder, lo anterior acaso parezca desagradable, pues la obsesión por el poder sugiere, por lo general, connotaciones siniestras. Sin embargo, aun cuando la perspectiva de Mann entraña, en efecto, una limitación de su campo visual, no hay huella alguna de una fascinación autoritaria por ser tema de estudio; por el contrario, el talante de su obra es particularmente humano y democrático. El carácter monumental del proyecto que acomete contrasta con la agradable informalidad del estilo, una prosa de sentencias breves y vigorosas, libre de toda jerga inútil y de retórica, que implica al lector en una discusión directa; en este aspecto, difiere radicalmente de Weber.

Mann califica su concepción del desarrollo social más de neoepisódica», recurriendo a la expresión acuñada por Ernest Gellner, que de evolucionista. El poder humano, así como la sociedad humana, no se transforma siguiendo un crecimiento continuo, sino mediante estallidos breves e intensos, y su efecto acumulativo siempre ha sido, insiste Mann hacia el final del libro, accidental. Mucho depende, entonces, de la elección de los episodios hacia los cuales dirige nuestra atención y de cuán plausible resulte la interpretación que ofrece de ellos.

¿Qué podemos decir al respecto? La primera dificultad real del libro atañe a su explicación del surgimiento de la civilización y del Estado. Mann parte de la base de que, en líneas generales, la evolución social por sí misma nunca apuntó en tal sentido, porque la tendencia a la jerarquización y la desigualdad sociales se invertía cíclicamente, ya que los grupos prehistóricos en peligro de subordinación y de caer en esas situaciones trataban de librarse de ellas, y deduce que la condición previa para que surgiera la civilización, y fueran aceptados los constreñimientos que impone fue «el cierre de las rutas de escape» o «enjaulamiento ecológico».

Se trata de una inferencia lógica más que de una conclusión histórica o geográfica. Su estudio sobre el origen de la civilización se ocupa de manera predominante de Mesopotamia, respecto a la cual advierte con posterioridad que no hubo allí un enjaulamiento ecológico de importancia, sino más bien un espacio topográfico marcado por «la carencia de fronteras externas definidas», con una «civilización de límites inciertos», producto de «diversas redes de interacción», creadas, entre otros elementos, «por la diversidad ecológica». Tras redefinir tácitamente su punto de partida en términos del modelo que esboza para Mesopotamia, Mann intenta luego aplicarlo a Egipto, donde descubre una «desviación», pues este país carecía de «redes regionales que se solaparan» y se encontraba, por así decirlo, excesivamente concentrado a lo largo del Nilo. Estas contradicciones permanecen sin solución cuando pasa a la China y al valle del Indo, las otras dos regiones donde prevaleció también la agricultura aluvial, y a Creta y a la América precolombina, donde eso no ocurrió. La descripción de todas estas civilizaciones resulta inconexa, e incluso debilita en ocasiones las premisas del análisis de forma evidente («los mayas no se hallaban especialmente enjaulados»).

El problema del nacimiento de la civilización constituye uno de los más antiguos enigmas de las ciencias sociales, y no se debe culpar a Mann por no haberlo resuelto. Pero debe reconocerse que su método muestra graves deficiencias. En este caso, sólo un examen comparativo podría ofrecer garantías para una explicación coherente, explicación que debería, entre otras cosas, prestar mayor atención de la que le concede Mann al papel de la religión organizada en el nacimiento del Estado, punto subrayado por un historiador marxista, Maurice Godelier, y también tendría que estudiar de forma más sistemática el abanico de excedentes económicos de que disponían la religión organizada y el Estado. Pero, sobre todo, no debería privilegiar a una región y tratar a las demás como anexos secundarios. Comenzar con Mesopotamia no es, con todo, un procedimiento arbitrario en Mann, pues tiene una importancia definitiva para lo que sigue.

El segundo tema principal del libro es la naturaleza y la incidencia de los «imperios de dominación». Sargón, Asurbanipal y Ciro son los personajes más sobresalientes, pues todos establecieron Estados imperiales a caballo del Tigris y el Éufrates. La disección que efectúa Mann de los mecanismos de gobierno que permitieron el crecimiento de esas estructuras en un mundo donde los medios de transporte y comunicación eran terriblemente limitados, y de cerrado localismo étnico y cultural, es excelente. La agudeza teórica y la vivacidad empírica de estas páginas las convierten en el mejor análisis de que disponemos acerca de los imperios del Cercano Oriente. Mann hace hincapié en lo que, siguiendo a Herbert Spencer, llama «la cooperación obligatoria», es decir, la consecución de mayores excedentes económicos mediante el aumento de la coerción militar. Su relación de los beneficios potenciales de la represión y la explotación que ejercían los imperios para la producción y la circulación de mercancías (ya que no para los productores) suministra una precisión formal y unos detalles de los que se carecía respecto a ese proceso histórico. No obstante, se equivoca al afirmar que su imagen de los imperios de dominación es especialmente heterodoxa en este punto; por el contrario, goza del favor unánime de la mayoría de las autoridades sobre el tema, e incluso fue satirizada por E. P. Thompson en su poema sobre el primer emperador de Ch’in: «A pesar de cuántos asesinó el emperador / el científico historiador / (aun tomando nota de la contradicción) / afirmará que crecieron las fuerzas de producción.»

La tercera cuestión de importancia estudiada por Mann es el mundo clásico, o, más específicamente, el carácter y el destino del Imperio Romano. Lo que dice acerca de Grecia evidencia una profunda y admirada perspicacia y traduce la habilidad con que puede realizar el análisis de clases, hasta entonces relegado al trasfondo, cuando lo considera pertinente; las distinciones que postula, en este caso y en otros, entre los diversos tipos de lucha de clases que pueden identificarse en la historia son eminentemente razonables y útiles, una vez liberadas de una arbitraría referencia a la «institución» de la lucha de clases en Grecia como una «carrera de saltos por el poder». Se presenta, sin embargo, una escasa articulación entre los episodios griegos y romanos, pues los primeros se convierten en una especie de paréntesis dentro de la narración en su conjunto. Su interés recae sobre la conquista y el dominio por Roma del Mediterráneo, considerados el estadio superior del imperialismo, el advenimiento del primer «imperio territorial» auténtico. Mann argumenta que los dos ejes del poder romano fueron su ejército legionario, una fuerza de infantería superior a cualquier otra de su tiempo, y una clase dominante culta, con una erudición sin precedentes, capaz de asimilar a cualquier élite conquistada. Al igual que Keith Hopkins, subraya los efectos económicos multiplicadores del primero, responsables de la gran prosperidad de los primeros dos siglos del Principado, y los efectos ideológicos disociativos de la segunda, cuando las condiciones materiales del universalismo cultural, en educación, lenguaje y comercio, se difundieron más allá de los estratos dominantes, subvirtieron el culto oficial y dieron lugar al triunfo del cristianismo bajo el Dominado.

Ninguno de estos procesos nos dice mucho acerca de la decadencia del Imperio, Mann aborda de forma sucinta las relaciones entre el Estado y las clases terratenientes, pero con una inusitada vaguedad y de una manera que resulta pobre cuando se compara con el reciente examen de Chris Wickham sobre el mismo tema, pues no parece conceder a la creciente polarización social que invade el Imperio de Occidente la importancia que merece. Por no contar con una dinámica interna, Mann se ve obligado a recurrir al manido tópico de las crecientes presiones externas para justificar el fin del ordenamiento romano. No obstante, es evidente que las invasiones bárbaras no pueden explicar la supervivencia de Bizancio; por esta razón, Mann deja por completo de lado el posterior desarrollo del Imperio de Oriente y relega a Bizancio a un olvido que incluso Gibbon no se permitió. El nacimiento de Roma adquiere en su. planteamiento mucho más relieve que su decadencia.

Ello se debe, en parte, a que el intelecto de Mann se interesa mucho más por otra cuestión: ¿Cómo, y por qué, triunfó el cristianismo en el mundo romano? Su examen de este problema constituye, en muchos aspectos, un tour de force, y es una de las secciones más originales y sugerentes del libro, sobre todo, por su exploración de los senderos sociales seguidos por la nueva fe. Pero lo hace desde una perspectiva llena de sugestivas connotaciones. Todas las religiones existen de dos maneras: como sistemas de salvación individual dentro del cosmos y como vínculos de cohesión social dentro de la comunidad. Weber se concentró en la primera, y Durkheim, en la segunda, es decir, en el papel de lo sagrado en las relaciones humanas con la naturaleza y con la sociedad, respectivamente. La interpretación que propone Mann del cristianismo es testarudamente durkheimiana: «El cristianismo no constituyó una respuesta a una crisis material, ni tampoco una alternativa espiritual al mundo material. Se trataba de una crisis de identidad social: ¿a qué sociedad pertenezco? » Esta tajante sentencia, cuya falta de matices contrasta con la forma habitual en que considera los complejos temas que estudia, encuentra su razón de ser en la perspectiva adoptada por Mann. En una obra dedicada al poder social, la religión debería ser subsumida temáticamente como una forma de aquél. Esto puede decirnos parte ―y una parte considerable― de la verdad acerca de la expansión del cristianismo, pero no toda, ni mucho menos, pues la «historia del poder» no es «virtualmente sinónima» de la historia tout court, contrariamente a lo que afirmaba Mann al principio. Al afirmarlo, no hace más que participar en la típica confusión moderna que, de modo simplista, considera idénticos poder y cultura, cuyo principal exponente ha sido Michel Foucault, en cualquier otro aspecto un autor muy alejado de los intereses de Mann. Lo que la visión de éste acerca del cristianismo pasa por alto radicalmente es su posición intelectual en el mundo del pensamiento clásico: hasta qué punto pudo aprovecharse, mediante una nueva explicación del universo, de la brecha moral y filosófica entre una cultura racionalizada, capaz de producir un Epicuro o un Lucrecio, y los cultos residuales, cada vez más degradados para servir a los fines imperiales de Domiciano o Heliogábalo. Lo sobrenatural no incide en su explicación del desarrollo del cristianismo, en la cual no aparece ni una sola vez la palabra «milagro ». Y, sin embargo, eran los milagros el meollo de las polémicas entre cristianismo y paganismo en los primeros siglos de nuestra era; no se discutían versiones diferentes del orden social, sino la intervención divina en el orden natural. La falta de sensibilidad de Mann ante esta dimensión del cristianismo carece de fisuras y lo lleva más tarde a emitir el juicio asombroso y ahistórico de que la Iglesia «cometió un terrible error» cuando rechazó el racionalismo científico a partir del siglo XVII, pues el mundo físico representaba «una zona trivial» de sus preocupaciones, «abrumadoramente centradas en lo social y no en lo natural», lo que equivale a decir que las ideas de Galileo y Darwin hubieran podido ser bien recibidos por la Santa Sede de haber sido más espabilados los papas que reinaban en cada momento.

Mann concluye su libro con un examen del desarrollo europeo desde el año 800 hasta 1760, en busca de las fuerzas determinantes de su dinamismo, único en una perspectiva histórica mundial. Su explicación reside en la acumulación de lo que puede simplificarse razonablemente de nuevo como tres «fuentes» de poder. Su descripción dé los cambios verificados en la producción económica y en el comercio entre la alta Edad Media y la Ilustración resulta, por lo general, lúcida y bien elaborada, aun cuando, como él mismo reconoce, aporta pocos elementos nuevos para la comprensión del paso del feudalismo al capitalismo. Las agudas consideraciones de Eric Jones en lo referente a los aspectos ambientales, demográficos o tecnológicos representan, en todo caso, un hito difícil de superar. Más importante, quizá, es la escasa atención que presta a las relaciones de propiedad; aquí, al igual que en otros pasajes, el enciclopédico abanico de intereses de Mann hace caso omiso de los aspectos legales de los temas que estudia.

Por otra parte, su trabajo pionero sobre la morfología de las estructuras político-militares del Estado, desde Offa hasta Federico II, es excelente; elaborada en tomo a un cuidadoso análisis del tesoro real y la hacienda pública en el caso paradigmático de Inglaterra, esta reconstrucción de la lenta formación del sistema estatal europeo constituye la aportación más decisiva del libro. En suma, afirma que siempre fue más importante para la formación y la transformación del Estado la competencia militar externa que las necesidades de administración política interna. Nadie ha desarrollado la lógica histórica que se sigue de ese argumento con un dominio intelectual semejante. No obstante, esta pieza empírica central de la última parte del libro no es su principal aportación teórica. Del mismo modo, concluir que la agricultura feudal «descentralizada» fue un sistema extendido por numerosos Estados durante la Edad Media o los inicios de la Moderna no constituye una explicación innovadora en la bibliografía acerca de la formación de Occidente. Como él propio Mann reconoce, los análisis geoestratégicos de esta última fueron un leitmotiv de la tradición alemana que culmina con Hintze.

Lo realmente nuevo en la explicación de Mann es el papel que atribuye a la tercera fuente de poder: la ideología. El inesperado héroe de este cuento es la Iglesia católica. Su argumento, reducido a lo esencial, consiste en afirmar que fue la influencia moderadora y apaciguadora de la enseñanza moral de la Iglesia lo único que consiguió «pacificar» en alguna medida la violencia predominante entre los Estados o en su interior y lo que «reguló» el intercambio de bienes a distancia. La prédica de la Iglesia de «consideración, honestidad y caridad con todos los cristianos» confirió una «humanidad común» y una «identidad social» a los europeos, que operó como un «sustituto de la pacificación coercitiva requerida, por lo general, en las sociedades anteriores de gran extensión». En síntesis, sin sermones no habría habido paz ni comercio. La fe religiosa se convierte entonces en una condición previa del desarrollo económico y la civilización política. Como señala Mann, no se trata de una concepción weberiana, por cuanto no apela a una relación particular entre la doctrina y el trabajo o la naturaleza; se limita, de manera mucho más drástica, a conferir a la teología las virtudes de la sociabilidad como tal. Después de exponer esta tesis en su disquisición acerca de la Iglesia medieval, Mann insiste de manera inequívoca en este argumento en las conclusiones. Reitera la contribución de las «cuatro redes principales de poder» (aunque, de hecho, son tres, pues el capítulo se titula «Capitalismo, cristianismo y Estados») al dinamismo de Europa y afirma; «He elegido una de ellas, el cristianismo, como necesaria para todo lo ocurrido después. Las otras contribuyeron también en gran medida a la dinámica resultante, pero determinar si fueron "necesarias” es harina de otro costal». El cristianismo se yergue primus inter pares entre las causas del triunfo de Occidente. La más reciente conclusión de la ciencia social redescubre la convicción fundamental de los conquistadores.

Surgen, sin embargo, dos escollos evidentes en la concepción de Mann, que sólo la especial arquitectura del libro puede haberlo llevado a no advertir. El primero es, sencillamente, que la «cristiandad», para usar el término que emplea con insistencia, nunca estuvo confinada a Europa occidental. La innegable realidad de la Iglesia de Oriente queda excluida de la exposición de Mann, quien se desentiende sin más de la historia bizantina. ¿Dónde están los fructíferos efectos del cristianismo ortodoxo sobre la vida política y económica?, ¿por qué no desencadenó evoluciones comparables en Anatolia o los Balcanes? Mann no aduce razones de diferenciación en la historia de la doctrina o la organización cristianas que puedan dar cuenta de tal divergencia. Bizancio carecía de muchas cosas, pero no de ia regulación normativa de la religión. Lo mismo es cierto, desde luego, respecto del mundo islámico y más aún de la temprana China imperial. Al replantear la tesis weberiana acerca del papel catalizador de la religión de forma genéricamente durkheimiana, Mann desecha todo fundamento razonable para sustentar los privilegios especiales del cristianismo. La «pacificación normativa» forma parte del bagaje de las principales religiones, y fue impuesta de modo mucho más efectivo en las tierras de los abasíes o los T’ang que en el mundo de Carlos el Calvo. ¿Cómo puede Mann pasar por alto reflexiones tan evidentes? La respuesta se encuentra en el parti pris que condiciona su obra. La naturaleza de su proyecto, explica, consiste en elaborar una «sociología histórica, no una sociología comparada». Hay ocasiones en que se aparta de esta norma, como, por ejemplo, cuando considera, muy atinadamente, por cierto, el sistema de castas hindú, pero, en esencia, Mann realiza una única y continua genealogía del poder. Pasa de Sumer a la City londinense en un dilatado relato que se desarrolla sin interrupciones desde Mesopotamia hasta la Europa moderna. Elabora una teoría de esta sucesión como el «macromodelo» de una «deriva a largo plazo», que precede, con mucho, a la experiencia medieval, del «límite más activo de la civilización» hacia Occidente y, en especial, el Norte de Occidente, debido al «bloqueo político» de Oriente, donde esta vanguardia se vio obligada a sostener «una acción defensiva a menudo ineficaz en contra de sus agresivos vecinos orientales», mientras que encontraba condiciones ecológicas favorables hacia Occidente. Esta peregrinación metahistórica del progreso hacia Occidente explica la mayor parte de las debilidades y los puntos ciegos de la visión histórica de Mann antes señalados: la consideración de Egipto como un caso anómalo en el surgir de la civilización, ignorado como imperio de dominación; el relegar a China a una acotación como imperio territorial; la exclusión de Bizancio del ámbito de la cristiandad, y dejar de lado el Islam como fuerza de pacificación normativa.

El fallo más evidente del libro radica en que no presta, en proporción, la debida atención a la experiencia china. Por sí mismo, este desequilibrio invalida el subtítulo de la obra, que, de hecho, es una innecesaria manifestación de arrogancia. ¿Se encontraba la civilización de los Shang en un «enjaulamiento ambiental»? ¿No antecedió con mucho la unificación de Ch'in a la de Roma? ¿No tiene el sistema de responsabilidad familiar un lugar en el inventario de las estructuras de poder? ¿Fue menor la alfabetización en tiempos de Han Wu-Ti que bajo Adriano? ¿Es correcto calificar la doctrina de Confucio de «religión salvadora»? ¿Se hallaban las zonas de China dominadas por la dinastía Sung meridional realmente atrasadas en comparación con la Europa del siglo XII, «la más creativa de las civilizaciones agrarias desde la Edad del Hierro»? Es posible que Joseph Needham escribiera en vano, si consideramos que su obra no ejerce influjo alguno sobre las anteriores presuposiciones. Hubo un período en el cual se atribuía a menudo una rudimentaria inmovilidad a la economía alto- medieval, pero la necesaria corrección se transforma, según la concepción de Mann, en una reacción excesiva; para él, Europa «da un salto adelante hacia el año 1000», época en la cual germinan ya entre los anglosajones y los francos ¡«los principales logros de nuestra era científica, industrial y capitalista»! Si bien advierte al lector que «la autodenigración en que suelen caer los europeos está fuera de lugar», Mann descuida el riesgo aún peor de la autoexaltación.

Las fuentes de este error no son culturales, ni tampoco constituyen una manifestación más del tan familiar eurocentrismo. Estriban en un error teórico; la idea de que no puede haber una sociología a un tiempo histórica y comparada. Mann no esgrime ninguna razón válida para contraponerlas. Sus observaciones sobre el tema son vagas y especiosas: la sociología comparada resulta «demasiado difícil» (al menos, después de Mahoma), o bien «no suministra suficientes casos» para los propósitos que persigue. No obstante, al eliminar de su historia las comparaciones reales, Mann se niega a sí mismo el control empírico indispensable que requieren la mayor parte de sus hipótesis. No podemos dejar de inferir que el motivo de estas restricciones acaso no sea tanto la imposibilidad intelectual de presentar un marco más amplio como los beneficios que se derivan de recurrir a uno más estrecho para efectos de composición, pues la historia del poder esbozada por Mann, precisamente porque realiza un exordio que cubre varios milenios como preparación para llegar a estudiar el único tema de la Revolución Industrial, adquiere un impulso narrativo muy superior al de cualquiera de las grandes obras de la sociología clásica. No es a la misma Economy and Society en su capacidad de análisis y, ciertamente, la supera en el aspecto literario.

Acaso sean éstos los rasgos que perduren en la mente del lector mucho después que las reservas específicas acerca de su método o de sus conclusiones se hayan desvanecido. Las críticas formuladas a The Sources of Social Power se hallan condenadas a una especie de impotencia, pues, después de todo, se trata tan sólo del primero de tres volúmenes, el segundo de los cuales se ocupará del destino de las naciones y de las clases hasta hoy. Nunca se ha emprendido un proyecto sociológico de esta magnitud que no estuviera animado por una pasión política, tácita o explícita. Aguardamos con expectativa qué resultará de ello, pero, sin duda, asistimos a la composición de una gran obra.
1986

 

 

ÍNDICE

Agradecimiento

Prefacio
1. Geoffrey de Ste. Croix y el mundo antiguo
2. Marshall Barman: modernidad y revolución
3. El legado de Isaac Deutscher
4. La sociología del poder de Michael Mann
5. Las afinidades de Norberto Bobbio
6. Roberto Unger y las políticas de transferencia de poder
7. W. G. Runciman: un nuevo evolucionismo
8. Sobre la implicación ideológica: Andreas Hillgruber .
9. Max Weber y Emest Gellner: ciencia, política, hechizo
10. Pesquisa nocturna: Cario Ginzburg
11. El pluralismo de Isaiah Berlin
12. Femand Braudel y la identidad nacional

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