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La degeneración de la política en espectáculo no solo ha transformado la actividad política en publicidad, menoscabado su discurso y convertido las elecciones en acontecimientos deportivos en los que cada parte enarbola la ventaja que le confiere su «impulso»; también ha hecho más difícil que nunca organizarse como oposición política. Cuando las imágenes del poder ensombrecen la realidad, los que no lo tienen se descubren peleando con fantasmas. En una sociedad donde el poder gusta de presentarse disfrazado de benevolencia […], es particularmente difícil identificar al opresor, ya no digamos personificarlo, o sostener una sensación quemante de injusticia en las masas.

 

Prefacio
Transcurrido medio siglo desde que Henry Luce proclamara «el siglo de Norteamérica», la confianza de los norteamericanos ha declinado hasta llegar a un nivel insospechadamente bajo. Quienes hasta hace poco soñaban con el dominio del mundo vacilan hoy ante la mera idea de tener que gobernar la ciudad de Nueva York. La derrota en Vietnam, el estancamiento económico y el agotamiento inminente de los recursos naturales han provocado una oleada de pesimismo en las altas esferas, que empieza a difundirse en el resto de la sociedad a medida que la gente va perdiendo confianza en sus líderes. Una análoga crisis de confianza invade otras naciones capitalistas. En Europa, la renovada fuerza de los partidos izquierdistas, el resurgimiento de los movimientos fascistas y la oleada terrorista dan cuenta, por distintas vías, de la vulnerabilidad de los regímenes vigentes y del agotamiento de las tradiciones establecidas. Incluso Canadá, que fue durante largo tiempo un bastión de la más inalterable formalidad burguesa, enfrenta desde hace años, en el movimiento separatista de Quebec, una amenaza contra su existencia misma como nación.

Las dimensiones internacionales del actual malestar sugieren que no se lo puede atribuir a una falta de valor de los norteamericanos. El conjunto de la sociedad burguesa parece haber agotado, en todas partes, su propia reserva de ideas constructivas. Ha perdido tanto la capacidad como la voluntad de enfrentar las dificultades que amenazan arrollarla. La crisis política del capitalismo refleja una crisis general de la cultura occidental, manifiesta en una desesperación generalizada por comprender el curso de la historia contemporánea o someterlo a alguna forma de conducción racional. Hace mucho tiempo que el liberalismo, la teoría política de la burguesía en ascenso, perdió su capacidad de explicar los hechos en el mundo del estado del bienestar y de las grandes corporaciones multinacionales; pero nada ha conseguido sustituirlo hasta ahora. Sumido en la bancarrota política, el liberalismo está a su vez en franca bancarrota intelectual. Las ciencias que él mismo alentara, que alguna vez confiaron en su habilidad para disipar las tinieblas de su época, ya no brindan explicaciones satisfactorias de los fenómenos que se declaraban ansiosas por dilucidar. La teoría económica neoclásica ya no puede explicar la coexistencia de desempleo e inflación; la sociología ha renunciado al intento de bosquejar una teoría general de la sociedad moderna; la psicología académica renuncia al desafío que planteó Freud y se repliega a la medición de cuestiones triviales. Las ciencias naturales, tras de exagerados alegatos en beneficio propio, anuncian que la ciencia no ofrece ninguna cura milagrosa de los males sociales.

En las humanidades, la desmoralización ha llegado al punto de admitirse de forma generalizada que los estudios humanísticos nada pueden aportar al entendimiento del mundo moderno. Los filósofos ya no se ocupan de explicar la naturaleza de los hechos ni pretenden sugerirnos cómo vivir. Los estudiantes de literatura no tratan los textos como una representación del mundo real, sino como un reflejo del estado espiritual de su creador. Los historiadores se doblegan ante una «sensación de irrelevancia de la historia», según David Donald, «y de inquietud ante la era en la que estamos entrando». Puesto que la cultura liberal siempre dependió tanto del estudio de la historia, un ejemplo particularmente revelador del colapso al que se enfrenta esa cultura lo ofrece el colapso de la fe en la historia, que antes rodeaba a la práctica de llevar un registro de los acontecimientos públicos con un aura de dignidad moral, de patriotismo y de optimismo político. Los historiadores suponían, en el pasado, que los hombres aprendían de sus errores. Ahora que el futuro nos parece problemático e incierto, el pasado resulta «irrelevante», incluso para quienes dedican sus vidas a investigarlo. «La era de la abundancia ha concluido», escribe Donald. «Las “lecciones” que nos brinda el pasado de Norteamérica son, hoy por hoy, no solo irrelevantes, sino peligrosas […]. Puede que la faceta más provechosa de mi propia función sea la de despertarlos [a los estudiantes] del hechizo que ejerce la historia, ayudarlos a apreciar la irrelevancia del pasado […], [para] recordarles lo poco que los seres humanos controlan su propio destino».

Esta es la visión desde arriba: la visión desesperanzada del futuro, ampliamente compartida, hoy, por los que gobiernan la sociedad, los que moldean la opinión pública y supervisan el conocimiento científico del que depende la propia sociedad. Si, por otra parte, preguntamos al hombre común por su perspectiva individual, nos toparemos con infinidad de indicios que confirman la impresión de que el mundo moderno se enfrenta al futuro sin mayores esperanzas. Y, a la vez, con otra cara de la moneda, que sirve para matizar esa impresión y nos sugiere que la civilización occidental puede aún generar los recursos morales para trascender su crisis actual. Una desconfianza omnipresente hacia quienes ejercen el poder ha vuelto a la sociedad cada vez más difícil de gobernar, algo de lo que la clase gobernante insiste en quejarse sin entender su propio aporte a tal dificultad; pero esa misma desconfianza puede suministrarnos el fundamento de una novedosa capacidad de autogobierno, la cual acabaría por suprimir la necesidad misma que dio origen a una clase

gobernante en primera instancia. Lo que a los ojos de los científicos políticos parece apatía electoral bien puede representar un escepticismo saludable respecto de un sistema político donde la mentira pública se ha vuelto endémica y modalidad rutinaria. La desconfianza hacia los expertos puede contribuir a atenuar la dependencia de esos mismos expertos que ha ido invalidando la aptitud para la autoayuda.

La burocracia moderna ha minado las tradiciones precedentes de la acción a nivel local, cuya revitalización y difusión representa hoy la única esperanza de que surja una sociedad decente tras el naufragio del capitalismo. La inadecuación de las soluciones dictadas desde arriba obliga hoy a la gente a idear soluciones desde la base. El desencanto con las burocracias gubernamentales ha comenzado a difundirse a las burocracias empresariales, los centros reales del poder en la sociedad contemporánea. En pueblos pequeños y vecindarios urbanos populosos, incluso en los suburbios, hombres y mujeres han iniciado modestos experimentos de cooperación mutua, diseñados para defender sus derechos ante las corporaciones y el Estado. El «distanciamiento de la política», como lo entiende la élite empresarial y política, puede significar la negativa creciente del ciudadano a tomar parte en el sistema político como un consumidor de espectáculos prefabricados. En otras palabras, puede no significar en absoluto un ausentarse de la política, sino el principio de una revuelta política de carácter general.

Es mucho lo que podría escribirse acerca de los signos de esta nueva forma de vida en Occidente. Este libro, sin embargo, describe el estilo de vida que hoy agoniza: la cultura del individualismo competitivo, que en su propia decadencia ha llevado la lógica del individualismo al extremo de una guerra de todos contra todos y la búsqueda de la felicidad al punto muerto de una preocupación narcisista por el yo. Las estrategias de supervivencia narcisista se presentan hoy como la emancipación de las condiciones represivas del pasado, dando pie a una «revolución cultural» que reproduce los peores rasgos de la civilización en vías de derrumbarse cuya crítica realiza. El radicalismo cultural se ha vuelto tan de buen tono, y tan pernicioso el apoyo que inconscientemente provee al orden establecido, que cualquier crítica de la sociedad contemporánea que aspire a trascender lo superficial deberá criticar, al mismo tiempo, buena parte de lo que actualmente viene con la etiqueta del radicalismo.

Los hechos han vuelto las críticas liberacionistas de la sociedad moderna —y, también, buena parte de la crítica marxista temprana— desesperanzadamente obsoletas. Muchos sectores radicalizados hacen recaer, aún, su indignación en la familia autoritaria, la moral sexual represiva, la censura literaria, la ética del trabajo y otros pilares del orden burgués debilitados o arrasados por el propio capitalismo avanzado. Estos sectores no ven que la «personalidad autoritaria» no es, a estas alturas, el prototipo del hombre económico. El mismo hombre económico ha dado paso al hombre psicológico de nuestra época: el último producto del individualismo burgués. El nuevo narcisismo está obsesionado, no por la culpa, sino por la ansiedad. No busca infligir sus propias certezas a otros, sino encontrar un sentido a la vida. Liberado de las supercherías del pasado, duda incluso de la realidad de su propia existencia. Relajado y tolerante en la superficie, halla escasa utilidad en los dogmas de la pureza racial y étnica, aunque a la vez extraña la seguridad que brindan las lealtades grupales y considera a todo el mundo como un rival ante las prebendas que otorga un Estado paternalista. Sus actitudes sexuales son permisivas antes que puritanas, aunque su emancipación de los viejos tabúes no le trae la paz en lo sexual. Ferozmente competitivo en su necesidad de aprobación y aclamación, desconfía de la competencia porque la asocia, de manera inconsciente, con un impulso desbocado de destrucción.

De aquí su repudio por las ideologías competitivas que florecieron en una fase anterior del desarrollo capitalista, y su desconfianza hasta de sus manifestaciones controladas en los deportes y el juego. A la vez que abriga profundos impulsos antisociales, ensalza la cooperación y el trabajo en equipo. Alaba el respeto a las normas y regulaciones, en la íntima convicción de que ellas no se aplican a su caso. Codicioso, en el sentido de que sus antojos no tienen límite, no acumula bienes y provisiones para el futuro, al estilo de los individuos también codiciosos que vivían en la economía política del siglo XIX, pero exige gratificaciones inmediatas y vive en un estado de deseo inagotable, perpetuamente insatisfecho.

El narcisista no se interesa en el futuro, en parte debido al poco interés que tiene en el pasado. Le cuesta internalizar asociaciones felices o crearse un fondo de recuerdos atesorables con los cuales enfrentar la última fase de la vida, que, aun en el mejor de los casos, siempre supone para él una fuente de tristeza y dolor. En una sociedad narcisista —una sociedad que otorga cada vez más prominencia a los rasgos narcisistas y que los alienta—, la devaluación cultural del pasado no solo refleja la pobreza de las ideologías predominantes, que han perdido su asidero en la realidad y abandonado el intento de controlarla, sino la pobreza de la vida interior del propio narcisista. Una sociedad que ha hecho de la «nostalgia» un bien comercializable dentro del intercambio cultural desecha de prisa la idea de que la vida pasada fue, en cualquier sentido, más importante que la actual. Después de trivializar el pasado, por la vía de equipararlo con estilos de consumo pasados de moda, con modas y actitudes descartadas, la gente de hoy se resiente con cualquiera que parta del pasado en los análisis serios de las circunstancias presentes o intente valerse del pasado como un criterio para enjuiciar la época actual. El dogma de la crítica actual equipara esas referencias al pasado con una manifestación de nostalgia. Como ha señalado Albert Parr, este tipo de razonamiento «deja fuera prácticamente cualquier conclusión a la que se haya llegado hasta ahora y cualquier valor al que uno se haya adherido en el curso de su experiencia personal, puesto que esas mismas experiencias son siempre parte del pasado y, por ende, quedan circunscritas al terreno de la nostalgia».

Analizar las complejidades de nuestro vínculo con el pasado bajo el rótulo de la «nostalgia» sustituye con eslóganes toda la crítica social objetiva con la cual esta actitud pretende que se la asocie. La burla de buen tono con que hoy se recibe, de forma automática, cualquier evocación atesorable del pasado explota los prejuicios de una sociedad seudoprogresista en nombre del orden establecido. Pero ahora sabemos —gracias a la obra de Christopher Hill, E. P. Thompson y otros historiadores— que varios de los movimientos más radicalizados del pasado han extraído su fuerza y sustento del mito o el recuerdo asociado a una época dorada, a un pasado aún más remoto. Este hallazgo histórico refuerza la conclusión psicoanalítica de que los recuerdos entrañables son un recurso psicológico indispensable en la madurez, y que quienes no pueden refugiarse en vínculos pasados y entrañables sufren abrumadores tormentos. La confianza en que en cierto modo todo tiempo pasado fue mejor no descansa en absoluto en una ilusión sentimentaloide; tampoco conduce a una mirada involucionista o a una esclerosis reaccionaria de la voluntad política.

Mi enfoque del pasado es justamente el opuesto al de David Donald. En lugar de considerarlo un estorbo sin utilidad alguna, veo el pasado como un tesoro político y psicológico del cual extraemos las reservas (no necesariamente como «lecciones») que necesitamos para lidiar con el futuro. La indiferencia de nuestra cultura ante el pasado —que fácilmente deriva a franca hostilidad y rechazo— nos provee una prueba palmaria de la bancarrota en que se halla sumida esta cultura. La actitud predominante, tan jovial y orientada al futuro en la superficie, deriva de un empobrecimiento narcisista de la psiquis y de la incapacidad de cimentar nuestras necesidades en las vivencias de la satisfacción y la conformidad. En lugar de basarnos en nuestra propia experiencia, permitimos que los expertos definan nuestras necesidades por nosotros y luego nos preguntamos cómo es que esas necesidades jamás parecen quedar satisfechas. «A medida que las personas se transforman en alumnos aptos del aprendizaje de cómo necesitar —escribe Iván Illich—, la habilidad de moldear los deseos a partir de la satisfacción experimentada se convierte en una aptitud tan escasa que solo se observa en los muy ricos o en quienes se hallan seriamente desabastecidos».

Por todas estas razones, la devaluación del pasado se ha transformado en uno de los síntomas más relevantes de la crisis cultural de la que se ocupa este libro, que a menudo se apoya en la experiencia histórica para explicar lo que está errado en nuestros esquemas actuales. En un análisis a fondo, esa negación del pasado, que en la superficie parece una actitud progresista y optimista, encarna la desesperación de una sociedad incapaz de enfrentar el futuro.

 

Índice

Portada
La cultura del narcisismo
Prefacio
I. El movimiento por la apertura de conciencia y la invasión social del «self»
II. La personalidad narcisista de nuestro tiempo
III. Estilos diversos. De Horatio Alger a la prostituta feliz
IV. La trivialidad de la conciencia falsa de sí mismo. Teatralidad de la política y
la vida cotidiana
V. La degradación del deporte
VI. La educación y el nuevo analfabetismo
VII. La socialización de la función reproductiva y el colapso de la autoridad
VIII. La evasión del sentimiento. Sociopsicología de la guerra de los sexos
IX. La deteriorada confianza en la regeneración de la vida
X. Un paternalismo sin padre
Posfacio. La cultura del narcisismo al cabo de los años

 

 

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