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En el último siglo de la república, César inauguró una política de zonas peatonales y prohibió toda circulación de los vehículos, durante el día, en el centro de la ciudad: el resultado fue el ruido nocturno (nadie podía dormir) y la agresividad consecuente. La ciudad quedaba paralizada; los comerciantes, agotados por los robos, cerraban sus tiendas. […] A partir de ahí, creció una contracultura de inspiración popular, el descontento que se expresaba en los motines y la violencia. Ésta se volvió endémica. En reacción, se formaron milicias privadas, que pretendían suplir una policía ineficiente. Las carreteras eran poco seguras y la criminalidad urbana crecía. Cicerón habla de su época confundiendo a los indigentes (egentes) con los criminales (perditi).
Este retrato de la Roma antigua parece ser el retrato del México actual. La violencia política sólo se desarrolla en las sociedades que ya conocen una tradición de violencia privada. Cicerón iba al campo Marte escoltado por guardias armados, se protegía con una coraza de piel, equivalente a nuestro chaleco antibalas. La angustia de los pueblos prepara su violencia. Encontramos neurosis y psicosis latentes en numerosos sistemas sociales y políticos a punto de caer. Las maniobras de intimidación, la liquidación física de los adversarios y de sus partidarios, las escenas de linchamiento, la extrema degeneración de las costumbres políticas y su violencia, la facilidad para reclutar matones y golpeadores en las capas pobres, pero también en la pequeña burguesía, son características de esta sociedad romana decadente, así como de la sociedad mexicana actual.

 

INTRODUCCIÓN
Comprender es un triste oficio. Expresarse libremente es un oficio con riesgos. San Agustín decía: "Quien reviste la lucidez, reviste la tristeza”. Yo di mis primeros pasos en un país en guerra, esto lo vuelve a uno vigilante. Pero la experiencia de la madurez la hice aquí, en México; con ella descubrí que algunos sólo creen en la cultura de la relación de fuerza. A ello agregamos, en estos últimos años, la estética de la ultranza que rige las relaciones entre los mexicanos.

Los romanos distinguían dos formas de barbarie: una barbarie dura, la ferocitas, encarnada por los pueblos destructores; y una blanda, la vanitas, que es la barbarie de la debilidad, de la decadencia, de la inconsistencia. Los mexicanos no hemos vivido suficientemente las palabras que utilizamos; muchos se dejan regir por un viejo resentimiento; la fascinación y la ira del pequeño frente al grande. La gente más peligrosa es aquella que rehace la historia, que desempolva los ritos para renovarlos, que puebla la historia con los muertos. No estoy segura de que las ideas y los ideales guíen al mundo, el azar o las circunstancias son agentes mucho más poderosos; aun la gripe puede ser un agente poderoso: en enero de 1789, debido a la enfermedad de un diputado monárquico, fue declarada la República francesa, por mayoría de votos de los republicanos.

Hoy, el paisaje mundial presenta una sola gran potencia. Podemos odiarla, pero también podemos sumar a nuestro rechazo la seguridad de que sólo unos Estados fuertes pueden impedir que se desaten comunitarismos e irredentismos destructores.

Para vivir juntos necesitamos principios políticos más o menos compartidos: esto se logró bajo la figura del Estado-nación. La eficacia de los Estados nacionales ha perdido hoy su visibilidad, por causa de la mundialización, y los fenómenos de retracción identitaria se multiplican como reacción contra ésta. El Estado moderno se define a partir de la presencia de una administración, así que no ataquemos tanto a las burocracias: no hay Estado sin burocracia. Luego viene el llamado “monopolio de la violencia legítima".

¿Cómo funciona un Estado? ¿Cómo funcionan sus ciudadanos? Cuando hablamos de estos asuntos sería útil imponer, como una obligación evidente, el principio de precaución. ¿A qué nivel se rompió la cadena de las responsabilidades en nuestro país? Tenemos que recordar elementos de la historia propia y ajena. En la época de los dogos de Venecia, ningún palo podía ser desplazado de la laguna sin la aprobación del magistrado de las aguas, bajo pena de un impuesto de cien ducados de oro o diez años de galera. Este poder exorbitante hacía del responsable de la laguna el número dos de la Serenísima, con los riesgos y peligros que esto significaba. Cuando los dogos anunciaban a los venecianos la nominación de un nuevo magistrado de las aguas, les daban el consejo siguiente: “Páguenle bien, pero si se equivoca, cuélguenlo”. La autoridad no es coerción, la civilización no es orden moral, una obligación que nos imponemos a nosotros mismos no es una violación de nuestro honor. Aquí tenemos dos conceptos complementarios, a la vez que contradictorios: la democracia puede pagarse el lujo de olvidarse del pasado, es una creación consensual exnihilo, pero la república no puede privarse de su propia historia.

El siglo XX no inventó ideas nuevas, retomó enteramente las del siglo XIX: el comunismo, el liberalismo, el socialismo, todos los grandes temas nacieron del choque de las revoluciones inglesa, americana y francesa; nos referimos a ellas aun cuando no vienen al caso. La humanidad debe reaprender a heredar. Pero, ¿cómo heredamos? No sólo acumulamos; el cerebro es un órgano de inhibición, de ahí su dignidad.

La existencia de partidos políticos y de elecciones no es suficiente para caracterizar una democracia. Hay países que poseen una importante población campesina que no puede adoptar ni aplicar una democracia de estilo occidental avanzado. Hoy, el principio democrático se está desencadenando hasta querer regentearlo todo. En la democracia, el pueblo no siempre tiene la razón, pero tampoco se puede tener la razón sólo contra el pueblo. El arte de argumentar se adquiere, es la mejor escuela de la democracia. Nuestro problema es que no argumentamos, estamos parados en los suburbios de la inteligencia. Frente a la indigencia del pensamiento en nuestro país, sólo presentamos desnudez y miseria. ¿Acaso la lógica es conciliable con la política? Quizá no hay hombres de Estado entre nosotros, quizá sólo hay pequeñas personas con pequeños cálculos a su altura, actores que no logran salir de sus papeles secundarios. Se acabó el Estado-padre, sólo quedan Estados-madres que no amenazan a nadie, sino que seducen y amamantan; un sistema de matriarcado en política, ejercido por hombres que se comportan como nanas, que han sido escogidos por sus capacidades lecheras, sus pechos simbólicos. La nana es la figura central del sistema mexicano. Nuestro paisaje nacional está poblado de Ofelias, parece no haber un solo Hamlet. Tampoco basta con nombrar las causas de un problema para que éste se resuelva; no basta con decir que la violencia encuentra su fuente en las injusticias sociales para que disminuya. Necesitamos que los culpables sean castigados, que el Estado dé prueba de su autoridad, pero, ¿de qué autoridad estamos hablando?, ¿de aquella que arresta, juzga y pone en la cárcel?, o ¿de aquella que enseña, educa y transmite un saber? Tuvimos una revolución: todas las revoluciones son funcionales, quieren reemplazar un equipo por otro, un orden por otro, pero la descendencia sólo ha dado enanos a partir de unos padres gigantes.

Este libro no sólo es un telescopio, es también un retrovisor. No debemos detestar ser considerados como dinosaurios, la especie es bastante rara como para ser respetada y protegida. Entre nosotros hay un peligro grave: la gente está buscando un déspota. La determinación del déspota inspira más seguridad que la libertad de los ciudadanos. El populismo habla a la parte visceral del pueblo, no inventa, parte de cosas reales. Frente a esto, sólo tenemos el discurso para asimilar el desastre. Todas las tristezas son soportables si hacemos de ellas un relato, pero ¿cómo construir un mito a partir de la indiferencia que destruye una esperanza, o a partir de un suspiro que desprecia y que desalienta un sueño? El tiempo no es propicio para el liberalismo integral. El liberalismo fue, en su origen, una idea de izquierda, una idea progresista defendida por David Hume y, ante todo, por Adam Smith, en Inglaterra; en Francia fue defendida por Montesquieu y por la mayoría de los enciclopedistas y fisiócratas. Toda sociedad capitalista funciona regularmente gracias a sectores sociales que no están animados por el espíritu de ganancia. Cuando el funcionario, el soldado, el magistrado, el cura, el artista, el sabio, son dominados por el espíritu de ganancia, la sociedad se colapsa y toda forma de economía se ve amenazada. Smith decía: “En el espíritu comercial, las inteligencias se encogen, la elevación del espíritu se vuelve imposible, se desprecia a la instrucción”. Es necesario impedir que el espíritu comercial, propio de la esfera mercantil, se extienda a los sectores no mercantiles, tales como la información, la educación, la justicia, la ciencia, el arte, la religión, etcétera. Debemos decir sí a la economía de mercado, y no a la sociedad de mercado. El mercado es un buen servidor y un mal amo. A la vez, tenemos que reforzar y modernizar al Estado y defender el servicio público. La urgencia no es forzosamente la de las reformas económicas, es la de la reforma ideológica.

Sin embargo, la época no se plantea cuestiones, sólo parece querer respuestas, y la espera del pueblo sigue oscilando entre los deseos irrazonables y la desilusión completa. La opinión pública no está obligada a la coherencia, es volátil, dominada por la emotividad, pero es inevitable; reina, no gobierna; es más temible seguirla que ignorarla. Hoy la opinión pública es hijastra de los medios de comunicación; éstos fabrican un cierto tipo de historia, pero no podemos observar la gran historia a través de los agujeros de las puertas que plantea la sola información. Hemos pasado de la Historia grande a las historias, luego a las anécdotas; estamos hoy en plenas fábulas: hemos pasado del sustantivo al adjetivo.

Podemos estar preparando dictaduras. Una dictadura no es sólo Stalin a la cabeza de un país; es en cada aldea, en cada familia, muchos pequeños "stalines". El sujeto ideal del reino totalitario es el hombre para quien la distinción entre realidad y ficción, entre verdadero falso, ya no existe. Debemos examinar la cuestión de la mentira entre nosotros. Ésta es nuestra situación.

Debemos decir sí a la lucha política, y no a la revisión de todas las herencias. La diferencia es esencial; es la que, según Montesquieu, separa al Estado de urgencia de la dictadura. En materia de reforma de las costumbres, la ley es impotente: si viene demasiado pronto, su aplicación es imposible; si viene demasiado tarde, es inútil.

Las evoluciones son rara vez unívocas, confundimos progreso técnico y progreso social. Vivimos cambios, pero los cambios no son forzosamente progresos. Es bueno saber oponerse a lo que cambia en mal; el cambio puede ser una decadencia. ¿Cómo casarse con el futuro cuando las fuerzas del cambio son contrarias a los valores que defendemos? Pero, ¿qué son los valores? Hay que conservar todo lo que es bueno y que podría ser reemplazado por algo menos bueno. Hay que conservar la cultura, la escuela, la ley, la república, preservar lo que es irreemplazable, no destruirlo todo. Lo que ocurre hoy, en nuestro país, no es ni bello ni bueno en muchos aspectos. Espero que este libro ayude a hacer surgir las fuerzas lúcidas.

Existen situaciones y épocas en las cuales el método consiste en sobrevivir. Existen, en este viejo país de cristianos, recursos inmensos de espontaneidad, de sensibilidad, de compasión; toda esta magnífica sabiduría acaba por formar una civilización. Está hecha de todo, de individuos que no tienen necesariamente ganas de vivir juntos, por ello necesitamos siempre de un acto de adhesión. Sufrimos de una confusión entre excelencia y visibilidad, debida al reino de los medios; sólo parece existir lo que es visible. El despotismo, aun el ilustrado, se caracteriza por el capricho y el espíritu cortesano que busca interpretaciones temerosas y cobardes de este capricho. Por ello, la democracia es buena.

Pero, ¿qué es la democracia? Ni siquiera manejamos bien la idea del voto. Pensar que únicamente vota por nosotros la gente que se encuentra sobre nuestro segmento político es absurdo. Cuando un hombre o un grupo crean una dinámica, pueden ser sostenidos, apoyados por gente que ayer estaba muy lejos de ellos; mañana pueden votar por ellos los que votaban por la izquierda o por la derecha, o los que se abstenían; todo depende de una cuestión: ¿les están dando esperanza? Es la concepción de la política la que está en juego hoy. Hay dos visiones opuestas una a la otra; algunos hombres creen, de buena fe, que una sociedad se gobierna por la cumbre: son los jacobinos; esta visión existía tanto en la izquierda como en la derecha. Originalmente viene de la izquierda, ocupa el centro del poder y se dirige a la sociedad. Pero existe otra visión: una sociedad sólo se mueve si los actores que la componen se sienten socios de las decisiones tomadas. El siglo XXI será el tiempo en que la sociedad se moverá desde abajo, porque cada quien quiere tener su parte de responsabilidad en la comunidad; por ello hay que darles esperanzas y razones. Si van a participar, más vale que lo hagan de la mejor manera posible.

 

ÍNDICE

Introducción
I
La razón
La invención de la razón
...y la astucia
La paz
El derecho
La autoridad
La autoridad política
La autoridad artificial
La autoridad oculta
El Estado
La república
¿Qué es el civismo hoy?

II
Las pasiones políticas
La democracia y la demagogia
La demagogia
Los valores
La educación
La laicidad

III
La mentira
El conformismo social
La burguesía
La rebeldía
La violencia
La pena de muerte

IV
El poder
Los medios
¿Cómo surge y cómo se destruye una civilización?

 

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