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No obstante, al ver a estas gentes que sirven al tirano para beneficiarse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me quedo estupefacto por su maldad, y a veces siento piedad por su estupidez. Pues, a decir verdad, ¿qué otra cosa es acercarse al tirano, sino alejarse de la libertad propia y, por así decir, aferrar la servidumbre, y abrazarla? Que dejen por un momento de lado su ambición, y que se desprendan un poco de su avaricia, que después se contemplen a sí mismos y que se reconozcan, y verán a las claras que los habitantes de las villas, los campesinos, a los cuales pisotean tanto como pueden, y tratan peor que a forzados o esclavos, verán, digo, que estos, así maltratados, son, sin embargo, y comparados con ellos, afortunados y en cierto modo libres. […]
«Es el pueblo el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce al yugo; el que consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo. Si le costase algo recobrar su libertad, yo no le apremiaría a ello. ¿Qué debe estimar el hombre más que recuperar su derecho natural y, por así decir, de bestia volver a ser hombre? […] ¿qué desgracia ha sido esta que ha podido desnaturalizar tanto al hombre, el único verdaderamente nacido para vivir libremente, y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo?».

 

PRESENTACIÓN
Esteban Molina
Ni Étienne de La Boétie (1530-1563) ni Claude Lefort (1924) son desconocidos para aquellos que frecuentan la historia del pensamiento político. Referentes del análisis de las dimensiones del poder político moderno y contemporáneo, sus traducciones al castellano han sido, sin embargo, cuando no descuidadas, clamorosamente raras. La presente publicación del Discurso de la servidumbre voluntaria acompañado por un comentario crítico de Lefort no responde meramente a la coyuntura de que en «El nombre de Uno» se propone la lectura del Discurso. La aparición en solitario de este último estaría sobradamente justificada. Pero puesto a la luz de la original lectura fenomenológica de Lefort, el texto de La Boétie revela intuiciones sobre el vínculo político que consideramos clave para elaborar una filosofía política del tiempo presente. Por ello destacamos aquí algunos de los aspectos del Discurso que nos parecen de actualidad.

En primer lugar, su acercamiento a lo político como ámbito de representación y de acción inmanente y autónomo. La Boétie escribe desde el supuesto humanista —un humanismo político no sólo crítico con la teología política medieval, sino con el humanismo cívico del Renacimiento italiano— según el cual el poder viene de los hombres, no de los dioses. La Boétie cuestiona que la división de dominadores y dominados venga de arriba, pero también que pueda venir de un más acá que se sustancie como historia o como naturaleza. El paso de la sociedad al Estado no significaría un salto ontológico sino una separación de funciones. El poder no sería la manifestación de una alteridad absoluta trascendente a la humanidad, ni la encarnación de una imaginaria naturaleza de los hombres; sería poder de muchos que no preexiste al acuerdo de las voluntades. Sólo una ilusión podría hacer ver en el más alto funcionario del poder político el cuerpo invisible de la sociedad; sólo una fantasía podría convertir al tirano en un dios. ¿Cómo se produciría esa ilusión?

La segunda aportación original del texto de La Boétie al pensamiento político contemporáneo tiene que ver con su manera de entender la ficción que está en la base de la tiranía. Según La Boétie, los hombres se someten a la servidumbre como «encantados y fascinados por el solo nombre de uno». ¿Cómo explicar que los hombres deseen servir? ¿Cómo comprender que los hombres persigan la servidumbre «si para tener libertad no hace falta más que desearla, si no hay necesidad más que de un simple querer»? La Boétie sugiere que busquemos en el lenguaje, en los deslizamientos inconscientes que induce, en las trampas que nos tiende. Siguiendo esta pista, después de una minuciosa lectura que trata de registrar los movimientos más imperceptibles y las estaciones más inesperadas del texto, Lefort propone algunas claves de interpretación cuyo potencial hermenéutico excede del marco de la obra de La Boétie: el nombre de uno fascina porque hace imaginar el orden en que es superado el anómico caos de una multitud invertebrada de individuos, esto es, porque hace imaginar un cuerpo social en que cada cosa tenga su sitio y obedezca a una norma inapelable; pero también fascina porque aparenta destruir la babel levantada por los hombres, haciendo desaparecer la indeterminación del movimiento de la palabra —su qué, su cuándo y su dónde están sujetos al deseo de hablar y a su correspondiente deseo de oír—, haciendo indistinguibles los lugares del que habla y del que oye —de uno a otro pasaría un mismo y único sentido; en uno y otro se hablaría y se oiría lo mismo— y posibilitando, por fin, la ilusión de planificar el devenir colectivo de los hombres.

Por último, no es menos original la aportación de La Boétie a una filosofía de la amistad en clave política. A diferencia de los clásicos, que la vinculan a la felicidad del hombre, La Boétie la inserta en el campo de la libertad. La amistad es la relación de la libertad y de la igualdad. La tiranía se beneficia de la «ardiente ambición» y de la «avaricia notable» de aquellos que, repartidos por toda la sociedad, la imitan; se mantiene porque una legión de individuos de la procedencia social más diversa ha interiorizado el esquema de la dominación y se ven a sí mismos como portadores del nombre de Uno, como amos, como señores de otros. Una sociedad libre sería aquella en la que los hombres, no cediendo al deseo de servir-dominar, pudieran verse como semejantes, esto es, como amigos y no como cómplices, usurpadores o traidores; sería aquella en la que los hombres, no cediendo ni a la ambición ni a la envidia, pudieran interiorizar el pensamiento de que no hay condición más miserable que vivir «sin tener nada que sea propio, debiendo a otro el gusto, la libertad, el cuerpo y la vida».

 

 

HISTORIA DE LA OBRA
Pedro Lomba
El nombre de Étienne de La Boétie está estrechamente ligado al de Michel de Montaigne no sólo por la modélica amistad que ambos entablaron y cuya descripción es objeto del capítulo XXVIII del Libro I de los Ensayos, sino también, y sobre todo, porque algunos de los pasajes de este capítulo ofrecen el principal testimonio acerca de su persona y su obra, y porque Montaigne, tras la prematura muerte de su amigo, se convierte en un eslabón fundamental en la accidentada historia de la transmisión del Discurso de la servidumbre voluntaria que aquí presentamos.

La obra de La Boétie fue dada a conocer bajo unas condiciones un tanto tortuosas y oscuras, especialmente el Discurso, texto del cual no disponemos de ningún ejemplar datado en los años de vida de su autor. Sus primeras ediciones, casi siempre parciales, aparecen en el combativo universo intelectual del protestantismo francés del último tercio del siglo XVI, al calor de los acontecimientos políticos que sacudieron al reino de Francia tras la muerte de su autor. El Discurso es leído y utilizado por el protestantismo únicamente como un arma, como un panfleto contra la tiranía y la represión religiosa. Por ello, y a pocos años de su muerte, La Boétie pasa a ser considerado como un «monarcómaco» más —es decir, como uno de esos publicistas protestantes que combaten la autoridad real identificándola con la tiranía, llegando incluso a llamar al regicidio—, de manera que su nombre queda más o menos sorprendentemente vinculado a los de François Hotman, Henri Estienne o Du Plessis Mornay, a quien le son atribuidas las famosas Vindiciae contra Tyrannos, aparecidas en 1579. El Discurso conoce una fortuna que La Boétie, con toda probabilidad, como sólo podremos señalar, ni siquiera sospecha cuando lo compone, y no sólo por razones cronológicas.

En 1574 se inserta la traducción latina de un largo fragmento, sin indicación alguna, en el segundo de los Dialogi ab Eusebio Philadelphio Compositi, violento panfleto dirigido contra el rey de Francia en el que se denuncia la brutal represión del protestantismo durante la noche de San Bartolomé, se pretende llamar la atención de toda Europa sobre la gravedad de los acontecimientos de Francia, y se defiende el derecho del pueblo a rebelarse contra la tiranía. Los Dialogi forman parte del Réveille-Matin des Français et de leurs voisins, selección anónima de textos de la que se sabe en la actualidad que fue compuesta por el protestante François Hotman, panfletario hugonote de Ginebra y antiguo compañero de estudios de La Boétie en la Universidad de Orleans. En 1576 es insertado en el tomo III de las Mémoires de l’Estat de France sous Charles Neufiesme, selección de libelos antimonárquicos publicada por Simon Goulart, quien da al Discurso el título, cargado de porvenir, pero ajeno a su autor, de Contr’un; estas Mémoires serán reimprimidas en Ginebra en 1578 y 1579, lo cual amplia enormemente la difusión de nuestro texto. Pero sólo en 1577 aparece la primera edición completa del Discurso, atribuido esta vez a Odet de La Noue, falsamente titulado Vive Description de la tyrannie et des tyrans avec les moyens de se garantir de leur joug, y acompañado por un panfleto hugonote obra probablemente del mismo La Noue. Finalmente, el Parlamento de Burdeos, del que La Boétie ha sido miembro desde 1554 hasta su muerte, trata de poner orden en el agitado ambiente intelectual de la época como suele hacerse en estos casos: muerto su autor, ordena el 7 de mayo de 1579 —año en el que Montaigne obtiene el privilegio para la publicación de sus Ensayos— que el libro sea quemado públicamente en la plaza de dicha ciudad.

Con toda seguridad, es esta lectura y este uso militante del Discurso lo que mejor explica el hecho de que Montaigne, heredero y depositario de la biblioteca y los papeles de La Boétie, no haya querido publicar la obra que nos ocupa en 1571, fecha en la que da por primera vez a la imprenta los Vers françois de su amigo, ni en 1572, año en que publica algunas traducciones debidas a La Boétie junto con algunos de sus versos franceses y latinos, ni tampoco en 1580, año de la primera edición de los Ensayos, en los que había decidido incorporar el Discurso de la servidumbre voluntaria, y cuyo capítulo XXVIII del Libro I constituye en buena parte la introducción que había previsto anteponerle. Las guerras civiles entre católicos y protestantes que asolan la Francia de la época, junto con el ambiente hostil a la monarquía de que dan fe los panfletos antimonárquicos de estos últimos, a los que han quedado firmemente asociados la obra y el nombre de La Boétie, empujan a Montaigne a desechar su publicación o, en el mejor de los casos, a posponerla. Y todo ello pese a que la hipótesis según la cual ha sido el mismo Montaigne quien, ajeno a intención política alguna, ha difundido entre los protestantes —permitiendo su copia o su lectura— el manuscrito del Discurso, aun no siendo la única que se ha puesto sobre la mesa, parece la más plausible.

Ahora bien, de lo que no cabe ninguna duda es de que Montaigne, al mismo tiempo, se empeña en ofrecer la imagen de un La Boétie libre de toda sombra de sospecha; imagen en la que destacan las múltiples precauciones tomadas para que no se cometa la injusticia de convertir a su amigo en un opositor político de la monarquía ni del catolicismo triunfante: «[…] oigamos por un momento a este joven de dieciséis años. He decidido darle cabida aquí porque me he percatado de que han sacado después esta obra a la luz, con malos fines, quienes pretenden trastrocar y cambiar el estado de nuestra sociedad sin preocuparse por enmendarla, mezclándola con otros escritos de su propia cosecha. Y a fin de que la memoria de su autor no sufra perjuicio alguno ante quienes no han podido conocer de cerca sus opiniones, les advierto de que trató esta materia en su infancia solamente como ejercicio, como materia común y manoseada en mil lugares de los libros. No me cabe ninguna duda de que creyese cuanto escribió, pues era lo bastante riguroso como para no mentir siquiera por broma […] Tenía otra máxima soberanamente impresa en su alma: obedecer y someterse muy religiosamente a las leyes bajo las que había nacido. Nunca hubo mejor ciudadano, ni mayor amante de la tranquilidad de su país, ni mayor enemigo de las agitaciones y novedades de su tiempo. Antes habría empleado su capacidad en apagarlas que en proporcionarles materia para avivarlas más».

El desmentido de Montaigne respecto de la verdadera intención de La Boétie nos sitúa ante dos problemas aún no del todo resueltos: el de la datación del escrito, y ante el más importante de saber si la utilización que el protestantismo ha hecho de él se corresponde con su letra y con el espíritu de su autor al componerlo.

En cuanto a su datación, el testimonio de Montaigne es vacilante, pues sitúa su composición en los años 1548 o 1546, tal vez debido a su interés por subrayar la precocidad de su autor para así exculparle del uso que se está haciendo del escrito. También en torno a 1548 sitúa la composición del Discurso el historiador Jacques-Auguste de Thou, amigo íntimo de Montaigne, que ve en él el fruto de la indignación de un jovencísimo La Boétie ante los desmanes del condestable Anne de Montmorency en Burdeos, cuando castiga con extrema dureza a la ciudad tras la famosa revuelta de las gabelas. Ahora bien, dado que no poseemos el texto original de la obra, sino diversas copias, manuscritas o impresas, ninguna de las cuales es anterior a 1573, sólo podemos partir de un dato seguro: el texto del Discurso que ha llegado hasta nosotros ha sido retocado, revisado, si no compuesto, en 1552 o 1553, pues así parece desprenderse de algunas de sus referencias internas —la alusión y dedicatoria a Guillaume de Lur, Longa, quien ha renunciado a su puesto de consejero en el Parlamento de Burdeos en enero de 1553 y a quien sustituye La Boétie, y las dos referencias literarias que se pueden leer en el Discurso, sobre todo la que remite a la Franciade de Ronsard—.

Sobre la intención y el espíritu del autor, sabemos que fue un católico sincero e ilustrado, fuertemente inclinado a la tolerancia al desempeñar su cargo de abogado del Parlamento de Burdeos, fiel a la política real ante los disturbios religiosos provocados por la introducción y la extensión de la Reforma protestante en el sur de Francia, pero siempre dispuesto a mostrar una gran comprensión hacia la disidencia religiosa del catolicismo que se mostrase sincera. Esto, unido a los desvelos de Montaigne por exculparle del uso que el protestantismo más militante hace del Discurso, es tal vez el motivo por el que en los Ensayos se insiste en el carácter de disertación escolar, de ejercicio retórico de la obra, inspirado tal vez en un texto de Plutarco. En ello han insistido otros críticos además de Montaigne, especialmente Sainte-Beuve. El Discurso, desde luego, posee todos los componentes —interpelaciones, declamaciones, imágenes, ejemplos— y también la estructura de un ejercicio retórico: está cuidadosamente delimitado y compuesto de partes divididas claramente en períodos oratorios. Pero creemos que su valor intrínseco no puede así quedar explicado; La Boétie no es solamente un muy buen escritor, ni puede el sentido del Discurso estar únicamente ligado al género literario en que se expresa. No obstante, pasará mucho tiempo antes de que pueda ser leído como lo que sin duda es: como una reflexión eminentemente filosófica acerca de esa irresoluble paradoja que opone a naturaleza y condición humanas —a la natural libertad del hombre y su casi inquebrantable voluntad de servidumbre— y de la que se nutre el fenómeno de la tiranía, o, sin más, todo fenómeno de orden político.

En efecto, habrá que esperar al menos dos siglos para que el Discurso se haga legible como obra estrictamente teórica, pues lo cierto es que el lector tiene en sus manos un texto cuyo horizonte de legibilidad se ha ido ampliando dificultosamente. Con la excepción del siglo XVII —en el que, tal vez debido al progresivo olvido de la agitada situación en que adquiere notoriedad, es difícil de encontrar, convirtiéndose en objeto de las pesquisas de curiosos y eruditos—, y durante todo el XVIII, el interés por el Discurso está asociado a intereses políticos puntuales. Lo que se hace legible, lo que se reactiva, es su carga virtualmente combativa, militante —o lo que puede reconocerse y de hecho se ha reconocido como tal—, pero sólo durante ciertos períodos especialmente agitados de la historia de Francia.

Así, en el siglo XVIII, y aparte de su inserción integral en la edición de los Ensayos de Montaigne que prepara Pierre Coste en 1723, el Discurso adquiere nueva notoriedad debido a la afinidad que encuentra el pensamiento de este siglo con el naturalismo del XVI, y, sobre todo, a los acontecimientos de 1789. Este mismo año, y puesto en un francés más moderno, aparece como Apéndice a un panfleto antimonárquico publicado anónimamente, el Discours de Marius plébéien et consul, traduit en prose et vers françois du latin de Salluste. Dos años después, varios fragmentos de la obra de La Boétie serán injertados en L’Ami de la Révolution ou Philippiques dédiées aux représentants de la nation, aux gardes nationales et à tous les Français. Finalmente, cuando Marat prepare la reedición, en 1792, de su obra Les Chaînes de l’esclavage, inicialmente publicada en inglés en Londres en 1774, se inspirará larga y explícitamente, rozando a veces el plagio, en el Discurso.

Sólo en el siglo XIX comenzará a prestarse un interés más erudito, es decir, menos directamente comprometido, al Discurso. Lammenais lo editará (Paris, Daubrée et Cailleux, 1835) presentándolo en el prefacio que él mismo escribe como una suerte de fenomenología política en la que son descritos los resortes de la tiranía y de su aceptación por parte de quienes la padecen, dando así el tono de lo que serán las interpretaciones más filosóficas del texto en este siglo y sobre todo en el siguiente: «Se trata de la historia completa de la tiranía en algunas páginas, pues si los nombres y las formas cambian, el fondo no lo hace: se presenta invariablemente igual en todas las épocas y en todos los países». En 1836, Charles Teste, utilizando el anagrama de Rechastelet, prepara una edición no comercial, transcribiendo el texto en un francés más moderno, a partir de la edición de Pierre Coste. Pero es en torno a la segunda mitad del siglo XIX cuando el Discurso parece asentarse de pleno derecho en los estudios filosóficos y políticos con la monografía y la edición crítica de Léon Feugère (Œuvres complètes de La Boétie, Paris, Delalain, 1846), que sigue cuidadosamente el manuscrito de Henri de Mesmes, y, sobre todo, con la esencial publicación por Paul Bonnefon de las Œuvres complètes d’Estienne de La Boétie (Bordeaux/Paris, Gounouilhou et Rouan, 1892), que marca el comienzo de una etapa esencial en los estudios sobre la obra en la que el Discurso ya no deja de ser considerado como una reflexión estrictamente filosófica sobre la esencia de la política.

Ya en el siglo XX, las ediciones se suceden, cobrando actualidad y suscitando un renovado interés en Francia y el resto de Europa, especialmente en los comienzos de sus difíciles años cuarenta. Pero habrá que esperar hasta mediados de los setenta para que el Discurso de la servidumbre voluntaria adquiera el lugar que sin duda le corresponde en el ámbito académico. Lo hará con la edición a cargo de Miguel Abensour y Marcel Gauchet (Paris, Payot, 1976), quienes, a pesar de ofrecer el texto modernizado de Charles Teste, rescatan o incorporan estudios de Simone Weil, Pierre Clastres o Claude Lefort.

Ofrecemos una versión castellana de la copia manuscrita del Discours de la servitude volontaire (conservada en la Biblioteca Nacional Francesa, Fonds français, ms. 839) hallada en la biblioteca de Henri de Mesmes y reproducida en la edición de Louis Desgraves: Œuvres Complètes d’Estienne de La Boétie, Bordeaux, William Blake & Co., 1991, vol. 1, pp. 65-98. El subtítulo de Contra uno, muy a menudo utilizado en la edición del Discurso, no es del propio La Boétie, por ello no lo empleamos. Mantenemos entre corchetes la paginación del manuscrito original. Todas las notas al texto son nuestras.

En ciertos lugares, muy pocos, y todos ellos indicados y justificados en nota, nos apartamos de la transcripción del manuscrito de Mesmes y seguimos las ediciones de Simone Goyard-Fabre (Étienne de La Boétie, Discours de la servitude volontaire, Paris, GF-Flammarion, 1983) y, sobre todo, de André y Luc Tournon (Étienne de La Boétie, Discours de la servitude volontaire, Paris, Vrin, 2002), que editan las variantes del texto recogidas en otros manuscritos (especialmente las del ms. 17298 del Fonds français de la BNF, copia del ms. de Mesmes realizada en el siglo XVII).

Para terminar, quisiéramos dejar aquí constancia de la valiosísima y desinteresada ayuda que nos ha prestado Laurent Gerbier en la traducción de ciertos pasajes de la obra especialmente oscuros.

 

Índice de Contenido

Discurso de la servidumbre voluntaria
Presentación
Historia de la obra
Discurso de la servidumbre voluntaria
Epílogo: El nombre de Uno
Sobre el autor
Notas

 

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